
Para los veteranos amantes del rugby y para los jóvenes amantes de meter las narices en la línea de tiempo de este juego, Gales es mucho más que un puñado de muchachos voluntariosos, vestidos de rojo y blanco que, de tanto en tanto, se dan un baño de orgullo nacionalista mojándole la oreja a Inglaterra, ese vecino rico y opulento. Es el “pobre” que castiga al “rico” solo de tanto en tanto pero donde más duele. Casi como el Napoli de Diego ante el Norte arrogante.
Para los galeses, el rugby no es menos que el fútbol para los argentinos; sino más.
Hubo un tiempo, entre mediados de los ‘60 y buena parte de los ‘70 en los que los del Dragón no solo ganaron más títulos del Cinco Naciones que los demás, sino que marcaron tendencia en el mundo de un juego que, antes y después, no encontraría casi en ninguna otra camiseta tanto versatilidad colectiva, tanto virtuosismo individual.
Fue en esos años en los que los argentinos, que crecimos al mundo de la mano de la gira por Sudáfrica del ‘65 y admirábamos desde mucho antes el latinazo genial de los franceses, disfrutamos con nuestros propios ojos algunas de esas maravillas.
En 1968, Los Pumas ganaron ante Gales su primera serie internacional importante. Fueron empate y triunfo en Gimnasia y Esgrima ante el equipo de Phil Bennet y J.P.R. Williams, un señor con pinta de quinto Beatle que le demostró al mando que, desde el escondite del full back se podía empezar cualquier ataque. Aquellos partidos no figuran en el historial: hasta entrados los ‘80, sólo Francia le daba a la Argentina status de test match
Tampoco lo fue el histórico 20 a 19 de 1976 en el mítico Arms Park de Cardiff
Recuerdo con ojos húmedos de adolescente rugbier wannabe cómo se escapaba un triunfo histórico por un tackle alto de Chiquito Travaglini que el odioso Bennet acertó sin que le tiemble el pulso. Esa tarde, un equipo argentino brillante tuvo en jaque a la banda de los dos ya mencionados y de J.J. Williams, el imponente octavo y capitán Derek Quinnell, una primera línea mítica que puso en el mapa a los pueblos de Pontypool y Pontypridd y el incalificable Gareth Edwards, el mejor medio scrum de la historia.
Fue una década gloriosa en las que solo los All Blacks parecían capaces de ponerle un límite a una de las más brillantes y prolongadas muestras de rugby de vanguardia de todos los tiempos.
Ante tanta vasta historia y no solo ante un presente rocoso e impenetrable Los Pumas lograron otra actuación histórica que lo lleva a estar entre los cuatro mejores del mundo por tercera vez en los últimos cinco mundiales.
Uno de los riesgos que podía correr el equipo de Cheika era el de plantearle a los galeses una especie de partido en espejo. Pero de un espejo de dimensiones reducidas. Las sospechas parecían hacerse realidad pero duró menos de lo que hubiesen necesitado los británicos que fueron, en un solo partido, un poco de lo imponentes y oportunistas que fueron ante los desesperados australianos, un poco lo inconstantes que fueron en su triunfo ante Georgia.

Detrás de la sensación de estar frente a uno de los cucos del torneo terminaron escondiéndose dos intangibles.
Por un lado, que los galeses habían logrado durante el torneo una estabilidad estadística muy superior a la sinuosidad por la que atravesaron durante los últimos doce meses. Por el otro, que en algún rincón del espíritu del plantel argentino debía subyacer la convicción de no terminar el viaje sin, aún perdiendo, demostrar que el lugar que ocupa entre los ocho primeros del ranking no es solo un antojo estadístico.
Justamente en el detalle de haber soportado estar 10-0 abajo hasta casi el final del primer tiempo y haber vuelto a estar en desventaja hasta casi diez minutos del final estuvo la muestra más acabada que Los Pumas apurados, ansiosos e imprecisos hasta lo incomprensible del debut ante Inglaterra -sensación que pareció comerse varios momentos del equipo en los partidos posteriores- no habían viajado a Marsella.
En todo deporte colectivo, detenerse en lo individual es, por lo menos, relativo. En el caso del rugby es un pregón permanente tan antiguo como la primera vez que escuchamos hablar de ser “la quinceava parte de un equipo”.
Desde ya que sin la convicción del todo difícilmente se hubiese tenido tanta constancia en ocasión del try urgente de Sclavi. Sin embargo, como la miramos desde afuera podemos tomarnos la licencia de elegir un puñado de nombres para poner en contexto lo que acaba de pasar y lo que soñamos que suceda dentro de una semana.
Inmediatamente después del triunfo ante Japón fue evidente el fastidio de, por ejemplo, Santiago Carreras ante las críticas que cayeron sobre la conducción del equipo en la fase inicial. Santiago es, quizás, la más importante aparición de los últimos años de nuestro rugby. Quedó claro ante Galés.
Casi en otro extremo generacional aparecen los otros dos ejemplos. El de Matias Moroni, el del tackle decisivo, cuya presencia en la cancha fue casi providencial habida cuenta que le tocó entrar prematuramente por la lesión de Chocobares. Y el de Nicolás Sánchez, a quien le tocó ver gran parte del Mundial desde afuera y que, al igual que varios de su generación en condiciones similares, solo tiró para adelante. Así suele formar a sus cracks este bendito deporte.
Como sea, Los Pumas han vuelto a hacer historia. Esta vez, no solo ganándole a un rival mítico y asimilando desventajas casi permanentes sino superándose a sí mismo.
Quizás en este concepto y en el proverbial orgullo de los torpemente acusados de celebrar “derrotas dignas” -curiosa virtud la de quien considera ridiculizable la dignidad- puede esconderse la ilusión grande. Una ilusión que, solo para recordarlo, tiene como obstáculo principal al, hasta ahora, tal vez mejor equipo del torneo.
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