Los ensayos de Otto Dörr exploran el vínculo entre enfermedad mental y genio creativo

El libro “Psiquiatría y cultura”, del prestigioso especialista chileno, examina casos célebres y teorías que articulan la relación entre manifestaciones patológicas y la producción artística o filosófica

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El libro 'Psiquiatría y cultura'
El libro 'Psiquiatría y cultura' reúne catorce ensayos clave del psiquiatra Otto Dörr sobre la relación entre mente y sociedad

Este volumen reúne artículos y ensayos del prestigioso psiquiatra Otto Dörr, Premio Nacional de Medicina (Chile, 2018). Dörr, después de graduarse en Medicina, se especializó en Psiquiatría y Psicoterapia en las universidades de Freiburg im Breisgau y Heidelberg, doctorándose en esta última. Durante años ejerció a la vez como psiquiatra y como profesor universitario, tanto en Chile como en Heidelberg.

Psiquiatría y cultura engloba catorce artículos escogidos sobre esa temática, algunos inéditos y otros publicados con antelación en revistas especializadas. Pese a tratarse de artículos independientes, el hilo conceptual que los enlaza da unidad y coherencia al volumen.

Los dos primeros estudios versan sobre Johann Wolfgang von Goethe, figura señera y capital de la cultura germánica: espíritu universal. Este poeta, que irrumpió en la literatura con éxito inusitado con la publicación, en 1774, de Werther, pretendía, con todo, ser recordado como científico. En ese orden formuló una compleja teoría del color –hoy valorada por quienes cultivan la física cuántica– que desafiaba las ideas vertidas por Newton.

Dörr evoca que, siendo joven, trató al psiquiatra austríaco Alfred von Auersperg; este lo puso al tanto de las ideas científicas de Goethe, en particular, a la referida a su teoría de los colores, conocimientos que luego profundizó junto a los neurocientíficos Francisco Varela y Humberto Maturana. Valiosos físicos de la pasada centuria (Max Planck, Werner Heisenberg o C.-F. von Weizäcker, entre otros) reconocieron la influencia que Goethe tuvo para con todos ellos; Heisenberg recordaba que, a la hora de formular su “Principio de Incertidumbre o Indeterminación” (1927), pasó largo tiempo estudiando la obra científica de Goethe. En este capítulo Dörr, al comentar el poema “Vermächtnis” ("El legado") de Goethe, muestra su propósito por aunar, como los presocráticos, poesía y filosofía.

Muestra, en Goethe, su preocupación por formular un nuevo paradigma de las ciencias naturales, defendiendo principios que no condecían con los formulados por la ciencia entonces imperante. Así recuerda que “para comprender un fenómeno de la naturaleza (…) hay que ser capaz de aprehender la vertiente bioemocional del mismo, porque la emoción es parte constitutiva del fenómeno”, es decir, no separar el objeto de su contexto, ya que “un miembro o un órgano separado de su organismo pierde su ‘organicidad’”.

Este pensador anticipa conceptos hoy tenidos en cuenta; así, una visión holística, que debe primar sobre la especialización, o el caso de una mirada pluridisciplinaria fundada en una teoría dinámica de los organismos, con lo que Dörr, trascendiendo el campo de la psiquiatría, orienta su mirada al de la filosofía. Sobre Goethe y la ciencia destaco que la portada de este volumen, de impecable factura, reproduce la imagen de un disco de colores diseñado por el poeta.

Sobre el poeta praguense –aunque de lengua germánica– Rainer Maria Rilke, evoca su encarnizado esfuerzo por “superar la melancolía”. La clave, la resistencia: resistir la vida y también la inspiración. Junto a esa idea está también la de soportar (en el sentido de ertragen), desarrollada en la primera Elegía de Duino cuando refiere: “Porque lo bello no es sino el comienzo de los terrible, / ese que todavía podemos soportar”. Esa concepción de la vida como peso y como sufrimiento a superar, alienta también en sus Sonetos a Orfeo; así, el N° 13, dice: “Anticípate a toda despedida, como si ella estuviera / detrás de ti, como el invierno que recién termina”, siguiendo la idea hölderliniana vertida en el poema “Patmos” donde leemos: “Ya que donde está el peligro, ahí crece también lo salvador”.

