
Voy con mi suegra en el auto. Cien años tiene mi suegra. Sale poco y aun así esta tarde, en que está tan lindo, viaja con los ojos cerrados. Muchas veces mi suegra está callada o con los ojos cerrados. Antes no sabía qué le pasaba, ahora creo que se aburre. De nuestras charlas, de nuestros problemas, de discusiones acaloradas por personas que, ella sabe como nadie, en poco tiempo no nos importarán nada. La perspectiva de los años y, también, esas charlas en un mundo que va dejando de ser el de ella. ¿Nunca estuvieron en una cena con gente de otro país? Aunque hablen el mismo idioma, hay códigos, intereses, asuntos distintos que los nuestros: somos más callados y sonrientes cuando estamos de afuera. La vejez puede ser también una extranjería.
Pero me fui de tema. El punto era este: voy con mi suegra de cien años en el auto, ella va con los ojos cerrados, se me ocurre algo y tin, tin, pongo una playlist de boleros que preparamos hace una década para su cumpleaños. Arranca Nat King Cole, sigue Manzanero y la señora se despierta, abre aquellos ojos verdes -los de ella- y canta. Mira la calle, sonríe, canta con buena voz. ¿Qué pasó? Que de pronto cruzó la frontera y estuvo de local.

Ya no tiene que andar pisando huevos entre wachas y rochos: mi suegra camina con soltura por la vereda tropical y sabe de qué se trata “lo bien que la pasamos la otra vez”. La voz se le carga -¿le pasó?- porque “seré en tu vida lo mejor de la neblina del ayer cuando me llegues a olvidar”. Y se ríe un poco pícara con eso de que “solamente una vez amé en la vida”.
No son solo letras y melodías conocidas: esos temas cuentan una sensibilidad, un modo de vincularse, unos deseos que seguramente eran diferentes a otros que pasaron y son distintos a los que se sienten -¿o se pueden decir?- hoy.
Cierra los ojos, se aburre, con el enésimo chico que, por la radio, hace gala de cómo se droga. ¿No estábamos en eso desde los elogios al vino? “Noé, que era agricultor, plantó la primera viña. Bebió su vino, se emborrachó, y se quedó desnudo dentro de la tienda.”, dice el Génesis. ¡El Génesis, la Biblia! Hoy cantan “porro”, “porro”, “porro”. Da un poco de ternura, pero en realidad ¿por qué no pensar en una generación que renueva la experiencia de salirse de sí y contarlo, de decirle al mundo que hay otro mundo en nuestras cabezas, que a veces precisamos anestesia, que hay viajes que se hacen sin salir de casa, que de pronto queremos autodestruirnos?

Todo se entiende, pero cada cual en su época. Y la música tiene la capacidad de condensar esa sensibilidad de época y tirártela en un tema de 3 minutos. “Los jubilados no cobran un peso, mirá si me voy a querer jubilar“, canta Turrobaby, un muchacho de 18 años que es una de las nuevas voces del under argentino. Esa verdad y ese terror canta, y grita sin parar ”Toda la plata, toda la plata, toda la toda la toda la plata". Describe ese universo en el que creció, en el que construimos nosotros, en el que tiene que aprender a vivir y que no es romántico.
Y aunque los más grandes podamos entender y alguna vez asentir -yo paso de la brutalidad de una enorme porción de las letras- estamos afuera de esa forma de sentir. Extranjeros. Yo también me aburro, yo también cerraré los ojos, yo también soy extranjera.
En cambio, el disk jockey pone música de los 80 o de los 90 y los nacidos en los años 60 saltamos de la silla. No tenemos 15, 20 años, pero las articulaciones responden porque el corazón manda cuando esa voz dice que quiere que lo trate suavemente (¿o cuando soy yo la que lo dice, con Soda Stereo?). Cuando Charly no necesitaba nadie alrededor o cuando soltaba “me siento mucho más fuerte sin tu amor” y se lo largábamos en la cara a alguien, que, en general, ya no estaba ahí.

La música es una patria que quién sabe hasta qué edad da pasaporte. Por eso puede atravesar fronteras: estuve en un grupo de periodistas de América, Europa y Asia, cantando en un karaoke la música de Queen como si nos hubiéramos criado en el mismo barrio.
Sin embargo, la música no es sólo la patria de una época, también es la patria de una tierra. Se me cortó la respiración una vez cuando, empujando un changuito en un supermercado en Michigan, escuché por los parlantes unos acordes de Charly. ¿Era mi vida, mi país, mi tiempo, todo junto, ahí tan lejos? No: era que Charly había reversionado un tema de The Byrds - I’ll Feel A Whole Lot Better, que se llamó Me siento mucho mejor- pero yo no lo sabía y por un ratito creí que estaba en casa, que mi casa había venido a mí.
Por eso de pronto nos encontramos con un argentino afuera y podemos cantar Charly, Fito, Spinetta pero también zamba, chamamé, tango. La música nos describe y nos cuenta y, a la vez, se vuelve pincel para que nos dibujemos y nos contemos.
A medida que pasa el tiempo nos vamos volviendo habitantes de un mundo cada día un poco más ajeno. Por suerte, ahí está la música.
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