La bandera argentina es un símbolo nacional. Desde su primer izamiento en 1812, nos acompaña en celebraciones patrias, batallas históricas, hitos cívicos y hasta en eventos deportivos. Sin embargo, existen un grupo de insignias diferentes a todas las conocemos, que guardan hazañas en cada uno de sus pliegues y que solo algunos hombres pueden contar: en esta nota, viven algunas de las historias detrás de las banderas que volvieron de Malvinas, aquellas que lograron no ser rendidas ante los ingleses.
LA HISTORIA DE LA BANDERA QUE SE HIZÓ EN LA “OPERACIÓN ROSARIO”
La historia del teniente coronel retirado y veterano de la Guerra de Malvinas Abel Aguiar es clave para entender esto. Abel no fue uno de los que trajo de regreso un estandarte al continente; sin embargo, fue testigo de su izamiento en las islas en el marco de la Operación Rosario, la operación mediante la que se realizó el histórico desembarco en Malvinas.
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En 1982, Aguiar era un joven subteniente y abanderado del Regimiento de Infantería 25, ubicado en Colonia Sarmiento, provincia de Chubut, por lo que también fue testigo de la jura que realizaron los soldados clase 63, un hecho que, a la luz de la historia, tomó una dimensión especial.

“En la jura, los soldados forman solos y se comprometen a defenderla hasta perder la vida”, relata Aguiar, mientras recuerda que nunca imaginó en aquel entonces que muchos de esos soldados morirían en cumplimiento de aquel juramento. Y agrega: “Me vinieron a buscar para llevarme a la casa del gobernador, que era donde se iba a realizar la ceremonia oficial de izamiento. Cuando se estaba por hacer, se trabó la driza del mástil, y el entonces subteniente Oscar Roberto Reyes se tuvo que trepar para solucionarlo. Tenía 21 años y sabía que estaba viviendo algo único, pero pensamos que iba a ser permanente. Jamás íbamos a imaginar lo que ocurrió después”.
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Abel cuenta y detalla que mantuvo consigo la bandera de la Unidad hasta después del 1º de mayo. Luego del bombardeo, decidieron trasladarla junto al jefe del Regimiento. “La bandera no podía caer en manos del enemigo, pero tampoco teníamos previsto perder”, responde el oficial, oriundo de Tucumán.
PROTEGER LA BANDERA CON LA VIDA
Colonia Sarmiento tuvo y tiene entre sus habitantes a otro hombre con una gran historia para contar. En tiempos de la guerra, el hoy coronel mayor retirado Leandro “Villy” Villegas formaba parte de la Compañía de Ingenieros 9. Con 21 años recién cumplidos, “Villy” también fue parte de la Operación Rosario. El destino de Villegas lo llevó, primero, a permanecer un tiempo en Puerto Argentino y, luego, recaló en Bahía Fox junto a los suyos.
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“Los abanderados son los oficiales más jóvenes de una unidad. Yo era el subteniente más moderno, así que, durante la guerra, la insignia siempre la tuve yo”, explica el hombre que también presenció la jura de los soldados de la unidad en Malvinas.
El tiempo pasó y el momento de la rendición se acercaba. En las horas previas al momento final, “Villy” recibió la orden por parte de su superior de destruir la bandera para no entregarla a quienes habían sido sus enemigos en el conflicto. En ese momento, él y un compañero debían encargarse de la dura y dolorosa tarea.
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Primero quemaron el moño, luego el asta y los hierros, pero al momento de quemar la enseña, una idea brotó desde lo más profundo de su interior: “Se me ocurrió proponerle al mayor que podía llevarla. Me dijo que hiciera lo que tuviera que hacer. Así que, cuando empezó el proceso de rendición, arriba de la ropa interior, me la coloqué como chiripá”, comenta.
