
Este viernes, en el Saitama Stadium, el entrenador de la selección mexicana de fútbol, Jaime Lozano, disputará el bronce de los Juegos Olímpicos como un acto de amor, consistente en reponerle a su padre la gloria que no tuvo en 1968.
De la mano de Lozano, México se enfrentará a Japón, en un duelo que tendrá mucho de ajustes de cuentas. Los asiáticos fueron el verdugo de los mexicanos en el partido por el tercer lugar, celebrado en el Estadio Azteca, en los Juegos de hace 53 años.
A Lozano le faltaban 10 años para nacer, pero sabe que el malvado que aguó la fiesta fue el delantero Kunishige Kamamoto, anotador de los dos goles con los que los japoneses le ocasionaron a México uno de los reveses más dolorosos de sus Juegos.
Los hinchas del país se despertarán este viernes antes de la salida del sol, confiados en que el “tri” haga pagar a los japoneses la humillación. Para el entrenador el partido será algo más, la oportunidad de regalar a su padre la presea que no pudo ganar en la competición de boxeo de México 1968.

Más de medio siglo después el púgil retirado Jaime Lozano Aguilar mantiene el enojo porque en los octavos de finales los jueces votaron a favor de Peter Tiepold y lo privaron de luchar por la medalla en su mejor momento de forma deportiva.
“Le di una golpiza, lo reconocieron los periódicos, pero Tiepold era de Alemania del Este y entonces los jueces socialistas se unían y se beneficiaban entre ellos. Ni noqueando ganaba yo aquel día”, cuenta a Efe el padre del entrenador.
Aunque lo identifican en México como un reconocido actor de televisión, cine y teatro, Lozano Aguilar guarda en lo más dentro de su alma el recuerdo de sus peleas, disfruta al recordar su triunfo 5-0 sobre el ghanés Emmanuel Lawson y se hunde en la melancolía al acordarse del pleito contra el alemán.
“Tenía una mano lastimada, problemas en un riñón que después perdí. No dije nada para que no me quitaran del equipo y aún así a aquel alemán lo dominé con el ‘jab’; era un tipo alto, pero lo detuve con mis mejores golpes de zurda”, recuerda.

Después de los Juegos el mexicano estudió actuación, leyó, se aprendió libretos, escribió poemas, trabajó en decenas de obras y se olvidó del boxeo, el deporte al que se acercó para huir del acoso de los tipos duros de su barrio, y que lo llevó a los Juegos Olímpicos.
En el aniversario 10 de la inauguración de los Juegos de México, Lozano no celebró. Dos semanas antes había vivido el momento más sublime que puede experimentar un hombre: se convirtió en padre de un niño al que le puso su nombre, al que le heredó su pasión por el deporte y también los genes del riñón dañado.
“De niño lo tuve que operar, a diferencia de mí, él salvó el riñón y quedó bien. Lo recuerdo desesperado por salir del hospital para irse a jugar, ya entonces era todo pasión, como ahora”, indica.
El actor se dio el gusto de ver crecer a su hijo, de aplaudirlo cuando jugó con México en los Olímpicos de Atenas 2004 y de elogiarlo cuando fue dos veces campeón como jugador de los Pumas UNAM y más tarde, al emigrar a España para prepararse como entrenador.

“Es un hombre que venció obstáculos desde pequeño, lo de la cirugía y otros más adelante. A los 13 años lo saqué del equipo infantil del club América y me lo llevé a Pumas, tenía un toque impresionante, parecía poner los pases con la mano y metía goles sin ser delantero”, cuenta.
El entrenador de México fue educado en el civismo y la disciplina. Su padre cree que por eso y por la pasión ha llegado lejos a sus 42 años y le agradece que en estos días le haya hecho sentir emociones desconocidas cuando era el rey mexicano de los welter ligeros, listo para enredarse a puñetazos con quien fuera.
“Vi el partido de cuartos de finales contra Corea de madrugada, me dio nervios, sufrí chorrillo (diarrea); es el miedo que nunca sentí en el cuadrilátero. El primer gol de México lo celebré en el baño, luego le conté a mi hijo”, confiesa.
Este viernes medio México pondrá peso en los hombros del entrenador Jaime Lozano. Le exigirán que derrote a Japón en su casa y restaure el honor.
El técnico acepta que será el partido más importante de su carrera, pero trocará el viejo rencor de los aficionados en amor. En lo más íntimo de su ser asumirá el duelo en el nombre de su padre, a quien le gustaría colgarle la medalla que el viejo pudo ganar en sus años mozos.
EFE
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