
El árbitro brasileño Romualdo Arppi Filho marcó el final del partido, Argentina se consagró campeona tras vencer a Alemania, y se desató la locura, incluso entre los escasos periodistas argentinos acreditados en el Mundial de México 1986, pero había que seguir trabajando y la jornada iba a ser dura, con más espacios para los artículos de medios gráficos y horarios ampliados de transmisión para radio y televisión en tiempos en los que no existía Internet.
La sensación era que no alcanzaría con la conferencia de prensa y un grupo de cronistas jóvenes que en muchos casos cubría su primer Mundial –entre ellos, quien esto escribe- decidió salir a buscar lo imposible: tratar de ingresar al vestuario argentino, aún cuando la FIFA no lo permitía, y así nos lo hizo saber el entonces director de Comunicaciones de la entidad, el suizo Guido Tognoni, quien se puso firme en la oposición a cualquier atisbo de rebeldía.
Mientras los jugadores argentinos permanecían en el césped del estadio Azteca, en medio de una multitud que pretendía llevarlos en andas o llevarse de ellos algún objeto histórico, el grupo de cronistas jóvenes se lanzó a la aventura de atravesar distintas vallas y controles para tratar de llegar al destino soñado, que no era otro que descubrir la intimidad de los campeones del mundo.
El primer obstáculo llegó pronto con una barrera de uniformados policías mexicanos, que sólo portaban palos, pero que se asemejaba a la que los defensores arman para bloquear los tiros libres rivales, mientras los jóvenes argentinos, con sus bolsitos, grabadores, anotadores y micrófonos cargaban contra la formación de todas las maneras posibles, algunos exagerando la “represión” en directo para su emisora, otros, tratando de convencer a los guardianes del orden mediante una inconducente negociación.
No había manera de atravesar esa barrera, pero en medio del fragor de la lucha apareció el entonces presidente de la AFA, Julio Grondona, desde adentro, para ayudar a destrabar la situación y así es que logramos avanzar hasta el control siguiente, y siempre gracias a los oficios de algún dirigente o allegado, conseguimos, luego de un largo trajinar, llegar hasta la mismísima puerta de un ruidoso y multitudinario vestuario campeón del mundo.
De nada sirvió una nueva advertencia, aunque esta vez, casi a modo de súplica. Eduardo Cremasco -ex jugador de Estudiantes de La Plata y amigo de Carlos Bilardo, residente en México DF, encargado de la logística de la Selección durante el Mundial y dueño de un restaurante de comida argentina, “Mi Viejo”, al que solía frecuentar el ambiente del fútbol (desde periodistas, que diariamente acudían al centro de prensa ubicado en la misma cuadra, en el hotel Presidente Chapultepec, hasta directores técnicos como Alfio Basile, Reinaldo Merlo o el ex jugador Jorge Paolino)-, gritaba que por favor no entrara nadie más porque ese vestuario iba a colapsar.
El recinto era un hervidero y hasta costaba encontrar a los jugadores, que acababan de regresar de los festejos, entre la multitud. Un colega dio con un demacrado Daniel Passarella, que le dijo “hablá con los muchachos, yo no me siento campeón del mundo”, mientras se escuchaban gritos para que se despejara una zona porque el jefe de Deportes del diario La Nación, Carlos Muñiz, se había desmayado por la falta de aire y estaba tendido sobre una camilla.
Este cronista dio a un costado con el Vasco Julio Olarticoechea, cuya primera reacción ante la pregunta sobre cómo se sentía y si se imaginaba lo que sería la fiesta en cada rincón de la Argentina, atinó a decir con exagerada tranquilidad “Ya está, lo mío ya está”, para aclarar inmediatamente que “yo ya me descargué pensando en los míos, ya está”, mientras se cambiaba.
Más hacia el centro del vestuario, Jorge Burruchaga contaba una y otra vez su gol, el de la victoria ante Alemania. Este cronista, de su misma generación, se sumó a la conversación y le estrechó la mano en un saludo por debajo de varios grabadorcitos de la época, hasta que alguien le mencionó su ciudad natal, Gualeguay, y el ex jugador de Independiente no pudo contenerse y rompió a llorar de emoción justo frente a quien esto escribe, que junto con otros colegas trataron de arroparlo, en una de las escenas más conmovedoras.
A pocos metros de allí, Oscar Ruggeri no paraba de hacer memoria y dedicarle el triunfo “a todos los panqueques, a los que ahora seguramente se darán vuelta, a los que no nos dejaron tranquilos y nos criticaron todo”, mientras Grondona, desbordado, atravesaba con su dedo índice izquierdo un círculo hecho con su mano derecha ante dos periodistas del diario Clarín, el más opositor a la gestión de Bilardo en la selección argentina.
Muchos de los cronistas que estábamos allí no disponíamos de mucho tiempo. Los que colaborábamos con las distintas radios teníamos que llevarnos las grabaciones de las notas otra vez hacia las cabinas de transmisión, por lo que había que atravesar, y subiendo, larguísimos tramos a 2250 metros del nivel del mar.
Avanzada la tarde, regresamos al centro de prensa en la zona residencial de Chapultepec y para nuestra sorpresa, en un hotel repleto de camisetas argentinas, no sólo vestidas por compatriotas, desde el piano sonaba todo un repertorio de música nacional, desde tango hasta folklore.
La calle era una locura, entre los gritos, la euforia, las bocinas. Con el amigo Luis Blanco, periodista de FM Contacto de la ciudad de Las Parejas, en la provincia de Santa Fe, caminábamos en búsqueda de alimentarnos con algo, por fin, luego de una jornada tan feliz como extenuante, cuando de repente, escuchamos el grito cada vez más cercano de “Luis” en nuestros oídos y aunque primero ni nos percatamos de ello, la voz era tan insistente que acabamos dándonos vuelta. Era Jorge Valdano, que con parte de su cuerpo fuera de la ventana del eufórico micro de la selección argentina, levantaba el pulgar hacia nuestra dirección.

Valdano había sido fundamental para nosotros durante ese Mundial. Gracias a haber nacido también en Las Parejas, el entonces jugador del Real Madrid, que osó enfrentar junto a Diego Maradona, al presidente de la FIFA, Joao Havelange, por los horarios de los partidos, el calor y la altura, nos había facilitado más de una vez el acceso a horarios o situaciones poco comunes.
En una de esas ocasiones, el día antes de la final ante Alemania, Valdano le había prometido a Luis Blanco -fallecido en 2020- que durante la ceremonia de los himnos levantaría el pulgar para saludarlo. El colega, algo incrédulo, se llevó, de todos modos, el largavistas para constatarlo y a la hora de la verdad, el delantero autor del segundo gol en la final, levantó efectivamente el pulgar. “No debe ser para mí”, dijo entonces Blanco. Pero el pulgar que horas más tarde levantó Valdano desde la ventana del micro, que se dirigía al restaurante “Mi Viejo” corroboraba que con tanto en juego ese día glorioso para el fútbol argentino, que pedíamos que no se acabara nunca, no se había olvidado de su promesa.
Una vez sentados alrededor de la mesa, brindamos y reímos, felices, con el griterío de fondo. Horas más tarde, la selección argentina llegaba al aeropuerto de Ezeiza con un recibimiento espectacular.
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