Son dos capítulos claves en los que vuelve sobre uno de sus autores predilectos (con antelación había traducido y comentado las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo). En el último de estos poemarios, entre otros motivos clave, está el de los peligros que conlleva la técnica.

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"Psiquiatría y cultura" aborda el peso de la melancolía en la obra de Rilke y Kierkegaard y su relevancia en la salud mental

Estamos ante dos obras excelsas en las que Rainer da cuenta de las preocupaciones que inquietan al hombre: sentirse un ser para la muerte, su condición de efímero, sus preocupaciones sobre un posible más allá, el supuesto destino de las almas según el orfismo, entre otros motivos poéticos. Sobre su concepción del hombre, refiere en la 5a. Elegía: “Los humanos somos vagabundos en esta tierra”. Destaca en él su alerta respecto de un proceso de desacralización de la vida.

Recuerda también que Heidegger confesó que Rilke había expresado líricamente lo que él desarrollaría luego en el terreno de la filosofía, especialmente en lo que atañe a las consecuencias deletéreas de la técnica respecto de la vida del espíritu. Esta conduce a un embotamiento de la persona, junto a un proceso incontenible de laicización (cf. de Rilke, las Elegías de Duino,; del filósofo, su trabajo “Die Frage nach der Technik”).

Sobre Soren Kierkegaard, tras analizar su tendencia depresiva, nos habla de la superación de su neurosis por medio de la genialidad. Alude a su obra clave, El concepto de la angustia, publicada en 1844, cuando solo contaba con 31 años, así como a su permanente melancolía, a “esa eterna noche que se cernía sobre mí”, según consigna luego en su Diario íntimo. Dörr subraya que “el repensar la filosofía no desde el cosmos ni desde la divinidad, sino desde el ser que somos en cada caso (Dasein), en Heidegger, fue posible porque antes existió un hombre como Kierkegaard” (pp. 123-124).

Al considerar la Schwermut, ‘melancolía’, que entiende congénita en este teólogo y filósofo, recuerda esa forma de depresión también en otros genios que le eran contemporáneos: el dramaturgo Von Kleist o el poeta Grillparzer. Menciona como antecedente los Problemata (XXX, 1), extraño texto pseudoaristotélico que habla de desequilibrios humorales (orina, flema, sangre, bilis, ya en su estado natural, ya la “bilis negra”, la melaína cholé) que, según el ignoto pensador griego, afectarían a los hombres de genio: Dörr aplica esa posible relación entre genialidad y patología mental al caso de Kierkegaard.

Habla del inicio del mundo contemporáneo –marcado por su extrema secularización– vinculándolo “a tres descubrimientos espirituales: la angustia, por Kierkegaard, el absurdo, por Nietzsche y el inconsciente, por Freud” (pp. 135-136), no sin mencionar un hecho curioso, y hasta paradójico: que haya sido un pensador religioso, es decir Kierkegaard, “quien mostrara al mundo la existencia angustiada”. Con ello puso como objeto de la filosofía, más que profundas lucubraciones abstractas, al ser humano “de carne y hueso”, del que luego nos hablará Unamuno.

En “El rol de la poesía en una rebelión legítima”, al ocuparse del caso de Claus von Stauffenberg y el famoso atentado a Hitler”, vuelve al tópico de la poesía como rebelión. Considera luego “la mayéutica socrática y los fundamentos éticos de la psicoterapia”. Allí remite al poder sanador de la palabra del médico, a la vez que al “hacer nacer la verdad en el otro”, como pretendía Sócrates, no es muy distinto de lo que pretende la psicoterapia moderna. Así, remite al diálogo platónico Cármides que sugiere la relación médico-paciente como forma de alcanzar la sophrosýne ‘templanza, armonía”.

