
La obra de Alfredo Spampinato irradia la luminosidad abrasadora de la llanura pampeana, un paisaje donde la presencia humana muchas veces se reduce a una sombra apenas sugerida y donde el color expresa una búsqueda incesante de luz y de sentido.
La muestra Oro en el campo, en galería Calvaresi, reúne un conjunto de lienzos que documentan la transformación del conurbano bonaerense; territorios que, a través de sus pinceles, capturaron una geografía y una atmósfera en vías de extinción.
Aquellos que somos del conurbano, que crecimos cerca de la José C. Paz que retrata, ciudad a la que se mudó en 1953, podemos atestiguar que nada queda ya de sus representaciones, de su acercamiento a esa tierra, lo que convierte su legado pictórico en testimonio de paisajes extintos, exóticos ya en un sentido.
Las pinturas de Spampinato (Gravina, Italia, 1925 - Pcia Buenos Aires, 2012) no solo registran la pampa como testimonio físico, sino que traducen una experiencia sensorial del color. En la mayoría de las telas, sobresale el amarillo ocre, pero su vez no solo un despliegue de colometría para representar, sino que el empaste en la obra como esa pincelada que se cierra sobre si misma, formando ciclones por instantes, curvándose, nos transmiten un agobio latente, una persistencia de los elementos por sobre el hombre. Spampinato, en su propuesta, nos narra más allá de lo figurativo una sensación de inclemencia a través de paisajes abrasadores.

En ese sentido, el gesto técnico era crucial: Spampinato aplicaba sucesivas capas de óleo, a menudo combinadas con arena, raspaba con espátula o con la uña, y buscaba en la textura una condensación máxima de luz. Esta impronta de materialismo denso convirtieron a sus cielos en antagonistas feroces de los casas, molinos abandonados y las pocas figuras humanas o animales que surgen salpicadas de una a otra obra. Hay un mundo, el terrenal, el de las rutinas, que vive subyugado a aquello que Icaro quiso alcanzar.
Spampinato llegó a la Argentina con un año de vida. Su juventud transcurrió en Avellaneda y el barrio de Liniers, antes de establecerse en un José C. Paz todavía rural. Trabajó en SEGBA y pintaba cada tarde y noche, retratando la vida comunitaria y el paisaje cambiante que lo rodeaba.
En la muestra, de hecho, hay un paisaje nocturno de 1966, donde una persona sostiene una tea, dando la espalda al espectador, de frente a la luna, que reflecta al sol en otro hemisferio con tal potencia que convierte a esa nocturnidad en un túnel hacia la luz.

Esta recuperación de Spampinato es un nuevo eslabón de una tradición de años que lleva adelante el espacio de San Telmo, donde pusieron en valor a artistas como Mildred Burton, Germaine Derbecq o Dignora Pastorello, entre otros.
Y es que si bien durante las décadas de 1950 y 1960, Spampinato disfrutó de reconocimiento en galerías como Witcomb, Rubbers, Alcora y Dinasty, e integró salones nacionales e internacionales, el pulso comercial del arte lo defraudó progresivamente: en su diario personal dejó constancia de cuadros que nunca cobró, y con el tiempo, la falta de “honestidad de los marchantes” agravó su distanciamiento del circuito.
A la hora de conceptualizar su trabajo, Spampinato rechazaba el calificativo de “pintor ingenuo” con el que algunos textos de sala lo asociaron tras su exhibición individual en la galería El Taller, en 1963. Él prefería hablar de un “realismo poético”, enfoque en el que la soledad y la quietud no remiten a la exclusión, sino a una exploración personal sostenida por la disciplina y la experiencia.

En ese sentido, la formación formal junto a Pedro Domínguez Neira y, sobre todo, a Enrique Policastro fue clave para el desarrollo de un lenguaje propio, orientado a la apreciación de la simpleza, la soledad y, como ya se marcó, el juego minucioso del color y la luz.
Tras un infarto en 1988 que redujo su capacidad cardíaca, el taller de Spampinato se desbordó de pequeñas obras. Su hija Ana, citada en el texto curatorial por Juan Allermann, sostiene: “Creo que se salvó y vivió 20 años más de su vida porque pintaba”.
La muestra incluye obras mayoritariamente pequeñas, sobre hardboard preparado por el propio artista, como respuesta práctica y vital frente a su salud y a su deseo inagotable de pintar. Cuando la fuerza lo abandonaba, en sus últimos años, Spampinato optó por la acuarela en vez del óleo, permitiéndose así mantener la producción cotidiana hasta poco antes de morir.

En palabras de Raúl González Tuñón, registradas por Allermann, su arte conjuga “realidades y abstracciones con rasgos de ingenuismo auténtico..., el bote, el sauce, el silencio aparecen envueltos en una luz de serena transparencia que toca a fondo en la sensibilidad del espectador”.
Girasoles solitarios, cardos, ranchos despoblados y cielos infinitos. Ellos son testigos de una soledad profunda en pinturas que posee una fuerte introspección sobre el espacio del hombre en su hábitat. Hay ecos de vida, de existencia que quedan reducidas a expresión testimonial. Porque nada, parece decirnos Spampinato, puede superar a un sol tremendo.
*“Oro en el campo”, de Alfredo Spampinato, en galería Calvaresi, Defensa 1136, San Telmo, CABA. De martes a domingo de 14 a 18 hs, hasta el 8 de mayo. Entrada gratuita.
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