
Un ambicioso proyecto científico busca devolver el esplendor perdido a uno de los tesoros del arte medieval italiano: el fresco de Cimabue en la Basílica de San Francisco de Asís.
Tres décadas después de que los terremotos de 1997 destrozaron la obra en decenas de miles de pequeños fragmentos, especialistas han decidido recurrir a la inteligencia artificial para intentar restaurar una sección prácticamente destruida, considerada un símbolo del patrimonio cultural nacional.
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La tragedia de 1997 marcó un antes y un después en la historia de la Basílica de San Francisco de Asís, situada en el corazón de Umbría. Los potentes sismos, de magnitud 5,7 y 6,0, no solo cobraron la vida de cuatro personas, sino que también provocaron graves daños estructurales en este templo del siglo XIII, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
El ciclo de frescos de Giotto, que narra la vida de San Francisco, fue una de las joyas afectadas. Entre las víctimas más notables del desastre se encontraba el fresco de Cimabue, una pieza maestra de transición al Renacimiento.
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El fresco, ubicado en una bóveda de la basílica, estaba compuesto por cuatro secciones triangulares curvas con las figuras de los evangelistas: san Juan, san Lucas, san Mateo y san Marcos.
Cada una se contextualizaba con inscripciones de regiones históricas —Asia, Grecia, Judea e Italia—, destacando la mención de “YTALIA” en grafía antigua, considerada de gran valor simbólico. En 2019, antes de asumir el Gobierno, Giorgia Meloni resaltó ese detalle como signo precursor de la conciencia nacional al afirmar que “siglos antes de la unidad nacional, el pintor italiano representó nuestra patria de esta manera, con la inscripción ‘YTALIA’”.
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La devastación fue desigual. Las secciones correspondientes a san Juan, san Lucas y san Marcos se fracturaron en piezas relativamente grandes y pudieron ser reconstruidas por los restauradores. El caso de la parte dedicada a san Mateo fue mucho más complejo: colapsó por completo y se desintegró en unos 120.000 diminutos fragmentos.
Cada pieza fue recogida, escaneada y catalogada, aunque solo alrededor de treinta fragmentos volvieron al techo de la basílica, hoy cubierto por un panel curvo de color neutro que oculta la ausencia de la obra original.
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El intento actual de reconstrucción está liderado por la Galleria Nazionale dell’Umbria de Perugia y el departamento de ingeniería de la Universidad de Perugia, con la participación de la Soprintendenza y restauradores de la basílica. La iniciativa partió del ministro de Cultura Alessandro Giuli, quien impulsó el proyecto tras visitar el templo en junio.
La meta es determinar si la inteligencia artificial puede enfrentar el desafío de reensamblar tantos fragmentos, guiándose por sus formas y colores. Según comentó Costantino D’Orazio, director de la Galleria Nazionale dell’Umbria, a The Art Newspaper: “La idea es ver si podemos encontrar la manera de reconstruir esa enorme cantidad de fragmentos a partir de su forma y color”.
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El proyecto comenzó con un exhaustivo estudio de viabilidad, a cargo de alrededor de quince expertos de las tres instituciones, que se prolongará al menos durante seis meses.
El equipo trabaja sobre una fotografía de alta resolución del fresco tomada poco antes del terremoto de 1997, evaluando si es posible adaptar software ya existente o si será necesario desarrollar tecnología específica para un reto tan singular. Aunque la inteligencia artificial aportará nuevas herramientas, la decisión final sobre la reintegración de los fragmentos corresponderá a los restauradores de la basílica.
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Paralelamente, los especialistas han avanzado en soluciones digitales para mejorar la comprensión y el acceso público al fresco perdido. La Galleria Nazionale ha colaborado con la empresa florentina Ikare, experta en imágenes arquitectónicas, para proyectar virtualmente la sección desaparecida sobre el panel neutro.
Con una inversión de 5.000 € destinada sobre todo al alquiler de los equipos de proyección, la imagen se exhibe en el crucero derecho de la basílica. Esta reconstrucción digital se generó a partir de la antigua fotografía de alta resolución.
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Stefano Giannetti, cofundador de Ikare, explicó la complejidad del proceso: fue necesario identificar el ángulo exacto desde el cual se tomó la imagen original, considerar la curvatura de la bóveda y coordinar la proyección virtual con los fragmentos reales aún presentes en la estructura. “Para lograr un resultado consistente, tuve que activar y desactivar los colores en una larga serie de pruebas”, relató a The Art Newspaper.
El esfuerzo por restaurar el fresco de Cimabue va más allá de la tecnología: es un intento de recuperar la integridad y el valor espiritual de una obra que constituye parte esencial del patrimonio italiano.
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