
Cuando se imagina la relación entre gatos y el antiguo Egipto, suele pensarse en una civilización que los veneraba casi como a divinidades y les prodigaba afecto sin reservas. Esta percepción, sin embargo, responde más a la sensibilidad contemporánea que a la realidad, mucho más pragmática y compleja, de los egipcios.
En la cosmovisión del antiguo Egipto, los animales sagrados ocupaban un lugar central pero distante del afecto humano. El sistema de creencias egipcio era profundamente politeísta y flexible, permitiendo que los dioses adoptaran múltiples formas, incluidas las de animales.
Las deidades podían manifestarse en sueños, en elementos del paisaje o en seres vivos. Como explica Price, especialista citado por HistoryExtra: “Los animales no eran venerados, sino que funcionaban como un intermediario entre la humanidad y los dioses”.
Esta lógica no se aplicaba solo a los gatos. National Geographic confirma que otras especies, como cocodrilos, halcones, ibis y toros, también desempeñaban un papel ritual.

Los sacerdotes consideraban a los animales como vehículos de lo divino, nunca como objetos de afecto personal. Por esta razón, los egipcios realizaban ofrendas votivas —que incluían animales sacrificados y momificados— para solicitar favores, protección, fertilidad o salud.
El caso del gato resulta especialmente ilustrativo. Su importancia derivaba de su asociación con la diosa Bastet y de su utilidad práctica en la protección contra plagas. Según National Geographic, los gatos pequeños solían convivir con los egipcios porque ayudaban a controlar alimañas en hogares y graneros. Esta cercanía, sin embargo, tenía un trasfondo funcional, no afectivo.
A partir del primer milenio a.C., la cría de animales con fines religiosos se expandió notablemente. Ambos medios coinciden en que, especialmente en el Período Tardío, los templos egipcios mantenían una producción animal masiva destinada al sacrificio ritual y la momificación.

HistoryExtra detalla: “Decenas de miles, cientos de miles, millones de gatos y gatitos fueron criados y se les rompió el cuello como parte de una enorme industria de muertes de animales para servir como ofrendas votivas a los dioses”. Las excavaciones en centros de culto como Bubastis han revelado extensos cementerios felinos.
El propósito de estas prácticas se alejaba del cariño sentimental. Price compara la compra de un gato momificado en la antigüedad con encender una vela en la actualidad buscando la intercesión divina. El objetivo era atraer una respuesta de los dioses, nunca fortalecer un vínculo afectivo.
La figura de Bastet, que inicialmente era representada como leona y luego como gato doméstico, encarna la complejidad de la relación egipcia con los felinos. Bastet tenía una naturaleza dual: podía ser madre protectora y, al mismo tiempo, mostrarse violenta y agresiva. Las ofrendas votivas a Bastet incluían estatuillas, inscripciones y momias de gatos, que expresaban deseos de salud y fertilidad.

Aunque en ocasiones los gatos compartían el espacio doméstico con los egipcios, la idea moderna de “mascota” no se corresponde con el trato real que recibían. Es por eso que los lazos afectivos al estilo contemporáneo no existían para ellos. La presencia felina en los hogares respondía a necesidades prácticas más que a un sentimiento de afinidad.
Sin embargo, los egipcios sí admiraban la combinación de elegancia y peligro en los felinos, características que, según el Centro de Investigación Estadounidense en Egipto, también atribuían a las divinidades. Esta admiración, no obstante, no se traducía en una relación emocional semejante a la actual.
Las evidencias arqueológicas refuerzan la dimensión ritual y funcional de los gatos en Egipto. El hallazgo de millones de momias felinas en necrópolis como Saqqara y Bubastis muestra hasta qué punto la cría de gatos se convirtió en una industria controlada por los templos. Los animales eran seleccionados, sacrificados y momificados siguiendo prácticas estandarizadas, y su adquisición representaba un acto piadoso para los fieles, no una muestra de amor animal.

Otra manifestación del valor atribuido a los gatos era su representación en el arte y la iconografía. Frescos, estatuillas y relieves muestran felinos en escenas cotidianas y rituales, pero siempre como símbolos de protección y fertilidad, no como compañeros emocionales. Incluso cuando aparecen junto a niños o familias, los gatos mantienen un aura de misterio y poder.
En definitiva, la imagen romántica de la adoración sentimental por los gatos en el antiguo Egipto revela más sobre la forma en que hoy concebimos a estos animales que sobre las creencias y costumbres reales de esa civilización.
En Egipto, la multiplicación de gatos respondía a una lógica religiosa y utilitaria, y su legado perdura como ejemplo de cómo la humanidad puede atribuir significados simbólicos y prácticos a los animales sin necesidad de establecer un vínculo afectivo.
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