Totoro volvió a los cines argentinos este jueves 20, 38 años después de que Hayao Miyazaki imaginara a ese espíritu del bosque de ojos redondos y panza generosa que dos niñas conocen bajo la lluvia. El reestreno llega de la mano del ciclo Mundo Ghibli, que lleva las películas del fantástico (en más de un estudio) estudio japonés de animación a salas de todo el país en el marco del mes de las infancias, y ofrece a quienes lo vieron de chicos la posibilidad de verlo de nuevo junto a sus hijos.
La película se estrenó en Japón el 16 de abril de 1988 y, en su momento, no tuvo gran repercusión. Miyazaki había dirigido una historia sin golpes de efecto: dos niñas, Satsuki y Mei, que se mudan al campo para estar cerca de su madre hospitalizada y descubren que el bosque que rodea su nueva casa está habitado por criaturas invisibles para los adultos. “No tiene villanos, no tiene peleas, no tiene adultos malvados, no tiene monstruos aterradores”, resumió años después el crítico Roger Ebert, quien vio en la película una imagen del mundo tal como debería ser.
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Ese fracaso inicial tuvo una consecuencia improbable. Para sostener al estudio, Ghibli apostó por la comercialización de peluches de Totoro, y la apuesta resultó un acierto que evitó la quiebra. Las ventas se dispararon, el personaje se instaló en la vida cotidiana de familias japonesas, y el estudio terminó adoptando su silueta como logo corporativo: la figura azul oscura que hoy aparece al inicio de cada película de Ghibli —desde La princesa Mononoke hasta El viaje de Chihiro— es la de ese espíritu del bosque que en 1988 pasó casi desapercibido.
La historia de Satsuki y Mei tiene un trasfondo autobiográfico que Miyazaki nunca ocultó del todo. La madre enferma de las niñas —en la novelización de la película se especifica que padece tuberculosis— refleja la propia experiencia del director, cuya madre estuvo largos períodos hospitalizada durante su infancia en el campo. El padre de las niñas, el señor Kusakabe, comparte rasgos con Kazuo Miyazaki, el padre del director, que trabajó como ingeniero aeronáutico. Esta conexión biográfica confiere a la película una dimensión íntima que trasciende la mera ficción animada, y que los espectadores adultos suelen percibir con una claridad que los niños todavía no tienen.
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La película se sitúa en el Japón rural de los años cincuenta, apenas terminada la guerra, antes del “milagro económico” y la urbanización masiva, en un paisaje de campos cultivados, caminos de tierra y bosques densos que los japoneses llaman satoyama: ese borde entre sociedad y naturaleza donde los humanos vivían en relativa armonía con el entorno. Con maestría y sensibilidad, Miyazaki imaginó un tiempo “más simple”, sin televisión, en el que los seres humanos reconocían la presencia de fuerzas espirituales en los árboles, los ríos y los caminos. Totoro, leído desde la tradición shintoísta, es una manifestación de un kami, uno de esos espíritus que habitan los elementos del mundo natural, y vive en el interior de un árbol de alcanfor antiguo al que las niñas llegan por exploración propia.

Esa lógica —la de que los niños están más cerca del mundo espiritual que los adultos— tiene raíces en el folclore japonés. Según un dicho tradicional, hasta los siete años los niños “están en el dominio de los dioses”. En la película, la primera en ver a Totoro es Mei, la hermana menor, que tiene menos de cuatro años; Satsuki tarda más, y el padre nunca llega a verlo directamente. Los adultos no niegan la experiencia de las niñas: escuchan, preguntan, se interesan. Esa actitud de respeto hacia la imaginación infantil es uno de los rasgos que más han destacado los críticos a lo largo de las décadas, y uno de los motivos por los que la película sigue siendo pertinente para familias de culturas muy distintas.
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El equipo de animación de Ghibli observó de manera sistemática a niñas reales que pasaban frente a las ventanas del estudio para lograr una representación verosímil de sus movimientos y expresiones. El resultado son personajes que ríen, gritan, se enfadan, imaginan y sienten miedo de manera compleja: Mei ruge, llora y hace berrinches; Satsuki combina responsabilidades domésticas con momentos de juego y vulnerabilidad. Ninguna de las dos encaja en el estereotipo de niña idealizada del cine infantil de la época.
El reestreno en Argentina se produce en un momento en que el ciclo Studio Ghibli Fest consolida su presencia en salas de todo el mundo. En Estados Unidos, ocho películas del ciclo recaudaron 10,6 millones de dólares en 2025, y las funciones de Mi vecino Totoro y Ponyo en la edición siguiente tuvieron gran afluencia de público durante cinco días consecutivos. Crónicas de esas funciones describen escenas que se repiten sala tras sala: una niña de tres años que grita emocionada al ver el logo de Totoro antes de que empiece la película, mientras su abuela, sentada al lado, revive su propia experiencia con la obra décadas atrás.
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Esa cadena de transmisión afectiva entre generaciones es quizás el rasgo más singular de la película entre los grandes clásicos de la animación. Padres que la vieron en VHS en los noventa la presentan hoy a sus hijos como se presenta un libro favorito o una canción de la infancia. Abuelos que la conocieron en sus versiones dobladas la reconocen en la silueta del peluche que sus nietos llevan a la escuela. En Asia, algunos artículos la describen como una figura que en ciertos contextos se conoce más que Mickey Mouse, lo que habla de la profundidad con que se instaló en el imaginario de la región.
La distribución internacional de la película siguió un camino lento. En Estados Unidos no tuvo estreno cinematográfico amplio, pero llegó en formato VHS en 1993 y en DVD en 2006, apoyada por acuerdos con Walt Disney Studios. A partir de 2013, la distribución pasó a GKIDS, empresa independiente especializada en animación, que consolidó la presencia de Ghibli en festivales y ciclos especiales. Fue ese recorrido doméstico y de boca en boca el que convirtió a Mi vecino Totoro en título de culto, reconocido por críticos como una obra tan arraigada en Japón como Winnie the Pooh en el mundo anglosajón.
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Miyazaki construyó el universo de la película sobre la ausencia deliberada de conflicto convencional. La tensión existe —la madre está enferma, Mei se pierde en un momento de la trama—, pero no se articula como enfrentamiento entre fuerzas del bien y del mal. La estructura se apoya en episodios de exploración: el descubrimiento de la casa, el encuentro con las esferas de hollín llamadas susuwatari, las visitas al árbol de Totoro, las escenas de plantación de semillas bajo la lluvia. Esa apuesta por ritmos contemplativos es lo que lleva a muchos espectadores adultos a describir la experiencia de ver la película como un regreso a algo que creían olvidado: la sensación de que el mundo, mirado con los ojos correctos, todavía puede deparar maravillas.
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