Villegas hace memoria y dice que, a pesar de que los palparon tres veces, los ingleses no notaron nada, pero que cuando fueron embarcados en el Northland sus nervios salieron a flote por lo exhaustivo de los controles. “Miré a mi jefe de Compañía y se dio cuenta de que yo estaba inquieto, así que se paró frente a mí y me ordenó: ‘Subteniente, entrégueme la bandera’. La tomó, se la entregó a un mayor inglés y le dijo ‘se la entrego como su responsabilidad’. El británico le respondió como un caballero y expresó que esa bandera tendría un lugar destacado y que nos la volverían a entregar”.
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Una vez de regreso, el coronel mayor continuó usándola en los desfiles: “Siento el gran orgullo de haber podido participar y ser parte de la reconquista. Valoro la decisión de los ciudadanos que se pusieron a disposición de la Patria. Los soldados, principalmente, se plantaron ahí y les hicieron frente a los bombardeos. La sociedad argentina debe ser merecedora del sacrificio póstumo de nuestros héroes”.
UNA ÚLTIMA MISIÓN: TRAER LA BANDERA A CASA
El protagonista de esta historia empezó a ser el protagonista de ella en Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut. Ahí, en el Regimiento de Infantería 8, el entonces teniente primero Marcelo Gustavo Giglio era, con 29 años, el oficial logístico de la unidad. Giglio era uno de los pocos que tenía conocimiento de la Operación Rosario y recuerda que cuando se produjo el desembarco, fue comunicarle a sus compañeros la noticia con una profunda emoción. Cuatro días más tarde, Giglio y su regimiento cruzaron a las islas y ocuparon posición en Bahía Fox hasta el día de la rendición.
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“La guerra es terrible, se ve lo mejor y lo peor del ser humano. Uno va a Malvinas por la Patria, pero cuando estás ahí, no te digo que te olvidas de eso, pero la prioridad es tu compañero”, confiesa el veterano, mientras recuerda que, por aquellos días, le pidió a su esposa que se trasladase con sus cuatro hijos a Buenos Aires, porque Comodoro estaba muy cerca de la guerra y, al tener una pista de aterrizaje, era considerada un objetivo. Para el final, y con la guerra a punto de concluir, Giglio tuvo una última misión: traer la bandera de su regimiento de regreso a casa.
“La bandera de guerra de un regimiento es con la que desfila con el abanderado. Es el bien más preciado de la unidad, ya sea argentina, inglesa, o francesa. Lleva todas las condecoraciones y no debería ser tocada por ningún enemigo”, afirma y sostiene que traerla fue un orgullo. Tras el cese del fuego, le dieron la orden de regresarla con la condición de que nadie debía saber que él tenía esa responsabilidad. “La bandera es gigantesca. Entonces, me di cuenta de que no podía hacerlo yo solo. Llamé al teniente primero Hernán Vecchietti, al teniente primero Rafael Barreiro, al sargento Carlos Montivero y al sargento ayudante Mario Ceballos. Les dije que me hacía cargo de ella, pero que debíamos repartirnos el resto de sus partes”, confiesa.
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Giglio descosió su campera y los paños, de manera tal que pudiera colocarlos en el interior del abrigo: “Yo solo sé coser con la puntada ‘chorizo’. ¡Cualquiera se daba cuenta de que la campera había sido abierta! Así que fui a ver al sastre. Él se reía, mientras me decía que se iba a encargar”. Al momento de embarcar, el oficial del 8 ya tenía su campera lista. Los llevaron al buque Northland, donde debían pasar por una exhaustiva requisa, pero Giglio no solo llevaba esa bandera, sino que, entre la ropa sucia, había escondido la que había flameado en el mástil de la posición. El militar inglés dejó pasar la bolsa con las prendas y, cuando estaba por revisar el abrigo, Giglio logró distraerlo con un atado de cigarrillos.
Finalmente, ya en Madryn, pasó por un quiosco: compró un sándwich, hilo y aguja. En el trayecto, se dedicó a armar el pabellón. Cuando llegaron a la unidad –donde los esperaban los familiares–, Giglio exhibió la bandera, que hoy se encuentra en el museo de la unidad.
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