Estima que la angustia es probablemente “el síntoma más frecuente en toda la psiquiatría”, explicando que en el enfermo la angustia es vivida somáticamente; recuerda así a López-Ibor cuando habla de los propios instintos desencadenado “el miedo al monstruo que llevamos dentro” (pág. 165). Analiza la etimología de la palabra angustia, sugiriendo su vínculo con la “espacialidad”, vista como “opresión”; así evoca al místico alemán Jakob Böhme y su nictofobia, ‘temor a la oscuridad’, en sus Cuarenta preguntas del alma escribe: “La oscuridad es un encierro, pero como no hay nada que encerrar sino a sí mismo, ella provoca una verdadera tortura sin fundamento” (pág. 177).

De actualidad el capítulo sobre “los trastornos de la alimentación y la modernidad” donde considera casos de anorexia y bulimia nerviosas. Además de referir las causas de los diferentes tipos de hiperfagia, esclarece por qué estos trastornos aparecen en la modernidad tardía y en el comienzo de la época que estamos viviendo, poniendo énfasis en el notorio aumento de cuadros depresivos durante los últimos 50 años. “En la anoréctica –nos dice– el cuerpo deviene una ‘cosa’ separada del yo mismo, el cual deja entonces de ser un sujeto encarnado” (pág. 199). Así, relaciona el concepto sobre la hiperrealidad postulado por Baudrillard aplicándolo al análisis de la anoréctica. Esta “intenta construirse un cuerpo sin volumen, un cuerpo también en cierto modo virtual, un cuerpo que no ocupa espacio y que no siente, ni siquiera los instintos” (pág. 200). Lo que pretenden “es no tener cuerpo, no ocupar volumen en el espacio, ser puro espíritu, pero un espíritu que no está abierto hacia el otro, hacia la belleza o hacia la sabiduría, sino solo referido a sí mismo. De ahí su soledad, su soledad cósmica”. Sobre las bulímicas entiende que “sus continuos cortes en los brazos y el uso casi regular de tatuajes y piercings han sido interpretados –y con razón– como una forma de búsqueda de sí mismo, de llenar ese vacío existencial que experimentan.”

Otto Dörr explora la influencia
Otto Dörr explora la influencia de figuras como Goethe y Rilke en la filosofía, la ciencia y la psiquiatría contemporánea

En “El encuentro con Dios en el mito y en la locura” evoca diversos ejemplos literarios de la Antigüedad. A la divinidad no puede vérsela de frente, se la ve de atrás y solo en el momento en que se está yendo –así Eneas con Venus, en la latinidad; el de Moisés con Yavé, en el monte Sinaí, o el de Pablo de Tarso, camino de Damasco–. Dice Yavé: “mi faz no podrás verla, porque no puede verla hombre y vivir”; en la locura, en cambio, Dios se manifiesta directamente. La imposibilidad de ver lo divino recuerda la condición mortal de los humanos, lo evoca la sentencia délfica gnôthi seautón, ‘conócete a ti mismo’, es decir, ten en cuenta que eres mortal y atente a tus limitaciones. Recuerda también la primera elegía de Duino donde Rilke profundiza esa idea al decir: Ein jeder Engel ist schrecklich, ‘Todo ángel es terrible’. Cita luego al neoplatónico Plotino. Para este, su visión de lo divino no remite “a la idea de dios de las religiones monoteístas”, sino que dice contemplar una visión maravillosa que es para él como la divinidad. Así, para J. M. Rist –experto en el místico– cuando el filósofo habla de visiones, se trata de un conocimiento intuitivo alcanzado por el alma, como un estar invadido por ese ‘Uno siempre presente’”. Menciona las llamadas “locuras divinas” experimentadas por San Juan de la Cruz o por Teresa de AÁvila para evocar luego haber visto como profesional “gran número de pacientes psicóticos con experiencias religiosas o místicas”.

