Messi siempre miró al cielo y pidió un Mundial. Lo volvió a hacer ahora, al iniciar un nuevo camino. “Le agradecí a Dios. Él es quien decide todo”, dijo el sábado al dar detalles de su festejo en el gol. Hace años que espera que decida darle la foto que le falta a su álbum extraterrestre. Leo podrá tener 4 Champions, 7 Balones de Oro, una Copa América, pero si pudiera elegir la tapa ideal de su libro sería con el trofeo que levantaron Passarella y Maradona. La camiseta argentina y el trofeo más lindo que existe. “Yo sé que el de arriba me va a dar un Mundial. Es algo que sueño, que pienso siempre. Y quiero convencerme de que lo voy a ganar”, me confesó allá lejos en el tiempo, cuando empezaba a buscarlo. Fue en septiembre del 2011. Ya habían pasado Alemania 2006 y Sudáfrica 2010. Ya lo habían silbado en la Selección -el peor ruido de reprobación para un artista- en un partido contra Colombia por la Copa América que se jugó ese año de local. Desde ese día se jugaron dos Mundiales que terminaron con lágrimas. Hoy lo vuelve a intentar en Qatar porque, contó, lo mueve la ilusión. “No hay que quedarse con las ganas de pensar qué hubiese pasado... Ahora es mi última oportunidad de conseguir mi sueño”, avisó Messi. Hace 16 años que se ratonea con esa imagen que quieren tener en su fondo de pantalla de su celular hasta hinchas que no son argentinos. Por eso su descarga en su gol clave contra México y esa postal ya icónica en la que se ve su 10, y él de frente a los hinchas argentinos que gritan como pocas veces.
La gran explosión de Messi con la camiseta argentina fue en el Sub 20 de Holanda, en el 2005. En paralelo, la Selección Mayor jugaba la Copa Confederaciones que servía de ensayo general para la organización del Mundial de Alemania. El equipo rindió hasta que se chocó de frente contra Brasil. El equipo de Ronaldinho nos bailó y en una momento de la noche se temió por una goleada histórica. Pablito Aimar hizo el 1-4 y mágicamente los brasileños parecieron levantar el pie del acelerador. Al otro día, en el hall de un hotel donde durmió la Selección, Pekerman estaba apesadumbrado. Enérgico, señaló errores que no se podían repetir en el Mundial. Sólo se permitió una sonrisa cuando le preguntamos por Leo. “Messi es una bendición para el fútbol argentino”, declaró el mejor scouting de Juveniles que tuvo Argentina en su historia. Rápidamente lo convocó. Al otro año el 10, que en esa época era el 19, era una de las gigantografías de las figuras del Mundial con Michael Ballack. Justamente contra Alemania fue la foto que persiguió a Messi durante años. No quedó tan marcado su debut en los Mundiales como su pose desplomado en el banco de suplentes la tarde que la Selección quedó eliminada por penales en Berlín. A los pocos días hablamos por teléfono con Messi, que ya estaba en Barcelona. “Tengo sensaciones feas, las mismas que cuando me fui, pero con la diferencia de que estoy en mi casa. No puedo creer que ya no juegue el Mundial... No lo voy a ver más. Ni me interesa quién salga campeón”, declaró, o en realidad dejó ver sus sentimientos. Pidió por la continuidad de Pekerman y bien a su estilo, resumió: “Estoy hecho mierda. Yo soñaba con ser campeón”. Desde el Mundial 1.

A Sudáfrica 2010 ya llegó con la 10 en la espalda y el 10 como entrenador. Maradona lo adoraba, aún cuando alguna vez bromeó con que era más fácil hablar por teléfono con Obama que con Leo. Antes de viajar a Sudáfrica se reunieron en España. “La estás rompiendo, Lío -así lo llamaba- querido. Vos estás jugando un fulbito con Jesús”, maradonió. A diferencia del Mundial anterior no estaba Riquelme. Uno de los grandes era Verón, quien fue una especie de hermano mayor en esa habitación que compartieron en Pretoria. Antes de Agüero, y después de Ustari en el 2006, el crack de Estudiantes trataba de calmar la ansiedad de Leo en el mano a mano. Siempre generoso, una noche de un día libre, Messi me abrió la puerta de la casa que alquilaba allá. Era un pequeño barrio cerrado. Enfrente a él vivía la familia de Palermo. Detrás, Verónica Ojeda, en esos tiempos la pareja de Diego. “Es el momento que más feliz me siento en la Selección. En las Eliminatorias no era yo. No me salían las cosas y apenas pisaba el país eran todas críticas para mí. Se me hacía difícil jugar así. No me sentía bien en Argentina. Me dolió lo del Himno, que se dijera que no sentía la camiseta, que no jugaba porque no me pagaban como en Barcelona. Un montón de boludeces”. Al final no pudo hacer un gol, algo que logró Palermo una noche fría de Polokwane cuando entró un rato, después de una jugada justamente de Leo. Hizo figura a los arqueros rivales y quedó en la historia el abrazo contenedor que le dio Maradona cuando quedó eliminado con Alemania. Leo lloró tanto como Diego. Leo ya era Messi.

