
El miedo siempre estuvo ahí, pero el cine lo convirtió en espectáculo. Desde las primeras proyecciones, el público acudió a las salas para sentir esa descarga controlada de adrenalina.
Cuando Nosferatu (1922) extendió su sombra, no fue solo un vampiro lo que hizo que la audiencia se estremeciese: era la Europa de entreguerras viéndose reflejada en una criatura enfermiza y extranjera, una amenaza que llegaba de fuera para romper un orden social que ya tambaleaba. Desde entonces, cada generación ha encontrado su propio engendro en la pantalla.
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Sombras y mutaciones
El terror funciona como un espejo. Los castillos en ruinas y las nieblas góticas de los años treinta no eran simples decorados: representaban un mundo que parecía haberse detenido, que miraba con nostalgia y temor al pasado.
Los monstruos de Universal –Drácula (1931), Frankenstein (1931), El hombre lobo (1941)– eran a la vez temibles y fascinantes, porque encarnaban miedos muy contemporáneos: la ciencia que se descontrola, el cuerpo que enferma, lo diferente que amenaza lo familiar. La gente entraba en el cine buscando escalofríos, pero salía habiéndose enfrentado, de forma simbólica, a sus propias ansiedades.
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Con el tiempo, las nieblas se despejaron y el terror empezó a mirar hacia el futuro. Las décadas de posguerra trajeron un pánico nuevo, más tecnológico, más científico. De pronto, las amenazas venían del espacio exterior o de laboratorios secretos: alienígenas, mutantes, experimentos que se salían de control.
Películas como Ultimátum a la Tierra (1951) y El enigma de otro mundo (1951) capturaban la paranoia de un planeta dividido en bloques, mientras que La humanidad en peligro (1954) y Godzilla (1954) daban forma grotesca a la amenaza nuclear con hormigas gigantes y criaturas surgidas de la radiación. La bomba atómica estaba en la mente de todos, y el cine lo canalizó en forma de invasiones, mutaciones y sospechas colectivas.
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El enemigo está en casa
El susto más inquietante todavía estaba por llegar: el que no depende de criaturas sobrenaturales.
Cuando Alfred Hitchcock estrenó Psicosis (1960), el público descubrió que el peligro podía estar en la puerta de al lado. Norman Bates era un hombre normal, tímido, amable. No necesitaba colmillos ni garras para matar. Se plasmaba así la incertidumbre de una época marcada por cambios sociales y la erosión de la confianza en las instituciones: los años sesenta traían consigo tensiones urbanas, movimientos sociales y la sensación de que la amenaza podía venir del vecino o el propio núcleo familiar.
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A partir de ese momento, el horror se volvió más íntimo: el motel de carretera, la casa suburbana y la niñez misma podían convertirse en escenarios de pesadilla. Películas como La masacre de Texas (1974) o Halloween (1978) consolidaron esa sensación. Su violencia evidenciaba la desconfianza y el malestar de Estados Unidos tras la guerra de Vietnam y la crisis económica de los setenta: lo que parecía seguro –el hogar, la comunidad– podía volverse mortal.
Esa invasión de lo cotidiano continuó durante los ochenta, una década de consumismo, cultura pop y miedo al crimen urbano, donde el género se llenó de ruido, sangre y espectáculo. Freddy Krueger, Jason Voorhees o el muñeco Chucky se convirtieron en íconos de la cultura pop, con máscaras y frases ingeniosas incluidas.
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Pero en medio del exceso, hubo cineastas que exploraron terrores más psicológicos: El resplandor (1980) convirtió a un padre en monstruo, mientras que La cosa (1982) reflejó la paranoia y el aislamiento propios de la Guerra Fría, donde el enemigo podía estar más cerca de lo que pensábamos. Lo verdaderamente espeluznante no era la criatura, sino la posibilidad de que estuviera dentro de nosotros.
A finales de los noventa, este cine se tornó autorreflexivo. Scream (1996) jugaba con los clichés y los convertía en parte de la diversión; el espectador ya era un cómplice. Este conocimiento de las reglas del juego preparó el terreno para un nuevo tipo de terror: el que utilizaba la cámara y la estructura narrativa para hacer que el miedo pareciera más real y cercano al espectador.
