
Algo había en el aire. Por más que el estadio ubicado en las calles 60 y 118 y la gente que pobló sus tribunas hasta el máximo eran los mismos que hace una semana, en el Juan Carmelo Zerillo no reinó esa locura ciega que se había generado por la llegada de Diego Armando Maradona siete días antes, en su presentación oficial.
La gran diferencia estaba en lo que se ponía en juego: nada menos que tres puntos, esenciales para engrosar un promedio que por el momento se encuentra en el fondo de la tabla. El rival que tenía Gimnasia enfrente también llevó aún más intranquilidad a los fanáticos, un Racing que, siendo el último campeón de la Superliga, venía de conseguir su primera victoria en la temporada y necesitaba seguir por esa senda.
Fue así que desde las 9 de la mañana, hora en la que el estadio abrió sus puertas, las gradas fueron poco a poco llenándose de socios triperos, que priorizaron los nervios por su equipo por sobre la excitación de ver al Diez en su primer partido oficial como DT. Algo razonable en un fútbol tan pasional como el argentino y en el cual irse al descenso es algo tan doloroso como la pérdida de un amor.
A 15 minutos del inicio del cotejo, las 24.536 localidades estaban agotadas. No cabía un alfiler más en las populares, mientras que en las plateas varios presentes debieron observar el duelo de pie debido a la sobrepoblación de periodistas -número récord de acreditados para el estreno del ciclo de Pelusa-.

En un momento, un disparador enciende a la gente: en los altoparlantes del estadio comienza a sonar "La mano de Dios", interpretada por el cordobés Rodrigo Bueno. Todas las gargantas corearon el estribillo al unísono: "Maradó, Maradó". Con la mecha ya encendida y envalentonados por esta fiebre maradoniana, los cánticos siguieron con el clásico "el que no salta, es un inglés". Una chicana para un referente del club vecino y acérrimo rival.
La voz del estadio anunció las formaciones, la manga con forma de Lobo se infló y los alcanzapelotas ya estaban en sus lugares cuando desde un sector de la platea alguién murmuró: "Hay clima de clásico". Y así era, la ilusión de la gente se había despertado y por más que delante estuviese la Academia, el aliento se sentía como un partido frente al Pincha.
Cuando los equipos pisaron el césped comenzó la fiesta: latas de humo en los cuatro costados del campo acompañaron a los globos blancos y azules que resaltaban en las gradas. Una salida digna de un equipo que está por salir campeón y no uno que se tambalea para no caer a la segunda categoría.
Maradona salió después de los jugadores bajo una lluvia de aplausos y ovaciones. Era tan la excitación del momento que el entrenador, de 58 años, participó de la tradicional foto del equipo.

El árbitro Diego Abal hizo sonar su silbato y la pelota comenzó a rodar. Los primeros minutos del nuevo equipo de Maradona fueron intensos y en los que hasta dominó al elenco de Eduardo Coudet. La gente aportó su granito de arena al mostrar apoyo constante pese a que algunas terminaciones en las jugadas no eran de su agrado.
El primer tiempo culminaría con un marcador en contra del dueño de casa después de un error del arquero Alexis Martín Arias en un centro cabeceado por Diego González. Sin embargo, el público no desesperó, un tanto esperanzado con la actitud de sus jugadores y lo que podría venir en el complemento.
En los segundos 45 volvió a reinar entre los hinchas esa angustia de ir perdiendo y ver cómo el promedio sigue disminuyendo. El empate del Matías García trajo un poco de optimismo, pero duró lo mismo que el 1-1 ya que 120 segundos después Matías Zaracho volvió a poner en ventaja al club de Avellaneda.
El malestar entre los hinchas crecía con el pasar de los minutos. El ingreso de Claudio Paul Spinelli, uno de los más resistidos por la tribuna, no ayudó pese a que con él en el campo el Lobo se mostró un poco más activo en ataque. El colmo fue la última chance para el local, que, después de una estupenda jugada de Spinelli, el Caco García no logró definir con precisión a metros del arco y así dilapidó el agónico empate.

El estreno de Maradona fue agridulce, con un vaivén del público entre el fervor por la presencia del Dios pagano y el sufrimiento por el presente de su equipo. Así y todo, la gente reconoció un cambio, vio impronta y hasta despidió a los jugadores y el cuerpo técnico con aplausos antes de que se metan al vestuario. No obstante, el hincha de Gimnasia se retiró sabiendo que la necesidad de ganar cada vez se hace más imperiosa y que hará falta algo más que la ayuda del campeón del mundo de 1986 para salir a flote.
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