
El jueves pasado, Gloria Rodrigué fue distinguida como editora del año durante el cierre de las jornadas profesionales de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, un reconocimiento otorgado por libreros que destacan su aporte al sector editorial. Hoy lunes, su trayectoria volverá a ser celebrada al recibir el premio a la trayectoria de parte del Fondo Nacional de las Artes, en el marco del mismo evento.
La doble distinción marca una semana significativa para Rodrigué, quien suma nuevos reconocimientos a una carrera marcada por la pasión por los libros –en 2025 fue distinguida con el Premio Pregonero de Honor durante la Feria del Libro Infantil y Juvenil.
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Nacida en una familia ligada al libro, Rodrigué comenzó su camino en el mundo editorial bajo la influencia de su abuelo y de reconocidos editores. Desde sus primeros pasos, eligió la edición como vocación, impulsada por la pasión por la lectura y el deseo de participar en cada etapa del proceso creativo. Con una carrera que abarca más de cincuenta años, transitó por grandes casas como Sudamericana -ligada históricamente a su familia- y Random House, y actualmente dirige las editoriales Edhasa y La Brujita de Papel, dedicada tanto a la literatura general como a la infantil. Su labor, reconocida por distintas generaciones, se caracteriza por la dedicación y el compromiso con los autores, ilustradores y libreros.
Infobae Cultura entrevistó a Gloria Rodrigué para conversar sobre su trayectoria, sus inicios en el mundo editorial y los reconocimientos recientes que celebran su dedicación al libro y la lectura.
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—Bueno, antes que nada, felicitaciones.
—Bueno, muchas gracias. Muchas gracias. Fue muy lindo.
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—Sobre todo teniendo en cuenta que, tengo entendido, fue un reconocimiento de parte de los libreros, ¿no?
—Por supuesto. Por eso me gustó mucho, la verdad. Estuvo muy lindo por eso, porque vino de parte de ellos, que son una parte recontraimportante. Nosotros tenemos muy buena relación, a mí siempre me gustó ir a las librerías, recorrer, hablar con los libreros, porque en definitiva son los que venden tus libros, ¿no es cierto?
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—Ha cambiado el panorama, sobre todo pospandemia. Han surgido librerías online, y ahora, con la coyuntura actual, también van cerrando otras.
—Sí, es complicado. A pesar de eso, a mí me asombra la cantidad de librerías que se han abierto y que la mayoría sigue a pesar de todo. En Buenos Aires y en las provincias, también. En Córdoba también hay librerías preciosas.
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—Hoy recibe otro reconocimiento.
—Sí, sí, sí. Me agotaron estos días. Hoy es del Fondo Nacional de las Artes.
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—A la trayectoria.
—Exacto, a la trayectoria. Así es. A la vida.
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—Bueno, sobre eso. ¿Qué significa llevar tanto tiempo en un sector que fundamentalmente da alegrías, pero que como vemos hoy puede tener sus complicaciones? ¿Se deja de editar en algún momento de la vida?
—Me parece que no. Significa, una pasión por lo que uno hace. Haber encontrado cuál es la vocación y haber podido seguir, creciendo, aprendiendo, compartiendo, compartiendo con autores, con ilustradores, con traductores, en fin, con todo el mundo del libro, con los libreros, por supuesto. Yo digo: “nunca hay un día igual al otro”. Nunca se sabe lo que va a pasar. Cuando uno cree que un libro va a andar, no funciona, y el que ni pensaba, funciona. No hay muchos parámetros. Uno trata con personas, con ideas. No sé, a mí me, me apasiona y me apasionó siempre, la verdad.
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—Y pensando un poco en eso, ¿hubo trabas, ¿no? Coyunturales. Hoy, por ejemplo, con las nuevas tecnologías, como puede ser la inteligencia artificial o con situaciones como pueden ser las teorías de la cancelación. ¿Qué trabas, durante estos cincuenta años, usted vivió y pudo sortear?
