Vivir en la isla: historias a la orilla del río Paraná en tiempos de coronavirus

Muchos decidieron quedarse ahí hasta que pase la pandemia y otros se establecieron desde hace años. Retratos de una realidad entre canoas, peces y nutrias.

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Mauricio y su hija Alma juegan un rato hasta que caiga el sol. Foto: Fernando Calzada.

Vivir en una isla no es para todos. Mucho más cuando no se trata de un espacio paradisíaco ni rodeado de arenas blancas. Entre Buenos Aires y Entre Ríos, a ambas orillas del Paraná, existen varios de estos terrenos llenos de barro y juncos, donde conviven varias familias, que, ya sea por una situación económica asfixiante, por la pandemia o por la combinación de ambas, tomaron la decisión de refugiarse del virus a varios kilómetros de la ciudad y pasan los días “con lo puesto”.

“Esto de la pandemia nos perjudicó a todos. Mucha gente se quedó sin trabajo y, decime, ¿cómo hacés para alimentar a una familia? A veces, escucho a algunos decir ‘no salgan a trabajar’ pero ¿cómo hacés para tener un plato de comida en la mesa?”. La que habla es Ana Clara Vázquez, esposa de Mauricio Soto y madre de Alma y de Tobías. Ana entiende la situación, pero sabe que no tiene mucho margen para maniobrar y dice que, cuando se desató todo, no dudó ni un segundo en irse junto a su cuñado y su suegra a la humilde casa que construyó junto a su marido en una isla a la vera del kilómetro 294, en la “Boca del Tordillo”, San Pedro.

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Mauricio cuenta que nunca había pasado tanto tiempo ahí y que, a pesar de que conoce el lugar desde chico, la vida no se parece en nada a la de la ciudad. “Esto es otro mundo. Allá, tenés televisión e internet y cuando venís acá (mira a sus hijos, se sonríe)... es otro mundo. Los pibes se querían morir, nosotros felices, pero ellos no. Acá necesitás dos cosas para no tener ese problema: buena suerte para encontrar señal y una billetera bastante grande poder cargar con crédito el teléfono”, comenta.

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Los Soto se refugiaron en la isla cuando el coronavirus llegó al país: sin trabajo estable, fue su mejor opción. Foto: Fernando Calzada.

Mientras la pantalla del celular marca “Sin servicio”, el matrimonio menciona que es difícil estar con niños en la isla “por si llega a pasar algo”, pero explican que casi no tenían alternativa. Sin trabajo fijo desde hace tres años y con todo tipo de changas imposibilitadas de realizar por la tragedia sanitaria, enfermarse no era una opción, y la isla –con todo lo que implicaba– se mostraba como la mejor salida: “Uno piensa que acá el virus no va a llegar y estamos tranquilos. Cuando salieron las noticias, nos ganó el miedo y nos trajimos lo puesto. Pero acá estamos, sobreviviendo”, suelta Ana.

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Alma y Tobías aparecen en la escena correteando, los dos tienen el pelo mojado, sus respectivos bucitos puestos y aprovechan que el sol está a pleno. Ana y Mauricio coinciden en que el frío es de lo más duro en la isla. “Cuando terminás de almorzar, esperas un ratito, aprovechás el solcito y te bañás, porque después se pone más bravo”, comentan casi al unísono y con una sonrisa.

Grande, pa

Juan Eduardo Silva es un hombre de pocas palabras. Alrededor de él, hay cinco “gurises” que no se le despegan. Juan es el padre de los cinco y está separado, dice que la situación es complicada por momentos, pero que le dan una mano con las tareas de la casa y que lo ayudan con todo lo que pueden.

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Juan Eduardo y sus hijos viven en la isla desde siempre. Sostiene que una canoa, herramientas para pescar y cazar, y ganas de trabajar son suficientes para establecerse ahí. Foto: Fernando Calzada.

Ir a la ciudad por provisiones es una actividad que toca de vez en cuando y que, con todo el tema de tragedia sanitaria, la esquivan hasta que ya no se puede evitar más. La mayor parte de los días pasan entre una canoa modesta y la pesca. Cuando se lo consulta sobre la bravura del Paraná, hace una mueca y suelta un “cuando hay viento, se pone picante”; ante la repregunta sobre si alguna vez sintió miedo responde, contundente: “No, nunca”.

