
Existen, muchas veces, cruces entre las diferentes disciplinas culturales y artísticas Las razones son diversas y siempre atravesadas por lo personal. Albertina Carri es buen ejemplo. Conocida primero como directora de cine, se fue posicionándose en el último lustro, además, como escritora –tal vez un hecho obvio, si se piensa la creación de una pieza audiovisual como el resultado de un guion previo–. Y en su caso, va más allá porque hay una pulsión que la precede.
En el cruce entre literatura y cine, Albertina Carri despliega una obra que aborda la memoria personal y colectiva, la investigación estética y la experimentación con los géneros. Desde sus primeras publicaciones, ha concebido la lectura y la escritura como prácticas centrales de su proceso creativo, inseparables de su producción cinematográfica y de su biografía. Su recorrido como autora incluye Los rubios: cartografía de una película (2007, reeditado en 2024), un libro que documenta el detrás de escena de la película homónima, y que funciona como ejercicio de archivo, reflexión y metacrítica. A este título se suman Retratos ciegos (2021, en coautoría con Juliana Laffitte), un poemario construido durante el aislamiento por la pandemia, Lo que aprendí de las bestias (2021), su primera novela, y Las posesas (2022, junto con Esther Díaz), un libro de ensayos epistolares que explora el vínculo entre memoria, intimidad y duelo.

Su trabajo de escritura más reciente, Cine vivo (Banda Propia, 2025), se presenta como un artefacto múltiple: libro, performance y voz en off. El volumen, extenso, reúne décadas de escritura, manuscritos inéditos, guiones y documentos de trabajo, y se organiza en cuatro núcleos temáticos: “Biográfico/heterobiográfico”, “Archivo y Memoria”, “Zonas de contagio” y “Porno y política”. Entre los materiales recuperados destacan textos de instalaciones como Punto impropio, parte de la exposición Operación fracaso y el sonido recobrado (2015) presentada en el Museo del Parque de la Memoria, guiones de películas tempranas y conferencias, en un montaje que amplía los modos en que piensa la relación entre escritura y cine.
La lectura fue cimentada en su infancia, un poco como si cumpliera un mandato, y otro tanto, ya con más conciencia, por propia elección.

—¿Cómo se construye la identidad lectora?
—No lo sé, pero la idea de la lectura como refugio siempre me pareció muy mala. Es, por el contrario, el modo de salir del refugio. La lectura no es un lugar de protección sino una actividad de riesgo y como tal hermosa. Salir de los dogmatismos propios y ajenos y descubrir nuevas formas de pensar el mundo, los conceptos o los vínculos. Es una manera de conocerse y conocer a otros, y ahí radica la posibilidad de construirse una identidad lectora. Una invitación a salir de la propia cueva y encontrarse con los otros, con lo otro y también con lo propio y con lo íntimo.
No tengo muy claro cómo se forma esa identidad, pero de seguro es a la búsqueda de lo heterogéneo del mundo.
—¿Creés que un libro podría despertar el interés por leer?
—Sin dudas. De niña leí toda la colección Robin Hood con devoción, pero recuerdo la pasión que me despertó Facundo, de Sarmiento. Claro que era una versión para niños, así que más adelante leí la versión original. Años después descubrí que mi padre discutía fuertemente con Facundo y era fanático de Hormiga negra en contra del imaginario de Sarmiento. Así que me adentré en las aventuras del Hormiga...
A lo que voy, es que un libro lleva a otro libro, y así se va construyendo una identidad.

—De un hogar sin madre ni padre ni familiares lectores ¿puede surgir un ávido lector?
—Sí, existen muchos casos. Así como de familias muy lectoras surgen individuos con muy poco interés por la lectura. En ese sentido, es una verdadera carambola el despertar lector. Quiero decir, que es algo mágico el encuentro con ese libro que te hace salir a buscar otros libros.
—Pensando en esto, ¿hay un momento para empezar a leer?
—No creo. Hay muchas personas que han empezado a leer de grandes. Aunque es un poco como la bicicleta, cuando empezás de niña, por más que en algún momento pases años sin leer, un día cae un libro sobre tus manos que te hace volver como si nunca hubiese sucedido aquel tiempo de abandono. Tal vez sea como los músculos, que dicen que tienen memoria.

—¿Qué es ser mediador de lectura? ¿Es algo ligado a la educación o creés que hay otros tipos de mediadores?
—Supongo que somos los adultos que tenemos la responsabilidad de velar por el bienestar de niños y niñas. Parte de ese bienestar es que se entusiasmen por la lectura. No como una obligación sino cómo un juego o invitación a descubrir anagramas, rompecabezas y acertijos que les despierten la imaginación, el deseo y una relación lúdica con la existencia. Por eso es importante buscar libros o textos que no cancelen los sentidos, sino, por el contrario, que funcionen como enzimas para la curiosidad sobre las cosas.
—¿Recordás tu primer encuentro con libros?
—Es una larga historia, porque mi relación con los libros empezó antes de que aprendiese a leer. Mi mamá era profesora de literatura y fue secuestrada junto a mi padre cuando yo tenía 3 años, pero mis hermanas tenían 13 y 11. Durante el primer año de secuestro nos llegaban cartas, en las que mamá además de recomendarnos, una y otra vez, que nos portemos bien, que tengamos amigos, que ayudemos a nuestros abuelos y que juguemos, nos mandaba listas de libros para leer.
Incluso nos decía en qué ediciones conseguirlos y en qué librerías comprarlos. Como yo no sabía leer, mis hermanas me leían esas cartas que hablaban de Cortázar, Lorca, Salinas, Vicente Alexandre, Mark Twain, Plauto, Borges y hasta Neruda.
Así que cuando aprendí a leer ya tenía una lista pendiente de todo lo que tenía que leer, según mamá, y fue una forma de la espera. Quiero decir que durante los años que fui leyendo sus recomendaciones, esperaba que algún día aparezca. Eso no sucedió, nunca más se supo el paradero de mis padres.
Después llegaron las búsquedas propias, pero ya venían bastante influenciadas por las lecturas de mi madre, por las de mis hermanas y por las de mi padre, que las había dejado anotadas en los libros que había escrito.
[Fotos: Sebastián Freire; archivo editorial]
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