
Trabajar con mi hermana Lola Banfi siempre es un viaje en espiral, donde las capas que vamos encontrando se profundizan ensayo a ensayo.
Tenemos códigos de esos que solo la infancia compartida puede generar. Hablamos sin vueltas, sin tapujos, y a veces ni siquiera terminamos la frase, pero igual nos entendemos. La pasamos bien haciendo teatro juntas.
Lola es una actriz jugada, que propone, prueba, se zarpa, explora. A la vez es muy metódica: aprende la letra rápido, asimila los recorridos que va encontrando, organiza su propio espacio dentro del espacio. Y siempre está muy presente. Encara cada ensayo como si fuera una función, se mete de lleno. Entonces cada encuentro rinde muchísimo.
En las clases de dirección escénica muchas veces surge la metáfora del ensayo como terreno fértil, y la obra como una plantita que va creciendo y hay que ir cuidando y regando, a veces podando, limpiando, abonando y fortaleciendo mientras va encontrando su forma, que será única e imposible de conocer de antemano. Y con mi hermana ese proceso es muy placentero y muy rico. Cada investigación es una especie de selva amazónica. Quizás sea porque nacimos y nos criamos en la floresta tropical de Río de Janeiro… Por supuesto, toda esa exuberancia encuentra su cauce y se regula a partir del material con el que trabajemos, del equipo artístico, de cada elenco, del espacio. Siempre es diferente.
La particularidad del trabajo con El pulpo es que es un unipersonal. A las obras con un solo intérprete en escena se les dice así, y la realidad es que el equipo creativo y la cantidad de personas que aportan para que ese universo funcione es enorme. Pero concretamente, más allá de esta aclaración, se tratan de materiales en los que una sola persona lleva adelante el relato en términos actorales, sostenida y acompañada por todos los demás lenguajes escénicos. Y esto siempre es un desafío desde la dirección.
Llegamos a la obra a través de la convocatoria de FEDRAS (Feria de Dramaturgias), que realizó un llamado en el que se presentaron gran cantidad de directoras y directores, de las que fuimos seleccionadas seis para dirigir la lectura dramatizada de los textos ganadores en el Teatro del Pueblo. En ese momento conocí el texto, y a su autora, Gabriela Farjat, con quien desde un principio establecimos un vínculo muy afectivo, de confianza y buena onda. Decidí convocar a mi hermana para el semimontado, y trabajamos la puesta de una manera sencilla y contundente, que surgió de las primeras impresiones y lecturas del material: una palangana, una paleta de colores azules y verde agua para el vestuario, una cualidad climática definida para cada pequeño momento de la obra, un paisaje sonoro para el principio y para el final de la lectura, una introducción de danza que daba inicio al relato. La recepción por parte del público y los colegas fue muy buena. Se notó que algo de esa pequeña semilla había empezado a germinar.
Unos meses después nos juntamos con Gaby a manifestarnos mutuamente las ganas de estrenar la obra, y la presentamos al Teatro del Pueblo para la programación 2026. Desde el teatro acogieron la propuesta, y se pactó el estreno para marzo. Se sumó Lola Penélope como asistente de dirección, pilar fundamental en todo este proceso, y ensayamos sin parar en diciembre, enero y febrero. Literalmente tuvimos ensayos entre navidad y año nuevo.
Algo que siempre comento también con los estudiantes en las clases de puesta es que una de las principales tareas de la dirección es aprender a soltar cosas que son ideas previas y pescar aquello orgánico que va surgiendo ensayo tras ensayo y dejando huella. Y en ese sentido, es muy grato percibir cómo algunas imágenes o climas que impactan desde el principio, quizás desde un lugar más intuitivo, siguen ahí con el correr del proceso, van creciendo, van mutando y están presentes en el montaje final. Aunque, dicho sea de paso, lo lindo del teatro es que no existe ese “final”, porque función a función las cosas se siguen modificando, sutilmente a veces y otras no tanto, ya que se trata de un arte vivo.

En El pulpo muchos de esos pequeños hallazgos de la propuesta del semimontado se fueron desarrollando y creciendo hacia la puesta actual. Desde luego, con el aporte de todas las personas que forman parte del equipo creativo. La paleta de colores del vestuario se trasladó también a la escenografía y a la iluminación, sumando colores complementarios para algunos momentos particulares de la obra. La música mantuvo el leit motiv, encontrando distintas sonoridades. Una única tela, que se usó multifacética durante la lectura, se reprodujo en el espacio generando la topografía escénica. La danza cobró importancia para las transiciones. Lógicamente surgieron nuevos descubrimientos en todos los aspectos, en especial en lo actoral, que es el eje de la obra. Y la palangana sigue ahí: es la raíz desde la que brotó el universo de la puesta.
El pulpo invita a navegar por los mares agitados de un corazón roto que busca rearmarse pedacito a pedacito. La versatilidad de Lola como intérprete es fundamental para poder llevar adelante este relato, que va y viene como en una montaña rusa de emociones. El trabajo de dirección actoral puso el foco en que esta versatilidad sea orgánica, que cada momento fluya al otro por necesidad. Peter Brook habla de que la vida en el teatro es más intensa porque está más “concentrada”, hay una intensificación de la energía. Con Lola Banfi desde la escena y con Lola Penélope desde el equipo de dirección, trabajamos mucho en percibir esos momentos de intensidad, que no tienen que ver necesariamente con lo excitado o desbordado (aunque la obra tiene momentos “modo derrape”), sino con esa energía tan mágica del hecho teatral que hace que haya una intensidad en la presencia de quien está en escena que nos atrapa y nos invita a querer seguir ahí, mirando, escuchando, sintiendo, en ese espacio tiempo compartido único e irrepetible del aquí y ahora.
*Directora escénica, egresada y docente de la EMAD.
El pulpo, con dramaturgia de Gabriela Farjat, dirección de Paula Banfi e interpretación de Lola Banfi, se estrena el domingo 8 de marzo y tendrá funciones los domingos a las 20 en el Teatro del Pueblo (Lavalle 3636, C. A. B. A.).
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