
Fue más impiadoso que el dedazo que le metió Hagler en el 3° round para frenarlo.
Esta vez, su implacable derechazo con el cual había noqueado a 50 rivales y a un oso, no le alcanzó.
Maldito virus el del COVID que no distingue al bueno del malo ni al débil del fuerte. Y que en un día cualquiera desde el mas ignorado de los espacios nos sume en el dolor de la muerte, de la muerte del otro haciéndonos ver nuestra propia muerte.
Martillo Roldán había conseguido todo a cuanto aspiraba, pues la corona del mundo siempre la sintió con un sueño lejano, como una quimera inimaginable en las madrugadas de ordeñe como peoncito de campo junto a su padre y a sus hermanos.
El chiquito fuerte, honesto, trabajador y solidario era tan solo un oyente de aquellas transmisiones radiales que hacían de Ringo Bonavena y de Nicolino Locche dos de tantos inalcanzables héroes. Y mientras a él le tocaba ordenar corrales y galpones, aquellos resultaban dioses distantes de un mundo imposible.
Sin embargo, también ese universo de sonidos extraños, lejos de Freyre, su pueblo, se le hizo realidad solo con dos puños y un coraje. Me pareció una fantasía verlo en el hotel Riviera de Las Vegas noquear al Animal Fletcher y desde allí abrirse camino hacia las carteleras luminosas de una ciudad que más de una vez incluyó su nombre entre los nombres de sus shows más ofrecidos a los distendidos turistas que colmaban la ciudad sin relojes ni frenos.
Este hombre humilde que nos acaba de dejar a los 63 años como consecuencia del COVID-19, también fue estrella de muchas de esas carteleras en las que ganó y perdió contra los mejores. En su carrera están Marvin Hagler y Tomas Hearns. También los grandes hoteles Riviera, Hilton, Caesar’s Palace. Siempre fue una noble atracción allí donde le tocara pelear sea en San Francisco, Córdoba o en el Luna Park; en Montecarlo, San Remo, París o Las Vegas.
Eso sí, el regreso sería al campo, a su casa al lado de su familia y de sus amigos: Freyre, su pueblo, estaba siempre entre sus frases más recurrentes en cualquier lugar del mundo que estuviésemos pues al término de cada combate repetía: “Vamos pa' Freyre, ¿Quién quiere comer un asado?".
Fue allí, en medio del verde de los amaneceres puros que su esposa Mary y él un día –tomando el mate de la mañana– se sintieron mal y los hijos los llevaron de urgencia a San Francisco. Martillo quedó internado y Mary regresó a casa en aislamiento. Mary, quien sigue luchando, jamás imaginó que nunca más habría de ver al hombre amado pues Martillo no volvió y ella sigue aislada.
Todo lo que escribí después de cada una de sus peleas, todas las semblanzas realizadas, todos los encuentros esporádicos cuando cada tanto y ya retirado venía a Buenos Aires para algún festejo, para alguna premiación o algún encuentro, se redujeron a una profunda tristeza pues siempre la calidad humana será más importante que los logros deportivos que no pudieron ser.
Martillo murió con la tranquilidad de haber cumplido sus simples sueños: ayudar a sus padres, a sus hermanos, saber reconstruir una familia, ser querido por hijos y nietos; por amigos y admiradores.
También murió sabiendo que haber derribado a Hagler en el 1° asalto y groggy a Hearns en el 6° fueron siempre citas estadísticas, nostalgias de sobrevivientes, registros de la historia. Solo eso.
Para él, en el espacio que se hallare, estará el peoncito de campo que un domingo fue al circo y el domador preguntó si alguien se animaba a enfrentar a Bongo, el temible oso.
Ese día su historia –aquí contada– cambió el destino y su nombre apareció en los letreros luminosos del Luna Park y de Las Vegas. Pero siempre volvió al campo… que era donde mejor soñaba.
Si, nos debemos un asado Martillo; será en Freyre y Dios le pondrá la fecha…
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