John Malkovich en Buenos Aires: “Soy un intérprete instintivo, no tengo método”

El famoso actor estadounidense, que presenta este viernes un espectáculo de música y literatura, compartió reflexiones sobre su rica trayectoria artística en una entrevista abierta realizada en el Teatro Presidente Alvear

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John Malkovich, calvo y con barba blanca, sentado en una silla de madera y tela gris. Viste un traje gris claro, brazos cruzados. Hay una mesa con botellas de agua y gafas
John Malkovich compartió su perspectiva sobre el teatro, el cine y su trayectoria artística en una charla abierta

Fue un mediodía distinto en el centro porteño. En un teatro tradicional de la calle Corrientes (el remozado Presidente Alvear), John Malkovich, una estrella del cine global -celebrado por sus actuaciones en películas como Las relaciones peligrosas, Quieres ser John Malkovich, En un lugar del corazón, El imperio del sol y Refugio para el amor, y la lista podría continuar- fue protagonista de una charla abierta, conducida por el director del Bafici, Javier Porta Fouz, que incluyó en el final preguntas del público.

Recibido y presentado por el jefe de gobierno de Buenos Aires, Jorge Macri (“bienvenido a la ciudad que Martín Caparrós llamó ‘la capital de un imperio que nunca existió’, aunque estamos trabajando en eso”, dijo el mandatario), John Malkovich recibió una plaqueta que lo reconoció como “invitado de honor de Buenos Aires”, entregada por la ministra de Cultura, Gabriela Ricardes. De bueno humor y con un notable manejo de las palabras y los silencios (con largas pausas por momentos, lo que acentúa la potencia de sus reflexiones), el actor y director estadounidense de 72 años que presenta este viernes en el Teatro Ópera el espectáculo literario y musical El Infame Ramírez Hoffman, respondió sobre una variedad de temas relacionados con una extraordinaria trayectoria cinematográfica, aunque remarcó que en el teatro -de donde surgió en 1976, en la Universidad de Illinois- es donde se siente más cómodo. “El teatro es instinto, efímero, orgánico. Es ahora: tienes que estar ahí, como actor y como público”, definió.

Estas son algunas de las definiciones centrales de la entrevista abierta de John Malkovich en Buenos Aires.

Música y teatro

Empecé en el teatro e hice mi primera película a los veintinueve años. Durante buena parte de treinta años solo hice teatro a veces y cine a veces. En 2007, cené con un director de orquesta vienés que dirige una orquesta barroca, la Vienna Academy. Me propuso hacer una pieza con la orquesta y, tras conversar, decidimos hacer una historia sobre Jack Lindebager, un novelista, dramaturgo y periodista austriaco, símbolo de la rehabilitación de prisioneros, que había sido condenado por asesinato y recibió un indulto total. Se volvió famoso en Austria y en televisión, pero se descubrió que era el autor de una serie de asesinatos de prostitutas en los bosques de Viena. Hicimos una especie de ópera-lectura basada en esa historia.

John Malkovich, calvo y barbudo, con auriculares, sostiene un portafolio. Le acompañan un hombre de traje azul y una mujer de blusa crema, en un escenario azul
John Malkovich recibió una distinción como invitado de honor de Buenos Aires: aquí, acompañado por el jefe de gobierno Jorge Macri y la ministra de Cultura Gabriela Ricardes

A lo largo de los años, he colaborado con personas como Philip Glass y Alberto Iglesias, el compositor español de cine, también de las películas de Pedro Almodóvar. Sigo trabajando con los vieneses, Mijail Jurowski y Martin Haselböck. Hago esto porque me resulta interesante y porque nadie más lo hace. Es una forma que hemos inventado. Cuando los músicos la ven, a veces preguntan por qué no pueden hacer algo así. Se ha convertido en una parte mayor de mi vida que el teatro. Simplemente sucedió porque me parece un trabajo interesante.

Dirigir o actuar

No es tanto preferir entre actuar y dirigir, pero tengo setenta y dos años... Para dirigir Pasos de baile (N. de la R: en Argentina titulada Sendero de sangre), que pensé que era una película linda y fácil, tardé ocho años. Las películas deberían tomar quizás ocho días, ocho semanas o incluso doce... (risas). Hacer películas es un negocio, así me gano la vida. Algunas son hechas por verdaderos artistas, algunas no ganan nada, otras ganan mucho dinero. El trabajo en Con Air es igual que trabajar con Raúl Ruiz, Michelangelo Antonioni o Manoel de Oliveira. El trabajo para mí es semi-sagrado. Trabajas duro en lo que haces y los géneros no me importan mucho. Mi obra favorita es Peter Pan, así qué importa lo que diga... El trabajo es el trabajo. He tenido la suerte de filmar con directores increíbles y exitosos. Que te guste un guion es difícil de decir, porque no sabes qué va a pasar. Una película está fabricada y uno es solo una pequeña parte de ese proceso. He hecho guiones donde el director me ha dicho que invente algo, y está bien.

