Boca Juniors, el campeón que no goleó y no gustó, pero ganó

Se consagró en la Copa Argentina en la definición por penales ante Talleres, luego de haber pateado una sola vez al arco en los 90 minutos de tiempo regular. Le llovieron las críticas, con algo de justicia, pero también bastante de exageración

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(Fotobaires)
(Fotobaires)

Nadie que haya visto el 0-0 de este miércoles entre Boca y Talleres sin ser hincha de uno de los dos equipos puede haber pasado un buen rato frente al televisor. Es probable que más de un espectador neutral -si es que eso existe en algún partido que protagoniza Boca, amado por los propios y en general odiado por los ajenos- haya incluso optado por cambiar de canal y enterarse del resultado al final del encuentro, no sin antes dejar un comentario peyorativo sobre la calidad del juego en las redes sociales.

El equipo de Sebastián Battaglia apenas realizó un tiro al arco en los 90 minutos, la misma cantidad de remates que efectuó Talleres. Con eso, y una efectividad absoluta en la definición por penales, le alcanzó para sumar un nuevo título, lo que no impidió que se cuestionara una vez más su (falta de) juego. Es algo que parece una constante en los últimos tiempos para el Xeneize, que desafía a la cátedra con algunos logros que no se condicen con un funcionamiento, en apariencia, flojo.

Se ha contado muchas veces que el fútbol es el deporte más apto para que los equipos con menos recursos técnicos sueñen con la gloria. Buena parte de su éxito consiste justamente en eso: la imprevisibilidad que no tienen juegos donde cualquier estrategia defensiva inevitablemente sucumbirá frente a un rival con más capacidad.

Hay una clave importante para esa magia. Por más que se diga que un equipo no tiene nada para perder en un partido -suele afirmarse eso por ejemplo cuando en la Copa Argentina un club se enfrenta a otro de una categoría superior-, lo cierto es que en el fútbol todos los equipos comienzan con algo en el bolsillo, y por lo tanto con algo para perder. Porque el partido en un comienzo estará 0 a 0 y, así se enfrenten Leandro N. Alem y Manchester United en Old Trafford, el más débil de los dos tendrá de entrada un punto y el más poderoso de los dos tendrá que tomarse el trabajo de quebrar la estrategia defensiva de su rival.

Al comienzo de la gestión
Al comienzo de la gestión Battaglia, parecía despuntar un nuevo Boca. Ahora se quedó con la Copa Argentina en un partido donde solo ejecutó un disparo al arco rival.

Sebastián Battaglia asumió como entrenador de Boca hace poco menos de cuatro meses, cuando se agotó la paciencia con Miguel Ángel Russo porque el equipo, que nunca había mostrado un funcionamiento demasiado vistoso, también dejó de obtener buenos resultados y parecía empezar a quedar lejos la clasificación a la Libertadores 2022. La idea de la dirigencia era cambiarle la cara al equipo con el hasta entonces entrenador de la Reserva, conocedor de las condiciones de los pibes que podían ampliar la base de un plantel que no mostraba reacción ni futbolística ni anímica a su mal momento. Y cambiar la cara implicaba también adoptar una postura más ofensiva en la cancha, acorde a la superioridad (al menos presunta) que Boca debía mostrar ante rivales con menos posibilidades económicas.

A partir de las buenas respuestas de chicos como Almendra o Vázquez, en el arranque del ciclo dio la impresión de que se empezaba a lograr eso que tanto costaba en la era Russo: un buen funcionamiento de mitad de cancha hacia adelante. Pero de a poco reaparecieron las dudas y Battaglia empezó a desandar ese camino. Así, Boca volvió a refugiarse de a poco, cada vez más, en la solidez defensiva. Y a, según el caso, mirar con cariño ese 0 a 0 con el que cuentan todos los equipos al comienzo de un partido.

De octavos de final en adelante en la Copa Argentina, el xeneize no recibió goles ni contra River, ni contra Patronato, ni contra Argentinos (el único partido que ganó en los 90 minutos, por 1-0) ni en el encuentro decisivo contra Talleres.

El contraste: solo remató ocho veces al arco en los cuatro partidos y pegó apenas un grito.

La historia del fútbol también está hecha de equipos que se apoyaron en la defensa de su arco en detrimento de un juego más vistoso. El propio Boca salió campeón en 1964 apoyado en una solidez que le hizo recibir en 30 fechas tan solo 15 goles (y 4 de ellos fueron en el debut, contra Atlanta). En Mundiales hay casos emblemáticos como el de la Italia subcampeona en México 1970, que pasó la primera ronda luego de hacer apenas un gol en tres partidos y empatar 0-0 contra Israel; o el de Irlanda en 1990, que llegó hasta cuartos de final con cuatro empates y solo dos conquistas en cinco partidos.

Se supone que es más fácil para un DT encontrar un buen rendimiento en defensa que en ataque. También por eso el River de Marcelo Gallardo es el equipo que marca esta época y el que prefieren casi todos los espectadores neutrales. Porque apuesta a desequilibrar en el arco de enfrente aunque eso implique resignar tranquilidad en el arco propio. Aunque esa búsqueda le cueste a veces desequilibrarse y ser goleado, como contra Palmeiras en la semifinal de ida de la Libertadores 2020, más allá de que después haya quedado en el recuerdo que casi logra dar vuelta la historia en Brasil.

Con el título en la Copa Argentina bajo el brazo, Battaglia tendrá más tranquilidad para buscar su Boca ideal en 2022. Con un plantel que se rearmará y en el que necesariamente apuntará a sumar recursos para mejorar el ataque. Nadie podrá negarle legitimidad al festejo por la nueva estrella en el cielo boquense. Pero él, como hombre de fútbol y buen conocedor del famoso “Mundo Boca”, sabe que necesita más. No siempre los penales le sonreirán después de (casi) no haber pateado al arco.

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