Pasa al tema del laberinto estableciendo, a partir de su imagen asfixiante, una conexión entre “espacio, mito y locura”. Conocíamos su parecer pues, años ha, lo presentó en nuestra Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Al encarar fenomenológicamente al laberinto, advierte en él ciertas concomitancias con la esquizofrenia.

Respecto de la Bildung, ‘formación’, la aborda desde la cultura griega, sin olvidar el parecer del místico Meister Eckhart, quien la definió como “un aprendizaje de la serenidad” visto no como un aprendizaje cualquiera, sino “como algo divino”. Así, entiende la crisis que nos aqueja debida al reemplazo en el mundo de la educación de Bildung ‘formación’ –derivada de Bild, ‘imagen’–, por la palabra Form ‘forma’. Tras considerar el concepto de formación en Kant y Hegel, recuerda a Gracián para quien la educación debe orientarse a “una profunda solidaridad con el otro”. Se ocupa luego del caso de la universidad alemana de los siglos XIX y XX –exceptuando el horroroso período del nazismo– orientada a resucitar el antiguo “eros pedagógico” helénico, aunque carente del matiz homoerótico propio de esa cultura.

Los dos últimos artículos evocan a dos ilustres humanistas: Karl Jaspers y Hubertus Tellenbach.

Respecto del primero, refiere su trascendental contribución a la psiquiatría recordando que en 1913 apareció su famosa Psicopatología general, en la que delinea los diferentes métodos que deben emplearse “para abordar de manera adecuada esa compleja realidad que es el hombre mentalmente enfermo”. Trabajo medural, entre otras cuestiones, si atendemos a que “la psicopatología es la ciencia básica de la psiquiatría”. Evoca luego los momentos claves de la vida de este humanista, desde sus años como psiquiatra en Heildelberg, interrumpidos por el nazismo, hasta su traslado definitivo a Suiza donde orientó sus investigaciones al campo de la filosofía. Nos haba de la distinción que este propone entre “comprender” y “explicar” los fenómenos psíquicos, apuntando hacia lo que designa una psicología comprensiva –es decir, “comprensión por empatía”– donde focaliza la importancia de la biografía en la génesis “de todas las enfermedades y particularmente de las enfermedades psíquicas”, distinguiendo considerar la vida ya como mero acontecimiento biológico, ya como historia personal. Por último, destaca como valioso aporte de Jaspers, la introducción del método fenomenológico en el estudio de las enfermedades mentales. Siguiendo a Husserl atiende a que “la fenomenología tiene que ver con lo que se experimenta realmente; ella observa la psique desde dentro a través de una representación inmediata” (p. 273).

El último capítulo gira sobre Hubertus Tellenbach, humanista y psiquiatra a quien Otto Dörr considera uno de sus maestros, de vasta formación intelectual y otrora miembro del selecto grupo de discípulos del poeta Stefan George, valorando sus estudios sobre la melancolía. En ellos apunta que determinadas patologías mentales se desarrollan principalmente en personalidades melancólicas –el typus melancholicus–. Exalta su psiquiatría antropológica orientada a aproximarse a las enfermedades mentales “tomando como marco de referencia al ser humano en su totalidad”, evitando verlo solo como pura naturaleza, es decir, prescindiendo de su espíritu. Dörr subraya tanto en Jaspers, cuanto en Tellenbach, además del esfuerzo puesto en una aproximación intuitivo–fenomenológica de los pacientes, la exaltación de la libertad, fin supremo al que debe apuntar toda formación.

Psiquiatría y cultura, aunque engloba artículos aparentemente independientes, esa circunstancia no impide verla como un corpus orgánico orientado a echar cierta luz sobre ese “ser misterioso” al que llamamos hombre. Enriquece el volumen abundante información bibliográfica.

[Fotos: Universidad Diego Portales, Chile]