
Montevideo no es una ciudad que exhiba sus tesoros culturales como los escaparates luminosos de otras capitales latinoamericanas. Aquí, la vida teatral no se anuncia con estridencias; se percibe caminando, se reconoce en pequeñas señales, se descubre en salas que parecen multiplicarse a contramano de toda lógica demográfica. Porque esta ciudad cifrada —como diría Borges— guarda en su interior una vitalidad escénica que desborda. Y en el corazón de ese entramado late, desde hace casi ochenta años, una compañía estable que desafía ciclos políticos, Gobiernos, transformaciones sociales y generaciones enteras: la Comedia Nacional. Fundada en 1947 con una visión excepcional para su tiempo, mantiene hoy un sistema de organización y producción escénica que convierte a Montevideo en una plaza teatral única en la región.
La temporada de este año, estructurada en tres franjas, confirma la potencia de ese modelo. Cada franja no es solo un período del año: es un movimiento dentro de una larga sinfonía, un despliegue donde conviven estética, memoria, riesgo y conversación pública.

La primera franja abrió con la intensidad de Dulce pájaro de juventud, dirigida por Alejandro Tantanian, con la escenografía y vestuario de Oria Puppo. La llegada de ambos artistas argentinos, de amplia trayectoria iberoamericana, aportó una mirada singular sobre esta obra-testamento de Tennessee Williams, donde el tiempo —ese enemigo íntimo al que se teme y se combate— se vuelve materia dramática. En diálogo con esa propuesta, Carne viva, de Denise Despeyroux y dirigida por André Hübener, trajo su humor ácido y su estructura fragmentaria, donde cada función comenzaba de un modo distinto, como si los pliegues temporales se burlaran de la linealidad. Y desde la primera franja también se proyectó al exterior: la Comedia Nacional viajó a Madrid para presentar Entre rimas y riberas, una coproducción con la Compañía Nacional de Teatro Clásico de España en la que la poesía del Siglo de Oro dialoga con la voz contemporánea de poetisas uruguayas. Dirigido por Lluís Homar y Gabriel Calderón, el ritual escénico —más invocación que espectáculo— reunió sonetos de Garcilaso de la Vega, versos uruguayos escritos como respuesta y un poema especialmente compuesto por Jorge Drexler, con un elenco binacional y la presencia musical de Luciano Supervielle y Mateo Ottonello. Un gesto de encuentro entre orillas que renueva, desde la palabra, el puente cultural entre ambos países.

La segunda franja amplió el espectro y dejó ver la variedad de lenguajes que la Comedia es capaz de sostener simultáneamente. Allí irrumpió Las brujas de Salem de Arthur Miller, dirigida por Andrés Lima, una versión que convirtió el Teatro Solís en un tribunal vivo, donde la histeria colectiva, el poder y el miedo se corporizan en escena. A la vez, Los pálidos, de Lucía Carballal, con dirección de Lucio Hernández, diseccionó el mundo de los guionistas, ese territorio donde se cocina la ficción audiovisual, revelando tensiones generacionales, disputas éticas y contradicciones de un tiempo que exige impacto permanente. En paralelo, La dama boba, de Elena Garro bajo la dirección de Aurora Cano, propuso una experiencia entre mundos que se tocan y se distancian: el teatro dentro del teatro, la ciudad y el campo, la memoria y la ficción, todo atravesado por la poesía y el humor.

Y mientras estas obras ocupaban las salas principales, la Comedia expandía su presencia territorial y temporal. El caso Nevenka, de María Goiricelaya con dirección de Raquel Diana, realizó una gira por salas descentralizadas, llevando a los barrios una historia que exige reflexión social y memoria activa. En esa misma línea de expansión surgieron proyectos especiales de enorme alcance: Harmonia Planetaria junto a la Orquesta Filarmónica de Montevideo, un concierto-espectáculo que cruzó música sinfónica, palabra y conciencia ambiental; y la versión escénica de La flauta mágica con la Banda Sinfónica de Montevideo, acercando Mozart —desde un lenguaje lúdico y accesible— a las infancias.

A su vez, la Comedia estuvo presente en espacios que desbordan el teatro tradicional: las lecturas dramatizadas del ciclo Interautor, organizadas junto a AGADU y SGAE (sociedades de gestión colectiva de los derechos de autor de Uruguay y España), renovaron el intercambio iberoamericano de autoras y autores contemporáneos; y en la Feria Internacional del Libro se presentó La Tigra, de Florencio Sánchez, acercando el repertorio rioplatense a un público transversal que transita entre libros, ideas y escena.

Con estos espectáculos y la reposición de Carne viva en el Teatro Stella, sala de teatro independiente, la compañía estuve presente todo el año en la programación teatral de la ciudad.
La tercera franja, ya cercana al cierre del año, se abre con un tono de introspección y contemporaneidad. Los derechos de la salud, de Florencio Sánchez en versión y dirección de Domingo Milesi, revisita un clásico desde una sensibilidad actual donde el cuerpo, la enfermedad y la espera se vuelven territorios dramáticos. No nos pasa nada, de Jimena Márquez, hurga en la memoria familiar y colectiva para revelar las capas de identidad que se transmiten —o se ocultan— entre generaciones; y Atentado, dirigido por Florencia Lindner, expande nuevamente los límites del teatro al iniciar su recorrido en la ciudad antes de desembocar en la sala, un gesto de teatro vivo donde lo urbano y lo íntimo se entrelazan.

Y como un gesto de circularidad —o de retorno al origen para despedir el año— Carne viva vuelve, esta vez en la Sala Principal del Teatro Solís, para cerrar la temporada desde otra escala, como quien relee una página para encontrarle nuevos significados.
En conjunto, la Comedia Nacional vuelve a confirmar que Montevideo no es solo una capital geográfica: es una capital teatral. No necesita proclamarlo; basta observar la densidad de su temporada, la pluralidad de sus lenguajes, la presencia en los barrios, las colaboraciones internacionales, las alianzas musicales y literarias, la convicción de que el teatro —como gesto público— sigue siendo una forma de preguntarnos quiénes somos y quiénes queremos ser. Porque en esta ciudad cifrada, la escena es una manera de descifrar la vida.
[Fotos: prensa Teatro Solís]
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