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En el nuevo milenio el género empezó a experimentar con nuevas formas de asustar. Surgió el found footage (metraje encontrado) con El proyecto de la bruja de Blair (1999) y después Actividad paranormal (2007), que hicieron que el espanto fuese casi documental, revelando la ansiedad de una sociedad cada vez más vigilada, hiperconectada y acostumbrada a consumir imágenes de lo real a través de cámaras y móviles.
También hubo un auge de remakes estadounidenses de clásicos japoneses como The Ring (2002) o El grito (2004), que introdujeron a Occidente en un miedo atmosférico, más basado en el silencio y la sugerencia que en el susto fácil. Esto coincidió con la apertura cultural global y el interés por historias que venían de fuera, mostrando un mundo interconectado donde lo desconocido podía llegar de cualquier parte.
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El arte de atemorizar hoy
Así, tras la experimentación formal de los primeros años del milenio, el género se abrió a propuestas en las que no solo se sobresaltaba al espectador, sino que también se comentaba la sociedad y se exploraba la psicología humana.
La década de 2010 supuso un punto de inflexión. Productoras como A24 y Blumhouse apostaron por un terror más ambicioso y autoral. Por ejemplo, Déjame salir (2017) convirtió el miedo en un comentario social directo sobre los conflictos raciales y la polarización política.
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Hereditary (2018) y Midsommar (2019), por el contrario, llevaron el género a un horror casi operístico, en el que la fractura familiar y las dinámicas comunitarias provocan espanto, un espejo de sociedades contemporáneas cada vez más fragmentadas e impacientes. The Babadook(2014) e It Follows (2014) se encargaron de explorar el trauma, la ansiedad y la transmisión del pavor como si fueran enfermedades. Incluso el slasher regresó en versiones más sofisticadas como X (2022) y Pearl (2022), que mezclan nostalgia y reflexión metacinematográfica.
En los años 2020, el género sigue expandiéndose en todas direcciones. Películas como Barbarian (2022) o Háblame (2023) juegan con las expectativas del espectador, construyendo giros radicales en un contexto de incertidumbre global: pandemias, crisis climáticas y cambios tecnológicos acelerados. También vemos un resurgir del folk horror en propuestas como Men (2022) o The Witch (2015), donde lo rural y lo ancestral vuelven a ser fuente de amenaza, recordando cómo la modernidad puede despertar miedos arcaicos.
En los tres últimos años el género ha seguido explorando nuevas formas de provocar escalofríos: It Lives Inside (2023) combina terror sobrenatural y exploración cultural, mientras que La sustancia (2024) ofrece una sátira que critica la industria del bienestar. Incluso Robert Eggers presentó su reinterpretación gótica del clásico Nosferatu (2024) y, en 2025, Weapons [La hora de la desaparición] introdujo una narrativa fragmentada sobre la desaparición de niños, mezclando horror psicológico y social mientras hablaba de la infancia, la vigilancia y la seguridad en la vida cotidiana.
Estas producciones demuestran que el cine de terror continúa adaptándose, mostrando ansiedades contemporáneas y ofreciendo nuevas perspectivas al público. Lo que se mantiene constante es nuestra necesidad de mirar, tal vez porque lo consideramos un laboratorio emocional. Nos permite ensayar el miedo sin consecuencias, sentirlo de manera segura y controlada. Cuando las luces se apagan, podemos enfrentarnos a aquello que más nos perturba –la muerte, el caos, la desintegración de la familia, el fin del mundo– y salir ilesos.
En un presente lleno de amenazas difusas, desde pandemias hasta crisis climáticas, el género sigue evolucionando para darles forma. Así, cada Halloween volvemos a las salas buscando ese escalofrío. Puede que ya no haya vampiros con capa ni lobos aullando a la luna, pero el vecino inquietante, el monstruo invisible o el silencio en una casa demasiado tranquila siguen funcionando. Y quizás por eso el terror nunca muere: porque siempre encuentra un nuevo rostro para nuestros miedos.
*Docente Universitaria de Artes y Educación, Universidad Camilo José Cela.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
[Fotos: Warner Bros. Pictures, Universal Pictures y archivo]
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