
Siguen allí en el campo frente a la multitud. Muestran una sonrisa que esconde el manso llanto de la emoción. Y saben que hay millones de argentinos haciéndolo en cualquier rincón de la Patria, su Patria. Siguen allí en el campo, abrazándose y saludando respetuosamente a sus prodigiosos rivales, quienes eran hasta la pitada final del partido, los subcampeones del mundo. Siguen allí en el campo sabiendo que en calles, parques, esquinas de las ciudades reúnen a grupos de hinchas que cantan por ellos y que están orgullosos de lo que ellos hicieron.
Pero siguen en el campo porque son los autores de una épica que habrá de llevarlos a la mística de un propósito imposible. Están en tierras de Aladino, el niño que al frotar la lámpara hacía realidad los sueños y los sueños eran de todos.
Nuestro Aladino se llama Messi. Es alguien que está siempre y se muestra solo en los momentos fundamentales, como una ilusión. Puede trotar o picar, puede patear fuerte y al medio un penal de zurda o dar un pase estético y sutil de derecha, sin que su atlético marcador logre bajarlo a empujones estando dentro del área. Y aunque llegue tropezando, la pelota le será tan fiel que irá hasta donde entre el atrevido de Julián Álvarez -al estilo Kempes- hacia el categórico 3-0.
A su conjuro todo fue creciendo: el sueño y la realidad. Y sus compañeros fueron alcanzando una estatura sorprendente. A ver, ¿quién jugó mal o regular en la Selección? Nadie. Esos defensores parecen inexpugnables. De hecho, está siendo un gran Mundial de Otamendi y de Romero. Y también los laterales se agigantaron. ¿No puede jugar Acuña? Juega Tagliafico, una fiera. Y lo mismo con Enzo Fernández, con Mac Allister y ni hablemos de De Paul, que jugando como jugare sigue siendo el compadre de Lío.
Y Julián Álvarez, quien será un jugador de época, tiene la frescura del campito de Calchín, o del Monumental vibrante, juega como sonríe. Y sonríe con pureza.
No cabe una apología homérica, pero hay que permitirse opinar sin temor que este equipo está para ganar una final sea quien fuere el rival.
De la mano de Messi, la seguridad de toda la defensa, la talentosa prodigalidad de los volantes y la frescura del pibe Álvarez -¡cuántos Mundiales te disfrutaremos, pibe!-, estos jugadores son capaces de ganar una final. Sería un merecido premio para ellos y especialmente para Messi, el mejor jugador del mundo.
Nosotros deberíamos darnos por satisfechos con lo que hoy celebramos y entrar en la etapa más dulce de los hinchas que es la vigilia. Qué lindo será disfrutar hasta el próximo domingo al mediodía, hasta que la Selección aparezca en el campo para jugar la final. Siéntase orgulloso pues el campeón de América acaba de revalidar su título de potencia mundial. Y disfrute, disfrute mucho de la espera pues estos “bobos” hasta son capaces de ganar la Copa del Mundo.
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