—Creo que las trabas más importantes que se sortearon en nuestro país son las económicas. Los vaivenes, las idas y vueltas. Trabas que te ponían los distintos gobiernos para importar, para exportar, que no podía venir el papel, que hay que pagar en dólares y no podés pagar.... La inflación. Justo en una charla, contaba, que en la época de la hiperinflación, que prácticamente no podíamos vender porque todos los días iba subiendo el papel, un insumo importado. Entonces, tenías que cambiar los precios de los libros todos los días. Y realmente es una cosa imposible, porque uno tendría que estar haciendo un catálogo todos los días para mandar a las librerías. Fue tan tremendo que se inventó, entre cuatro editoriales de Argentina que nos juntamos, un sistema que se llamaba, el UL, que era la “unidad libro”.
—¿Cómo era?
—Nosotros marcábamos los libros en vez de con el precio, con una unidad libro que se había calculado con base en unos cálculos económicos de lo que costaba hacer un libro de tantas páginas, de tanta tirada, etcétera, etcétera, un promedio. Y entonces, de acuerdo con eso, le poníamos el precio en ules a los libros. Y ese precio, el UL, todos los días aparecía, como si fuera la cotización del dólar. Todos los días iba cambiando. Entonces, los libreros todos los días miraban en el diario cuál era la cotización del UL y sabían: “este libro vale cinco ules”. Bueno, cinco ules por veinticinco, por decirte algo, y sabían cuál era el precio del libro. Al día siguiente no costaba veinticinco, costaba 25,30, y al otro día 25,60. Y así iban marcando los libros, porque si no, todos los días hubiéramos tenido que hacer un catálogo. Era una locura, imposible. O sea, la imaginación de los editores fue grande para lograr eso, y durante bastante tiempo funcionó ese sistema de comercialización. Los libreros nos pagaban en ules, y hubo muchos libreros que ahorraban en ules. Nos pagaban de más, ules de más. En vez de comprar dólares, compraban ules, porque total era la mercadería que ellos necesitaban. Y después iban, iban pidiendo con ese margen que tenían a favor. Funcionó bastante tiempo.
—¿Y eso cuándo finalizó?
—Cuando se tranquilizó la hiperinflación y se logró una cierta estabilidad, ya no hizo falta seguir.
—Yo le mencionaba también, recién, el tema de la cancelación y las nuevas tecnologías. ¿Qué futuro imagina para los libros?
—¡Qué cosa! Bueno, dijeron muchas veces que nos íbamos a quedar sin libros..., que el libro digital, que íbamos a leer en aparatos, etcétera, etcétera. Es verdad que hoy en día mucha gente lee de esa forma, pero el libro por ahora sigue, sigue vivito y coleando. Si usted va a la Feria, se va a encontrar con cualquier cantidad de gente joven comprando unos libros gordísimos de fantasy, de ciencia ficción, etcétera. Y la gente sigue leyendo en papel. Es mucho más descansado leer en papel que leer en aparatos. Más cuando uno está todo el día con el teléfono, con la computadora. Leer es un entretenimiento, un placer. También es para estudiar. Yo creo que por eso el libro para mí se va a mantener.
—Sí, yo apuntaba más a algo que es más complicado, por lo menos para los autores, y para los editores, ¿cómo descubrir que una escritura es genuina?
—Que no está hecha con inteligencia artificial.
—Exactamente.
—No sé, va a ser muy difícil. Estamos en un momento bisagra. Habrá que leer con mucha atención. Algunas veces no nos vamos a dar cuenta y otras, sí. No sé qué va a pasar. Realmente es futurología, y es difícil de predecir, realmente. Es difícil porque la verdad que esta inteligencia artificial está haciendo unas cosas increíbles. Supongo que van a empezar a haber barreras en las cuales no se puede usar todo. Pero es muy difícil de controlar. Es muy difícil. Así que la verdad que no veo mucha solución para eso. Nos gana la inteligencia artificial.
—Igual imagino que una persona con su experiencia, y que ha descubierto autores, y debe tener agudizado el ojo...
— Por supuesto que sí, hay algunos que será más fácil de descubrir que otros, pero de todas formas, habrá que ver la perfección de eso, ¿no es cierto?
