
Queda absolutamente claro que estos partidos son de ciento ochenta minutos. Bajo esa lógica River resultó el mejor de los dos. Si tuviéramos que diseccionar ambos encuentros advertiremos una enorme diferencia en el comportamiento, entre uno -el primero, jugado hace veinte días- y éste, el segundo, que definió el pase a la final.
En ambos casos, River jugó cada uno de ellos como debía hacerlo. Aquél del primero de octubre desplegó la jerarquía de su fútbol ofensivo, sostenido en la distancia entre sus volantes, especialmente Nacho Fernández y Exequiel Palacios , y sus puntas. De aquel encuentro con una ventaja de dos goles, queda el recuerdo del gol que se perdió Scocco sobre el final, lo que hubiera señalado la ventaja más justa entre el Boca timorato y defensivo, que su técnico Alfaro propone con asiduidad, y el River de buen pie, tomando riesgos y generando las mejores alternativas de gol.
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Veinte días entre la ida y la vuelta son “veinte años” en el calendario del fútbol. Sin embargo, Marcelo Gallardo volvió a demostrar por qué es el mejor técnico que tiene el fútbol argentino y por qué sus jugadores cumplen y creen ciegamente en sus conceptos y en sus decisiones.
Si el árbitro del partido hubiese actuado con la ecuanimidad que exige su función, Boca Juniors no hubiese generado por juego ninguna posibilidad de gol. El juez Sampaio condujo el encuentro al conjuro del ámbito en el que se encontraba: favoreció al local en todo cuanto pudo. Nos preguntamos si es ético que un árbitro brasileño dirija a un seguro rival de un equipo brasileño en la final de la Copa. Demasiadas tarjetas amarillas...
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Más grave aún, si el encuentro se hubiese jugado en un campo neutral habría recurrido por lo menos dos veces a la consulta con el VAR. Y lo hubiera hecho de la siguiente manera: en el gol que le anuló a Boca Juniors, primero lo hubiese convalidado, derivando la responsabilidad de la anulación a la revisión televisiva. Y la mano que reclamaron los jugadores de River en el área de Boca, en cualquier otro encuentro hubiera ameritado la misma consulta para que los jueces del VAR decidan. Pero los jueces del VAR eran argentinos y el árbitro los protegió de cualquier decisión que marca un destino.
River ganó en Núñez y consolidó en La Boca su repetida condición de finalista.
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No es un hecho menor que el líder de este grupo se sostenga como un conductor indiscutido dominando todas las circunstancias en las que debió conducir a su equipo. Cuando River tiene que ganar, gana clara y hasta contundentemente. Y cuando River debe sostener la ventaja para alcanzar el objetivo, lo logra. No fue Boca quien obligó a River a jugar de mitad de cancha hacia atrás, sino que las circunstancias obligaron a un planteo de espera y contragolpe. Para tal situación el juego enredado, la fricción, la actuación del árbitro y la ventaja pasa la hora de juego lo impusieron.
No se podrá discutir el énfasis y el esfuerzo de los jugadores de Boca, especialmente los marcadores centrales Lisandro López e Izquierdoz, el volante Almendra y el acto presencial de Tevez. Pero es muy difícil comparar la jerarquía de los jugadores de uno y otro equipo, sobre todo cuando las fichas de la ofensiva están depositadas en las subidas de Buffarini para tirar centros y en las definiciones de Wanchope Abila. Demasiado poco para un River donde defiende Pinola, conduce Nacho Fernández y deben abrochar Borré, De la Cruz o Scocco.
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Mientras Marcelo Gallardo sea el técnico de River, esa camiseta tendrá destino de inevitable protagonista de la historia.
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