
Grande. Enorme. Así es el Wanda Metropolitano que en sus 18 meses de vida por primera vez tuvo tan poco público en un partido internacional. Escenario de Liga, Champions, Europa League, por lo general con entradas agotadas. Pero esta vez es distinto. Diferente. Vino Messi. Volvió el mejor jugador del mundo a jugar con Argentina. Ni así. De las 68 mil butacas, apenas 20 mil están ocupadas. Muy poco para este regreso del 10 argentino.
Fue escaso el movimiento que se vio en la semana en la puerta de la concentración de la Selección en el hotel Eurostar Tower. Los curiosos faltaron. Apenas sí pasaban diez personas por día para jugarse a ver a varios metros de distancia a muchos que de cara desconocen.
Una tribuna del moderno estadio del Atlético de Madrid, la que está por encima del palco de prensa, ni siquiera fue habilitada. Alguno pensará que tan poca gente es por el precio de las entradas. No, nada de eso. Se vendieron tickets de bajo costo para lo que habitualmente se paga en España: 15 a 20 euros (de 700 a 950 pesos). Este valor finalmente fue aprovechado por los venezolanos que en Madrid tienen una colonia de mayor número que la argentina.

Los venezolanos y sus bandera son mayoría, se los ve en tres costados del estadio. Los argentinos se ubicaron solo en el fondo sur, la tribuna que habitualmente utilizan los ultras del Atlético. No son más de 5000 los compatriotas que acomodaron sus "trapos", aunque en mayor medida de identificación con sus clubes y no tanto con el país. De River, de Central, de Newell's, de Ferro. Una muestra que la pertenencia pasa por el amor a los colores y supera a lo que representa esta Selección.
Este equipo argentino no convoca. Hace exactamente un año, por lo menos 25 mil argentinos se trasladaron desde distintos puntos de la Península y de Europa, para presenciar aquella derrota por goleada ante el local por 6 a 1 en este mismo estadio. La efervescencia que produce un Mundial motivaba a esos compatriotas que querían ver a la Selección que estaba por ir Rusia. Pero no, esta vez es distinto. No hay encanto. No hay pasión por este grupo. Ni con Messi en cancha. Y eso llama la atención.
Los de la "Vinotinto" son más, gritan más, están enfervorizados. Saltan hasta cuando ataca Argentina, en las pocas veces que el equipo de Scaloni fue ofensivo. Messi levanta al público a los 30 con el centro a Lautaro que el ex Racing logró impactar con una palomita. 7 minutos más tarde, Leo dispara al arco, saca Fariñez y los venezolanos también festejan, saltan. Animan en la fresca noche madrileña.

Lejos, muy lejos, quedó el color, la alegría, la ilusión de los argentinos que fueron a Rusia. Esos que todavía están pagando en cuotas sus costosos pasajes, hoy quizás no pondrían ni un dólar por ver a esta Argentina.
Los venezolanos festejaron como pocas veces en un partido de fútbol. Este equipo de Dudamel consiguió algo histórico y estremeció a aquellos que emigraron y sufren a miles de kilómetros la situación de su país.
Esta noche, en la que se considera la capital del fútbol mundial, en uno de los estadios más impactantes del mundo, próxima sede de la gran final de la Champions League, el 1 de junio, Messi jugó probablemente con la menor cantidad de público que alguna vez haya actuado. Claro no es el Barcelona y con la Argentina, todo es distinto. Ni triunfo, ni satisfacción, ni apoyo. Y eso apena.
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