Cuenta que, dentro de poco, será tiempo de mudar la casa de dos plantas un poco más abajo. “El agua está comiendo mucho la costa y, si viene una crecida, la podemos pasar mal”, argumenta.

-¿Cuánto tiempo te lleva mudar la casa?

-Tardo un día para desarmarla, otro para trasladarla y otro para volverla a armar.

-Y mientras tanto, ¿dónde duermen?

-Tenemos una carpa grande y, bueno, nos sacrificamos un par de noches ahí.

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Las casas a la orilla del río son bastante precarias y las comodidades no abundan. Foto: Fernando Calzada.

A pesar de tener una vida casi de tiempo completo como isleño, confiesa que el coronavirus le complicó la cotidianidad. “Desde acá se ve la Escuela (la n.º 27), pero los chicos no pueden ir por todo lo que está pasando, ¿vio? Entonces, les traen las tareas a casa y acá las tratamos de hacer”, afirma.

Los chicos lo siguen a todos lados y él se encarga de preguntar (con mucho disimulo) si ya todos tomaron su mate cocido y comieron un pedacito de pan. Está contento porque el río le regaló algo para poner en la mesa y sabe que eso no es poco por estos días; en invierno, los peces no abundan por el río y son más las veces que se vuelve con manos vacías que las que se trae algo.

“Cuando uno sale a pescar, se tiene que levantar bien temprano (a eso de las seis de la mañana) y a eso de las siete se sale al río. Como a esa hora, en esta época del año, hace mucho frío, hay que paliar el frío tomando mates con unos pancitos, o unas tortas fritas. A las dos horas, uno se da cuenta de si es un día bueno o malo para el pique”, menciona y, por su gesto, se sabe que hoy fue una de esas mañanas buenas para él y los suyos.

De camionero a pescador

Varios kilómetros más adelante de donde vive Juan Eduardo, está Silvio Cáceres. El hombre vive con la familia de su hermano en una isla ubicada más cerca de Baradero que de San Pedro, aunque, por estos lados, los límites son bastante más borrosos que en la ciudad. Silvio cuenta que lleva un mes como huésped y avisa que su hermano y su mujer no están en casa porque se fueron a llevar a su hija al médico.

-¿Dudaste antes de venir a la isla?

-No lo dudé ni un segundo, porque en este lugar quedás aislado de todo. Hace 27 años que soy camionero y, cuando arrancó la pandemia, me comí cada garrón. Salía con la mercadería y, cuando llegaba a la segunda ciudad, no me dejaban entrar; les decía “loco, llevo alimentos”, pero no me dejaban pasar, mi jefe me tiraba la bronca, y para mí, todo era un quilombo, renegaba mucho. Hasta que un día le dije al dueño del camión “No trabajo más”, me estaba haciendo mala sangre por algo que no había generado y corriendo el riesgo de enfermarme.

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Cuando pase la pandemia, Silvio pretende volver a subirse a su camión e irse a vivir a Puerto Madryn. Foto: Fernando Calzada.

-¿Qué es lo más duro de la vida acá?

-Es que, si llega a pasar un accidente jodido, no tenés nada cerca. Esta es una zona de mucha yarará y acá está muy complicado todo porque no tenés nada cerca. A nosotros nos tocó que hace un mes falleció un hermano en la ciudad, y nosotros estábamos acá. En lo personal, detesto los velorios y hago mi duelo yo solo. No quería ver cómo lo enterraban y, a pesar de todo el dolor, la mastico así y lo recuerdo como que jodimos, nos reímos y nos divertimos, pero ya pasó. Me quedé acá, no volví, pero lo recuerdo todos los días. Con mi hermano, con el que vive acá, nos abrazamos y listo.

Silvio tiene el rostro curtido; entre la mezcla de sensaciones por todo lo que la pandemia trajo aparejada, explica que ahora pasa sus días pescando con redes y saliendo a cazar nutrias. “Solo lo que se come”, agrega, orgulloso: “Hay que cuidar a los animales, no se los puede matar indiscriminadamente”.

-Cuando pase todo, ¿te vas a instalar acá o vas a volver a subirte al camión?

-Cuando vuelva todo a la normalidad, creo que me voy a vivir a Puerto Madryn. Esto es muy lindo, pero me gustaría volver y llegar a Puerto Madryn; quiero vivir de nuevo en la civilización. Todo está en stand-by por la pandemia, pero espero poder volver dentro de poco.

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