
El impacto del Holocausto no erradicó el antisemitismo en Alemania ni en el resto del mundo, pero, según el historiador Mark Mazower, el régimen nazi logró “desacreditar el antisemitismo como programa positivo durante décadas”. Esta afirmación, recogida en su más reciente obra, introduce una perspectiva que trasciende la condena moral y sitúa la reacción posterior a la Segunda Guerra Mundial en el terreno de las políticas públicas y la cultura política.
Mazower, profesor en la Universidad de Columbia, sostiene que la derrota de Adolf Hitler no eliminó el odio hacia los judíos, pero sí impuso un costo electoral a quienes lo manifestaban abiertamente. El antisemitismo explícito y orgulloso quedó marginado del discurso público, desplazado fuera de la corriente principal. El matiz reside en el uso del término “positivo”, que en este contexto alude a la promoción activa de la hostilidad antijudía como bandera política, una actitud que, tras 1945, se volvió inaceptable en la mayoría de los espacios democráticos.
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A lo largo de su libro, Mazower introduce distinciones conceptuales que permiten observar las múltiples formas y matices del antisemitismo. Su tesis central, aunque no polémica desde el punto de vista historiográfico, subraya que fenómenos tan dispares como las masacres medievales, los pogromos zaristas, el exterminio industrializado nazi, las persecuciones soviéticas y los atentados terroristas contra Israel comparten la condición de tener a los judíos como víctimas.

Sin embargo, cada episodio responde a contextos económicos, religiosos y políticos específicos, lo que impide reducirlos a una única explicación o a una continuidad lineal de odio.
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Antes de comparar los motivos de la hostilidad, Mazower advierte sobre la dificultad de definir el propio objeto de ese odio. El judaísmo es una religión milenaria, pero la identidad judía y los atributos asociados a ella han evolucionado con el tiempo. Muchas de las expresiones seculares actuales serían incomprensibles para las comunidades religiosas de la Europa premoderna. Aun así, los rituales ancestrales siguen siendo un pilar de la identidad cultural, incluso para judíos ateos. Mazower explora estas paradojas para precisar el significado contemporáneo del antisemitismo.
El relato histórico que propone arranca con la aparición del término “antisemitismo” en la Alemania de finales del siglo XIX, un concepto marcado por las obsesiones intelectuales y políticas de la época: el auge del nacionalismo como principio organizador de los Estados europeos y la pseudociencia de las diferencias y jerarquías raciales.
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Para Mazower, es fundamental distinguir esta cristalización moderna del sentimiento antijudío, que impulsó la movilización política, de las formas anteriores de animadversión. Critica especialmente la tendencia a considerar el antisemitismo como un fenómeno tan antiguo como el judaísmo, proyectando las atrocidades del siglo XX sobre una supuesta continuidad de odio que se remontaría a los relatos bíblicos de exilio y esclavitud. Su objetivo no es negar la larga lista de sociedades que han perseguido a los judíos, sino evitar el fatalismo que confunde fenómenos políticos modernos con narrativas religiosas de sufrimiento.
La dificultad de trazar límites claros entre las distintas formas de hostilidad se agudiza al llegar a la creación del Estado de Israel. Si antes de 1948 la diferenciación ya era compleja, el escenario posterior en Oriente Medio la vuelve especialmente problemática. En 1920, la mayoría de los judíos residía en Europa; en 1950, en Estados Unidos; hoy, la mayor parte vive en Israel, donde un gobierno nacionalista radical se presenta como la única expresión legítima de los intereses judíos a nivel global. Esta transformación representa una desviación extrema respecto al proyecto original del sionismo y no es compartida por muchos judíos de la diáspora ni por sectores liberales israelíes.
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Mazower se esfuerza por delimitar las críticas legítimas a las políticas del Estado israelí y el punto en que la condena se convierte en antisemitismo. Sostiene que “es posible expresar furia por la muerte de civiles en Gaza sin caer en viejas teorías conspirativas sobre los judíos como una élite global sedienta de sangre”.

También afirma que “es posible exigir justicia para los palestinos sin reclamar la aniquilación de Israel”. Las protestas de ciudadanos israelíes contra el gobierno de Benjamin Netanyahu demuestran que la oposición a determinadas políticas no equivale a antisemitismo. No obstante, los sectores ultra-sionistas, que en ocasiones ni siquiera son judíos, suelen acusar de antisemitismo a quienes se oponen a sus posiciones. Mazower señala la inquietante tendencia de supremacistas blancos y fundamentalistas cristianos a adoptar posturas extremas a favor de Israel, al considerar Gaza como el frente de una lucha civilizatoria contra el islam.
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En el análisis de los debates actuales, Mazower adopta un tono más combativo y centrado en la realidad estadounidense, especialmente al posicionarse del lado progresista en la disputa cultural que enfrenta a las universidades de Estados Unidos con la administración de Donald Trump. Esta perspectiva, aunque comprensible, puede resultar menos relevante para lectores europeos, donde el equilibrio político y los argumentos difieren.
Mazower no pretende ofrecer una visión exhaustiva que abarque todas las perspectivas posibles en un momento tan convulso. Su contribución reside en aportar claridad en un terreno marcado por la confusión y la ira, lo que constituye, según la valoración del texto, un logro en sí mismo.
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