Hinchas sacados, policía que trata de evitar vaya uno a saber qué cosas. Esas son las imágenes más recientes, las del post Independiente-Boca, que ofrece nuestro fútbol no-fútbol. O ese encanto provocado por gente que se autopercibe hincha de Central Córdoba de Santiago del Estero y Atlético Tucumán que deberían odiarse tanto como para provocar una suspensión de media hora que, por supuesto, tuvo de rehén al resto del estadio sin que nadie pagara las consecuencias. Nada nuevo, dirán algunos. Es que el fútbol es una pasión, simplificarán otros. Mientras tanto, los que pensamos que, por popular que sea, se trata de un espectáculo deportivo -a veces un juego- estamos destinados a que nos manden a hablar o escribir sobre curling, salto con garrocha o hockey sobre hielo.
Más de una vez me pregunté qué es aquello que, a muchos de nosotros, nos transforma y, por el mero hecho de pasar el molinete y llegar a la tribuna, mutamos de ciudadanos merecedores de cierto grado de respeto a energúmenos desaforados que nos movemos con aire de barra brava wannabes.
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No tengo la experiencia suficiente en estadios del extranjero como para asegurar cómo serán estas cosas en otras tierras, pero, al menos en casa, registro desde pequeño el tierno pregón de que “en la cancha todo se puede”. Entonces, hace cincuenta años ese “se puede” apuntaba a permitirnos a los más chicos algún insulto de esos que se sancionaban en casa, en el colegio o en el bondi. Podía potenciarse con alguna trifulca sin oficio entre dos plateistas y llegar a un vasito de café que, curiosamente, caía desde la platea preferencial sobre la cabeza de un juez de línea que no dejaba pasar una. Por cierto, tampoco vamos a creer que la violencia extrema en nuestro fútbol comenzó en el siglo XXI. Aún tratándose de casos aislados, la larga lista de crímenes vinculados con nuestro deporte predilecto comenzó muchísimos años atrás. Se dice que en 1958, pero hay indicios de que los asuntos de la mala transgresión futbolera empezaron mucho más allá en el calendario.
Aún sin justificar nada de lo pasado, el lamentable diferencial que tiene el presente respecto del pasado -aún del bastante reciente- es que no solo hemos elastizado la idea del “acá se puede” hasta lo imprudente sino que los arrebatos de violencia que giran alrededor de una pelota se han expandido mucho más allá de un partido trascendente o una tribuna repleta.
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Los casos se multiplican por decenas cada semana y es raro no toparnos con alguna nueva imagen inverosímil en los títulos de los canales de noticias.
En tiempos de un fenómeno onda Black Mirror, vernáculo en el que encontramos gente que, antes que separar o ayudar se dedica a filmar, basta un solo celular para que nos enteremos del cabezazo de un aspirante a jugador de futsal que desmaya a un rival vaya uno a saber por qué deslealtad cometida en un torneo incalificable en un bello club de Avellaneda. O del partido de la Liga Venadense, que no pudo siquiera comenzar por las agresiones que recibieron los hinchas de Sportivo Rivadavia que copaban una cabecera del Estadio Angel Carrica, propiedad del Unión y Cultura de Murphy cuya barra no dejó piedra sin tirar.
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El drama del señor que se suicidó cerca de las vías del tren en Gerly después de haber pegado una patada criminal en la cabeza del árbitro de otro torneo de aficionados fluyó por los medios un par de días en modo cadena nacional y hasta incluyó un testimonio del fallecido quien, poco después de la agresion, explicó su reacción a partir de una sucesión de fallos que consideró tendenciosos.
Paremos la pelota un instante y reflexionemos sobre lo obvio, algo que no por básico sería saludable hiciéramos más seguido (especialmente nuestra clase dirigente). La narración lineal de la historia sería que la consecuencia de presuntas injusticias reglamentarias en un partido de fin de semana es la de una persona que termina en un hospital con conmoción cerebral y otra suicidada de un balazo cerca de las vías
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Nos acostumbramos a mirar la realidad como si se tratase de una serie berreta y naturalízanos que se muelan a palos adultos porque no le gustan las cosas que pasan en partidos de niños. Y quedamos a la espera del próximo bochorno sin preguntarnos por qué llenamos de mugre esto que tanto nos apasiona.
Asumiendo que se trata de una postura antojadiza, me permito trazar una línea entre el ejemplo deportivo y humano del equipo campeón del mundo y la vergüenza sin sentencia del trapo indecente con el que los narcos vistieron una tribuna la noche de la despedida de Maxi Rodríguez, con una constelación de cracks encabezada por Messi y Di María.
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Lo hago como quien busca alguna parábola que sintetice tanto sinsentido; tanta contradicción. Que, finalmente, no se trata ya de que “en la cancha se puede” sino de un recurso ordinario que condena a un espectáculo maravilloso a ser un justificativo más para una desintegración social de la que no estamos haciéndonos cargo.
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