
Si hay una paradoja en el mundo de las barras, es festejar esta noche el día del amigo. Porque en el mundo de las tribunas, la amistad se mide por el negocio que deja paso a la traición y a la sangre. Y a veces, aunque parezca increíble, de nuevo a la amistad. Hay tres casos paradójicos de hombres que parecían hermanos en el paravalanchas y terminaron enfrentándose a muerte. Rafael Di Zeo y Mauro Martín en Boca Juniors, hoy reconciliados, Alan Schlenker y Adrián Rousseau en River, que pasaron de una relación indestructible a destruir todo lo que había alrededor en su afán de poder, y la de Bebote Álvarez con Loquillo Rodríguez, donde primero hubo amor y después un odio tan visceral como pocas veces visto.
Vayamos primero al caso de La Doce. La historia de ambos comienza a principios de los 2000 cuando Rafael Di Zeo entrenaba boxeo con el profesor Gabriel Martín en el club Leopardi, propiedad de la familia Martín. Gaby le comentó su preocupación: su hermano menor era la oveja descarriada de la familia y estaba preso por robar un súper chino. Nada que el jefe de la cosa nostra no pudiera resolver. Rafa le puso un abogado de confianza, llamó a quien había que llamar y la carátula cambió: el chino del supermercado pasó de ser robado con violencia a sufrir un intento de asalto con un arma de juguete. Y con esa modificación de carátula, Mauro salió en libertad. En agradecimiento, comenzó a prestar servicios al jefe, quien además le vio pasta, se lo llevó a la cancha, le dio un lugar en su círculo casi como a un protegido y le hizo lugar junto a su amigo Maximiliano Mazzaro en el barra tour de los jueves que incluía partido en Casa Amarilla, cena en el restaurante palermitano El Corralón y posterior final vip en Cocodrilo. Tan estrecha era la relación que en febrero de 2006, cuando el grupo de Lomas de Zamora de Marcelo Aravena fue a Casa Amarilla a matar a Mauro, quien se interpuso a puro disparo fue Richard William Laluz Fernández, por entonces guardaespalda de Di Zeo, rescatado por el capo tras su paso por la prisión de Devoto. Y le salvó la vida, claro.
Pero ese gesto de amistad en las tribunas no suele ser reconocido. Cuando Rafa cayó preso en 2007, puso a Alejandro Falcigno a dirigir la tribuna con Tyson Ibáñez. Pero Mauro se sublevó y junto con el Uruguayo Richard y Maximiliano Mazzaro se quedaron con la barra. Y cuando los Di Zeo salieron de prisión en 2011 y quisieron volver, les avisaron que ya no eran bienvenidos. A rey muerto, rey puesto. El Uruguayo Richard, que se había enfrentado a Mauro y había sido derrotado, fue a Cocodrilo a proponerle a Rafa una alianza para desbancarlo. Esa noche se iría del boliche con un tiro en la espalda y cuadripléjico. Porque amigos son los amigos.
Pero Di Zeo tenía el paravalancha entre ceja y ceja. Y más a Mauro y Maxi, a quienes consideraba traidores. Ahí comenzó una guerra tremenda con su capítulo más cruento en la autopista Rosario-Santa Fe, en la previa a un partido con Unión, cuando la caravana de Mauro fue emboscada por la facción rival. Casi 40 francotiradores desde un puente tiraron toda su munición. Quedaron siete heridos graves, entre ellos Martín, con el intestino grueso perforado por un balazo. En el hospital Provincial de Rosario le salvaron la vida y volvió a la barra, pero no por mucho tiempo. Cuando cayó preso, puso en su lugar a Fido Debaux. Y cuando salió, la historia se volvió a repetir. Fido no la entregó. Porque amigos no son los amigos. Y como no podía desbancarlo sólo y tampoco logró ese cometido Di Zeo, en enero de 2015 con el apoyo de la dirigencia, la policía y la política lo acorralaron a Fido en Pinamar y le dijeron que la manejaban los tres o era boleta. Fido se fue y Di Zeo y Martín, amigos primero, enemigos a muerte después, volvieron a ser amigos. Y así llevan ya siete años hasta la próxima traición, aunque esta noche brinden por una amistad sustentada en los negocios y no en el afecto.
