
La sociedad de la desconfianza, el nuevo ensayo de Victoria Camps, irrumpe con la potencia del análisis filosófico que interpela de manera directa a una sociedad marcada por la soledad y la apatía. En este libro, la autora examina cómo el individualismo extremo ha erosionado la confianza en las instituciones, en los demás y en uno mismo, y denuncia la confusión entre autonomía y aislamiento, así como entre libertad e irresponsabilidad.

La sociedad de la desconfianza
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El texto de Camps se adentra en la crítica al neoliberalismo, desmantelando la idea de que la independencia constituye la virtud suprema. La filósofa catalana sostiene que la reducción de la libertad a un ejercicio de egoísmo puro no representa una verdadera libertad. Desde esta premisa, Camps —filósofa y catedrática española nacida en 1941 en Barcelona— identifica en el individualismo exacerbado la raíz de la desconfianza generalizada que caracteriza a la sociedad contemporánea. La proliferación de mecanismos de verificación, como los fact-checkers, se presenta como un síntoma de esta crisis: cuando la confianza desaparece, todo debe ser demostrado.
A lo largo de sus 216 páginas, la autora despliega un recorrido intelectual que abarca desde la bioética hasta la educación, pasando por el envejecimiento y la comunicación política. Su argumentación se apoya en un abanico de referencias que incluye a Aristóteles, Byung-Chul Han, Kant y Michael Sandel, pero evita caer en el academicismo, manteniendo una prosa clara y accesible. Camps reivindica la “cortesía del filósofo” que, según Ortega y Gasset, debería estar presente en el discurso público, pero que hoy resulta escasa.

Uno de los puntos más destacados del ensayo es el análisis del libertarismo contemporáneo, al que Camps describe como una distorsión de la tradición liberal. Según la autora, esta corriente reduce la libertad positiva —la capacidad de construir una vida con sentido— a una libertad negativa, entendida como la posibilidad de actuar sin restricciones mientras no se sea descubierto. En este contexto, Camps señala que el abandono de las políticas redistributivas por parte de la izquierda ha facilitado el auge de populismos que prometen comunidad a cambio de exclusión.
En un artículo en El País, Máriam Martínez-Bascuñán definió esta obra como “un libro necesario": “En una época que confunde el ruido con la comunicación y la opinión con el pensamiento, Camps nos recuerda que filosofar sigue siendo un acto de resistencia. O como dice Prometeo en las páginas finales: tal vez el problema no fue dar la libertad a los humanos, sino que estos no han aprendido a ejercerla como autonomía moral responsable”.
La autora plantea que las políticas de reconocimiento han desplazado a las de redistribución, aunque reconoce que ambas no son incompatibles, sino que cuestiona el orden de prioridades. Camps afirma: “La igualdad material es el requisito más importante para que, una vez conseguida, desaparezcan las diferencias discriminatorias de todo tipo”. No obstante, esta visión secuencial resulta problemática, ya que presupone que es posible alcanzar la igualdad material sin abordar simultáneamente las estructuras culturales que perpetúan la desigualdad. La propuesta de “identidades inclusivas enmarcadas en la identidad humana común” podría incurrir en una universalidad que invisibiliza diferencias que requieren atención específica.

Así, una trabajadora doméstica racializada no experimenta primero discriminación económica y luego cultural, sino que ambas formas de opresión se manifiestan de manera simultánea y se refuerzan mutuamente. Los bajos salarios de estas trabajadoras están directamente vinculados a estereotipos sobre mujeres, inmigrantes y el trabajo de cuidados, lo que hace artificial cualquier intento de jerarquizar estas dimensiones. La discriminación opera como una estructura integrada en la que lo material y lo cultural se entrelazan constantemente.
Esta tensión se acentúa cuando Camps defiende la importancia de “acercarse a las personas” y, al mismo tiempo, critica las identidades que visibilizan a quienes han estado históricamente marginados. Surge así una paradoja: se reclama el reconocimiento de la interdependencia humana, pero se cuestiona el reconocimiento de formas específicas de dependencia y vulnerabilidad.
A pesar de estos matices, el proyecto intelectual de Camps mantiene su fuerza. El libro actúa como un espejo que refleja las contradicciones de la sociedad actual: se anhela comunidad mientras se practica el individualismo, se exige transparencia pero se rehúye el escrutinio, se demanda liderazgo y se desprecia la autoridad. Camps evita ofrecer soluciones simplistas y, en cambio, devuelve al lector la responsabilidad de plantearse “la pregunta moral por antonomasia: ¿qué debo hacer?”
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