El detalle táctico con el que River venció a Boca en la Copa Libertadores: amplitud para explotar carriles internos

El 4-1-4-1 de Gustavo Alfaro tenía un punto débil que el equipo de Gallardo, favorecido por conseguir un gol en los minutos iniciales, pudo usufructuar con el magistral trabajo de Nacho Fernández

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Gol de River 2 - 0 Boca

No es fácil jugar entre líneas. Necesita de dos tipos de futbolistas: el que detecta espacios y se mueve para generar un carril de pase, pero también de un jugador que apele a su visión y lectura de juego para encontrar esas latitudes en las que se pueda lanzar la pelota. Son esas las virtudes que permiten a un equipo progresar en el campo de juego con garantías, sin dividir el balón ni recurrir al duelo individual. Fue lo que le permitió a River Plate imponerse ante Boca Juniors en la Copa Libertadores. En la victoria por 2-0 con goles de Rafael Santos Borré y Nacho Fernández, el autor del segundo gol fue el gran protagonista. Su papel fue muy influyente durante gran parte del juego.

Aunque hubo unos pequeños indicios de mejora en la estructura de Alfaro, su equipo solamente pudo competir contra el de Gallardo en el primero tiempo. O quizás menos. Mantuvo un ritmo alto durante 25 minutos pero quedó expuesto ante la intensidad de un River que encontró un escenario inmejorable al ponerse 1-0 en a los siete minutos. Ese penal cobrado a costas del VAR obligó a Boca a adelantar su bloque, soltar más a sus volantes y ser menos conservador. Y al Millonario le dejó el terreno allanado para ejecutar el plan que sabe de memoria.

Poco a poco River empezó a encontrar los espacios y llevó el partido a su terreno. Todas sus líneas tocaron el instrumento correspondiente y su sinfonía se afinaba con el correr de los minutos. Por ejemplo, fue muy sólido lo de Pinola y Martínez Quarta al momento de limitar a Wanchope Ábila, o lo de Enzo Pérez recuperando pelotas y dando fluidez con su primer pase (su nivel maquilló la modesta actuación de Exequiel Palacios), pero nadie fue tan importante como Nacho Fernández.

Nacho y Nicolás De La Cruz se encargaron de lastimar posicionándose a los costados de Iván Marcone. Esos huecos en el 4-1-4-1 de Boca fueron el yacimiento petrolífero riverplatense. La amplitud de los laterales, Gonzalo Montiel y Milton Casco, liberaron espacios por dentro para que los volantes de River jueguen a placer. Desde ese punto se asociaron con Matías Suárez y Santos Borré, dos delanteros de intensidad inagotable, que se repartieron bien las zonas y se complementaron con naturalidad a diferentes alturas en el último tercio. El segundo gol llegó justamente por movimiento interior de Nacho, quien conectó con Suárez en zona de gestación y luego definió dentro del área.

Las tres jugadas que muestran el gran nivel de River

Es cierto que también para ese entonces Alfaro había modificado su esquema con el ingreso de Carlos Tévez. Quiso lastimar a espaldas de Enzo Pérez, pero su decisión quebró el bloque y dio lugar a transiciones más rápidas y peligrosas. Fue una de varias elecciones desacertadas del técnico de Boca. Puso desde el inicio a Marcone sin compañía —en el partido de la Fecha 5 de la Superliga Argentina fue doble pivote con De Rossi— y se lo vio desprotegido, a Soldano fuera de su hábitat natural, y a Bebelo aislado a la izquierda sin poder entrar en los circuitos. Su creación se basó nuevamente en el juego directo pero no funcionó.

Sobre el final, Boca acumuló delanteros con el objetivo de conseguir un gol a costas de la calidad individual. Pero no había quien les alcance el balón. Tévez, Wanchope, Mauro Zárate —quien más retrocedía a buscar la pelota— y Eduardo Salvio no tenían herramientas para desequilibrar, más allá de su talento.

En aspectos tácticos, estratégicos, y hasta en lo anímico, River volvió a ser superior a Boca. Sus engranajes emplean un mecanismo flexible, porque los jugadores interpretan un plan global pero también poseen la capacidad de detectar qué es lo mejor en cada momento. Es un equipo detallista. Y en el fútbol moderno, los detalles ganan partidos.

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