Sabella lo sedujo desde su don de gente. Alejandro, una de las mejores personas del mundo del fútbol de los últimos 30 años, le devolvió las energías a Mascherano. Y logró la mejor versión de Messi en un Mundial. Fue el entrenador que lo hizo capitán. En el 2006, la cinta era de Juan Pablo Sorin, un brazo amado de Pekerman. Detrás, en perfil bajo, en el grupo era muy escuchado el Ratón Ayala, ahora parte del cuerpo técnico de Scaloni. Maradona habló de “Mascherano más 10″ y lo llevó a su lugar de líder antes de tiempo. En el debut de la era de Diego, en Escocia, se dio un virtual pase de mando de Zanetti y Masche. Su guardaespaldas era el Gringo Heinze, líder también de ese grupo y factor fundamental para descomprimir la carga de Mascherano. Así una vez, en una conferencia de prensa, a Sabella le preguntaron por la cinta de capitán y pensó en Messi. No pareció casual que fuera una remake de cuando en el 83 un tal Carlos Salvador Bilardo fue a buscar a Maradona para decirle que era su caudillo en lugar de Passarella. Messi fue clave en la primera ronda que arrancó en el Maracaná. Sin él se podría decir que la Selección se volvía en fase de grupos. Después, el equipo se transformó en una formación más amigable para Masche que para Leo. Por fin se pasó de los cuartos de final, contra Holanda se convirtió en héroe Chiquito Romero, el día que Messi y el resto corrió desaforado a festejar el penal de Maxi Rodríguez. En la final se perdió sin merecerlo contra Alemania en la final. Messi alguna vez confesó que la foto más triste de su vida es cuando pasa caminando a centímetros de la Copa del Mundo sin poder levantarla.

En Rusia, el cuarto intento de Messi, se hizo todo mal. En el camino se cambiaron tres técnicos. Arrancó el Tata Martino, quien dirigió dos Copas América y le dio un estilo a la Selección. Aun cuando la mochila se hizo extremadamente pesada para esta gran generación con otras dos finales perdidas, había una forma. Después, con la AFA convertida en un caos y clubes que no cedían a los jugadores para los Juegos, el Tata se fue. Algunos hinchas de Mundial no se acuerdan, pero en la Argentina hubo una Comisión Normalizadora manejando el fútbol y se eligió al querido Patón Bauza. Con él al mando Messi, que había renunciado en Estados Unidos 2016, volvió. Hasta que hubo cambio de mando otra vez y Claudio Tapia, valorado por estar siempre cerca por los jugadores de la Selección, optó por poner la plata y sacarle a Sampaoli al Sevilla. Allí parecía llegar un DT sin discusión después de su paso por Chile. Los futbolistas lo veían con buenos ojos. Igual en ese sube y baja que era la Selección hubo que ir a buscar la clasificación rezándole a Messi en Ecuador. Él nos llevó al Mundial. Aunque ahí todo lo que podía salir mal, salió peor. Sampaoli se traicionó, se distanció hasta de su cuerpo técnico. Estaba Beccacece, que le renunció en el avión. Y siguió Scaloni, que era hombre suyo. Hasta hubo un golpe de estado (táctico) que con el tiempo confesó el plantel porque ya no estaban convencidos del DT. Un guiño del destino y el gol de Rojo nos dio vida. Hasta que Francia se encargó de mostrarle la dura realidad a esa Selección. Aún se está tratando de alcanzar la carrera de Mbappé.

Así, con un nuevo grupo, con un Messi revitalizado y más líder que nunca, se sacó la mochila de la Copa América y ahora en Qatar va por la última imagen. El camino es largo, antes hay que pasar a Polonia. Igual Leo va en busca de esa foto que pide cada vez que mira el cielo…

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