Ser “villano” en el cine

No pienso en la gente como villanos. Ese tipo de personajes tienen una visión particular del mundo. Generalmente no se hacen muchas obras o películas sobre personas súper buenas. Pero no he conocido ningún director villano. He tenido tres o cuatro con problemas de control tan severos que deberían buscar ayuda psicológica o neurológica, pero villanos, no. Parte del trabajo del director es un poco vampírico: tomas la sangre de algo y la transformas en otra cosa. Eso puede parecer siniestro, pero es parte del proceso. Mi reacción ante los directores es compasión, porque es un trabajo terrible, con mucha presión. Las películas cuestan muchísimo dinero y quienes aman el cine y quieren ser directores, sufren mucha presión. Simpatizo mucho con el director, porque como actor, reconozco que soy una figura en el sueño de otro. No es mi sueño, solo trato de descubrir qué papel tengo en ese sueño. Nunca he pensado que un director sea un villano.

Actuar en cine y teatro

Cuando empecé en el cine, no me gustaba mucho porque es algo anti instintivo. Antes, la primera toma era el plano general y había que permanecer ahí todo el día. Las obras de teatro no son así. En nuestro teatro, la gente se movía como quería, y eso se convertía en un patrón que a veces se rompía o cambiaba. Había mucha más libertad en el teatro que en el cine. Luego me volví más interesado en el desafío de actuar sin la posibilidad del instinto, ya que soy un intérprete instintivo, no intelectual, no tengo un método.

Eso no está permitido en el cine porque si te mueves fuera de cuadro, la toma no se puede usar. Llegué a disfrutar trabajar en marcos muy limitados y de manera consistente en la acción y el movimiento. El teatro es instinto, efímero, orgánico. El cine es plástico, como una escultura, elegido, curado, manipulado. Uno es para siempre y el otro solo es para ahora. Para el teatro tienes que estar ahí, como actor y como público. Una película la puedes ver en cualquier momento y no cambia. Una obra de teatro cambia cada noche, aunque sean las mismas palabras. Hace unos días llevamos esta pieza, que ocurre en Chile, a Chile y fue perturbador porque en el público puede haber familias de desaparecidos, situación que no existe en el cine. El cine es un registro; en el teatro, el registro somos nosotros. En realidad el público es el registro. Pero ambos tienen valor y encanto.

John Malkovich, calvo y con barba, sentado en una silla de madera clara, mientras un presentador con gafas y micrófono habla de pie. Detrás, una pantalla azul muestra el rostro de Malkovich y el texto 'Malkovich por Malkovich'
El director del Bafici, Javier Porta Fouz, condujo la entrevista abierta de John Malkovich en el Teatro Presidente Alvear

Historias de Manoel de Oliveira

Manoel tenía su propia visión de todo, era muy temperamental y duro, y seguía trabajando todos los días hasta que murió a los 106 años. El primer día que lo vi, en en un convento, quería mostrarle a Catherine Deneuve y a mí dónde iba a estar el cementerio. Caminamos por una colina empinada hacia una puerta que estaba cerrada. Se molestó mucho. Luego bajamos aún más por el acantilado hasta otra puerta, y también estaba cerrada. En ese entonces, Manoel tenía 87 años. Se subió al muro, que era muy alto, y saltó en un solo movimiento. Luego se volvió hacia Catherine Deneuve y le dijo, “Madame”, y ella respondió, “Non, super, merci”. Me miró a mí y me dijo: “¿Johnny?”, “No, gracias” respondí. Alguien comentó: “¿No te gustaría poder hacer esto cuando tengas 87 años?” Y respondí: “Yo no podía hacer eso cuando tenía 27”.

Luego hice otra película con él, Um Filme Falado (Una película hablada). Estábamos filmando toda la noche, y yo estaba al teléfono porque mi película Sendero de sangre acababa de ser prohibida en el Festival de Cine de Londres por una toma de una gallina muerta. El mar estaba embravecido. Estábamos horas en un bote esperando para filmar, y cuando miré a mi alrededor, quedaban solo unas cuatro personas, todos pálidos, con vómito a su alrededor. Manoel estaba de pie al fondo, furioso con el mar. Tenía 94 años y no se sentó ni una sola vez en toda la noche. Ese era Manoel.

La elección de nuevos proyectos

Ahora tengo 72 años y dos nietas pequeñas. Tengo un conjunto diferente de reflexiones cuando acepto un trabajo. Hubo una época cuando mis hijos eran pequeños en la que prácticamente no hacía mucho, vivíamos en una granja en Francia, llevaba a los niños a la escuela, los traía, cocinaba, jugaba con ellos. Cuando se fueron de casa, empecé a trabajar mucho más. Ahora tengo otra cosa que me ata a casa, pero sigo trabajando porque no creo que me queden tantos años para hacerlo. Me encanta hacer esta obra. Por eso quise hacer El Infame Ramírez Hoffman en países que comparten esta historia, como Chile, Argentina y Brasil. Para mí es un viaje de aprendizaje. Adoro esta pieza y me resulta un poco insoportable, así que aprenderé mucho. Ese es el sentido de la vida: aprender. No tengo un criterio fijo para decidir qué hacer, es algo cambiante, un banquete móvil. He sido increíblemente afortunado; básicamente he hecho lo que he querido toda mi vida, lo cual es absurdo y obscenamente afortunado.

[Fotos: prensa Cultura C.A.B.A.]