—¿Hay alguna anécdota que la haya marcado fundamentalmente en su vida como editora? Ya sea por la conexión con cierta obra, con cierto autor, un viaje, algo que tenga que ver, dentro de su carrera como editora, que sea algo inolvidable, un hito?
—Anécdotas con autores tengo muchas, divertidas, entrañables, también. Pero, no que diga que me haya cambiado algo. Porque uno cuando vive en este mundo, y conoce a los autores, está abierto a que pasen cosas distintas. Porque en realidad son gente pensante, original, diferente, escriben, están encerrados y a veces uno cree que son de una manera y después resulta que no, que son de otra; y que hacen todo bien y que no tienen miedos y que no tienen angustias. Y en realidad sí nos pasa.
-¿Un ejemplo?
-Cuando nosotros publicábamos a Osvaldo Soriano, a mí me impresionaba mucho porque durante el primer mes que sacaba un libro nuevo, él estaba tan angustiado de ver si el libro iba a funcionar, si iba a vender, si a la gente le iba a gustar, que no podías ni hablar con él. Era una cosa tremenda. No le podías preguntar nada porque te contestaba mal y te salía con un domingo siete. Y era por la angustia que tenía. Hasta que vos le decías: “Mirá, Osvaldo, el libro se está vendiendo muy bien, está funcionando, quedate tranquilo”. Y eso pasaba. Cosas así que uno descubre de los autores cuando los va tratando, y te da mucha pena y mucha ternura, ¿no? De pensar que tienen que pasar por esa prueba cada vez que sacan un libro nuevo, por ejemplo. Y que cada libro es distinto del otro. A lo mejor tuviste un éxito fantástico con uno y con el siguiente no pasó nada. O publicaste no sé cuántos libros que no andaban, y un día tuviste la suerte de pegarla con un tema. Eso es tan azaroso, es sorprendente.

—¿Cómo fue la transición desde una casa como Sudamericana hasta la actualidad?
—No me resultó difícil porque en la editorial más chica uno participa de muchas partes del libro: desde la selección, de a qué colección va. Empuja la venta, se ocupa de la tapa, de la promoción, en fin, hace un poco de todo. En una editorial grande, está mucho más compartimentado. Uno se dedica a una parte más específica. O a contratar el libro y después el resto lo hacen otros. A mí me gusta más el trabajo más artesanal, donde uno participa más de todos los procesos del libro. Me parece más creativo, más interesante, y además es más fácil cuando uno publica menos libros que cuando tienes que publicar, por ejemplo en una multinacional, como me tocó a mí en Random, a lo mejor había que hacer sesenta libros por mes.
—Claro.
—Uno, la verdad, es que casi pierde el contacto con el libro. Hay tantas partes que intervienen que uno se va alejando del libro, de la creación, de la relación. Prefiero la cosa más, más pequeña, más personal, el cuidado y el seguimiento del libro en todas sus etapas. Pero esos son gustos.
—Usted viene de una familia de editores [N. de la R.: su abuelo era el editor catalán Antonio López Llausàs]. ¿Estaba claramente predestinada su carrera?
—No sé. Yo creo que llegué como hubiera llegado cualquiera que hubiera trabajado toda la vida en lo mismo, y que le hubiera gustado mucho, que se apasionara y que tuviera buenos maestros para aprender, como me tocó a mí. Primero con mi abuelo, después con los editores con los que trabajé. Entonces, me parece que no sé si fue predestinación o fue trabajo constante y de toda una vida.
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La entrada, los horarios, los días
Entrada: El precio de la entrada a la Feria del Libro de Buenos Aires es de $8.000 pesos de lunes a jueves y de $12.000, los viernes, sábados y domingos.
Con esa entrada, el visitante recibirá un chequelibro con el que podrá obteber descuentos en librerías cuando termine la Feria.
Ingreso gratis: De lunes a jueves desde las 20.
Fecha: La Feria continúa hasta el 11 de mayo.
Horarios: De lunes a viernes de 14 a 22. Sábados, domingos y feriados, de 13 a 22.
Dónde: En La Rural, Av. Sarmiento 2704; Av. Cerviño 4476 y Av. Santa Fe (Plaza Italia), C. A. B. A.
Fotos: gentileza Editorial Edhasa.
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