La historia de Schlenker y Rousseau es aún más trágica. Conocidos del gimnasio del River, se hicieron hermanos de la vida y apostaron a ser la segunda línea de la barra que en los 90 manejanban Luis Pereyra y el Diariero Edgard Butassi. Como tenían una vida de fierros y sin drogas, los bautizaron “la banda del yogurth”. Pero a ellos les importó poco: a principios de los 2000 y con el grupo más potente que se recuerde en la Sívori, ganaron la barra. Y hasta finales de 2006 la manejaron como siameses. Cada vez que alguno se levantaba para alzar la voz, ellos se ponían de acuerdo y los ponían en caja. Eran 24 horas de compartir todo permanentemente, si Rousseau hasta llegó a vivir un tiempo en el departamento de Schlenker en Belgrano.
Pero el poder todo lo puede. Y cuando volvieron del Mundial de Alemania, donde erigieron a Los Borrachos del Tablón por primera vez como la barra de la Selección, empezaron a sucederse problemas de plata. Sobre todo por un supuesto robo de muchos dólares de la barra que habría sufrido Rousseau y sobre lo que siempre se sospechó. Eso, más la ambición política de Schlenker terminó con uno enfrente de otro. Adrián aliado a la comisión directiva que presidía José María Aguilar y con muchos de sus hombres siendo empleados del club. Alan parándose del otro lado y dispuesto a ganar la contienda para lo que terminó al lado del grupo de Palermo. Hubo innumerables hechos de sangre en 2007 (la batalla de los quinchos, la gresca del playón) que preanunciaron lo que fatalmente iba a ocurrir: el asesinato de Gonzalo Acro, el ladero de Rousseau. Y a partir de ahí uno terminó en la cárcel condenado a prisión perpetua, Schlenker, y el otro fuera de la barra aunque por un tiempo intentó manejarla desde lejos.

La tercera de esas relaciones tóxicas entre violentos y paradójicas se da entre Pablo Bebote Álvarez y César Loquillo Rodríguez. Compañeros de correrías en cuestiones poco lícitas fuera de la tribuna, cuando Bebote ganó la barra en 2004 le prometió a Loquillo que cuando él saliera de prisión, lo tendría a su lado. Y cumplió. En 2011 lo puso a su lado en el paravalanchas y parecía que esa relación de carne y uña se había sellado para siempre. Era la época en que Javier Cantero había ganado la presidencia del club. El último acto conjunto de ambos barras fue apretarlo en el despacho presidencial al mandamás de la institución. Tras eso, Bebote se refugió en Ibiza y Loquillo asumió todo el poder. Cuando Álvarez volvió de su periplo europeo intentando regresar al trono, Loquillo le explicó que ya no había lugar para ambos. Así empezó una larga guerra en la cual Rodríguez terminó perdiendo y con dos balazos incrustados en el tórax. Para 2014, con la asunción de Hugo Moyano como presidente, la barra volvía a manos de Bebote.
Recuperado, Loquillo intentó varias veces dar pelea por la tribuna y siempre perdió: la última, en el torneo de verano en Mar del Plata en 2017. Ahí se llamó a silencio, pero tras la detención de la cúpula vio una hendija para volver y empezó a tejer la telaraña. Aunque la barra ya tenía nuevo dueño, el grupo de Barracas, entonces se conformó con su gente y fue a la popular Sur. Intentó en 2020 otra vez ganarla en un recordado tiroteo en el centro de Avellaneda y no lo logró. Cuando Bebote salió de prisión, también quiso recuperar Los Diablos Rojos. Y aunque parezca increíble, Loquillo, aquel viejo amigo, se alió a la facción Barracas para impedirlo. Porque donde hubo amistad, ya no queda nada.
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