
La denominación “la nuestra” es casi tan vieja como el fútbol en nuestro país. Los hermanos Brown, figuras del Alumni que dominó a comienzos del siglo pasado, ya hablaban de eso y el periodista Borocotó trazó un perfil de nuestro estilo en una edición de la revista El Gráfico, en 1928, buscando que el fútbol fuera algo más que un deporte de ingleses jugado por argentinos. Pluma influyente, buscaba redefinir una manera -nacional- de jugarlo, de agregarle al deporte el ingenio de la picardía criolla. La nuestra en definitiva. Un modo propio. La argentinización del fútbol.
Fue Racing Club el primer equipo estéticamente argentino: pases cortos, habilidades individuales, creatividad, improvisación. Así nació el apodo La Academia para un equipo que, en siete torneos, sólo perdió cinco de 129 partidos. Le decían así básicamente porque era un equipo que enseñaba a jugar. A los rivales, a la gente, a ellos. Era como una respuesta al origen inglés de nuestro fútbol. Llamar a un equipo nuestro de esa forma es otorgarle un grado de educador en cuestiones futbolísticas. Y más cuando ese equipo y la mayoría estaba formado por descendientes europeos (básicamente italianos y españoles) no británicos, más allá de que muchos nombres de instituciones provenían del inglés.
A continuación, giras por Europa que hicieron Boca -reforzado- y San Lorenzo, con muy buenos resultados, apuntalaron la creación de ese imaginario. La estética, claro, creció a caballo de las victorias. Tampoco es casualidad que la nuestra haya surgido de los potreros porteños, de terrenos tan irregulares que obligaba a que los jugadores desarrollaran distintas habilidades, como precisión en el control de la pelota, exactitud en las entregas, recursos para fintar ante adversarios y manejar estrategias para minimizar errores, como pases cortos para asegurar la posesión y agrupamiento en pos de mantener distinas opciones de pases. Un ideal de juego contrapuesto al imaginario inglés de pases largos y preponderancia del juego aéreo. Cualquier semejanza con la Scaloneta no es pura coincidencia… Y cualquier coincidencia con lo que pasó en el estadio tras el título, tampoco: los hijos de los jugadores jugando al fútbol con una botellita de plástico, como nosotros hicimos tantos años como pelotas de media en los recreos de la primaria…
Si seguimos con la historia, en aquellos años tuvimos un socio al lado: Uruguay surgió con la misma propuesta, tomar el fútbol como suyo, fundando clubes propios y sin pensar a Europa como escuela. No fue casualidad que haya sido el primer país de América que dominó, desde las medallas olímpicas en 1924 y 1928 y el campeonato del mundo en 1930. La guapeza, la técnica, el sacrificio y la pasión eran virtudes en común.
A mediados del 35 cambió el dominio sudamericano y “la nuestra” se afianzó, juego de ataque, con pases a ras de piso que generaban no sólo resultados sino una estética distinta. No fue casualidad que Argentina ganara siete Sudamericanos de 11 disputados. La Segunda Guerra Mundial y conflictos entre países le quitó la chance a la Selección de demostrar su juego a otro nivel, en el mundo. Fue cuando el gobierno de facto buscó cambiar todo, incluso el estilo de juego. Los militares querían parecerse a los europeos hasta en el fútbol. Fue cuando llegó el Desastre de Suecia, en el Mundial de 1958: aquel 1-6 ante Checoslovaquia que significó, como titularon los diarios del mundo, “la caída del estilo argentino”.

Prosiguió una etapa de confusión, con una Argentina ya sin ser potencia dudando de cómo debía jugar... Se empezó a buscar a jugadores más físicos, duros, en detrimento de la técnica, se priorizó el trabajo, dejando de lado el talento y “la nuestra”, en síntesis. ¿El resultado? Ni siquiera se logró la clasificación al Mundial del 70.
Lo que vino después es una historia más conocida, el volver a la esencia, a las fuentes, que intentó -y logró- César Luis Menotti, durante dos Mundiales, uno que terminó con el primer título del mundo. Pero, después, llegó otro estilo, el de Carlos Bilardo, que terminó generando una antinomia de estilos que marcó -y dividió- a nuestro fútbol. Dos personalidades muy fuertes, con ideas completamente distintas, que sin embargo demostraron que se podían ganar con ambas.
Pero, en el medio de esa nueva grieta nacional, el fútbol argentino demostró que “la nuestra” nunca murió, siempre estuvo latente, aunque no fuera el estilo predominante en la mayoría de los equipos. Sobrevivió, muchas veces, en jugadores, en un Maradona, en un Ortega, en un Riquelme o en un Aimar, en todos aquellos que tenían potrero en su sangre. Claro, también hubo de los “otros”, primero porque en el fútbol hay distintos roles y segundo por la fortaleza que ha tenido el influjo del fútbol europeo, con nuestras figuras siendo vendidas para seguir allá sus carreras y terminar de hacer un master futbolístico y como profesionales. Pero “la nuestra” siempre estuvo ahí, nunca se fue, y con este equipo volvió en toda su dimensión, pese a que el 95% del plantel juega en Europa.
Este Mundial significó el regreso a jugar desde la pelota, de juntar pases, de la movilidad, de las paredes, de las triangulaciones, de tenerla nosotros, de ser protagonistas desde ese lugar, de no renunciar nunca a jugar...En velocidad, claro, porque ya nadie juega al trote, pero siempre con pelota al pie, jugando simple, con concepto, buscando los espacios. Pero siempre desde el pase como nexo.

Siempre teniendo el potrero en la sangre, siempre buscando arriesgar con la pelota, no con el fútbol vertical, el bochazo largo, la velocidad, los grandes, la segunda jugada…
Porque Messi, ya lo sabemos, juega. Y cómo. Pero también juegan Enzo, Paredes, Alexis, Di María, Julián, De Paul, Dybala, los laterales y hasta los centrales. Son todos audaces, aventureros, que se conectan desde la pelota y viven tomando riesgos, desde su área hasta la rival.
Por eso el golazo del 2-0 en la final. Por eso seguimos jugando pese al 2-2 de Países Bajos y el 2-2 de Francia, aunque le hayan empatado con otras armas, muy lejanas a las nuestras.
Este equipo nunca renunció a la nuestra, al adn argentino, a seguir jugando, sin importar el contexto y el resultado.
No es casualidad que así Argentino haya ganado la tercera. Y que dos de tres mejores de la historia sean argentinos. Y tres de los mejores 10, si incluimos a Alfredo Di Stefano.
Nada es casualidad.
Este Mundial, además de la tercera Copa, es la redención de nuestra esencia, del talento, del potrero, de la pasión, de la personalidad, de nuestro corazón, de seguir peleando no importa qué...
Al final no era, como dijeron algunos irrespetuosos jugadores europeos, que sólo allá se juega un fútbol de elite. Acá se juega “la nuestra” y está más viva que nunca.
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