Se fue Osvaldo Piro, bandoneonista, compositor, director, porteño inspirado. Un pedazo de la historia del tango. Deja un enorme legado que no cabe en un texto como éste aunque bien pueden mencionarse un par de hitos. “Azulnoche” y “Octubre”, tal vez sus obras más celebradas -el video que abre esta nota así lo refleja- no solo figuran entre las composiciones más celebradas del tango contemporáneo, sino que condensan una madurez y una sensibilidad enormes. Y alcanzaron una dimensión singular gracias al talento orquestal de un artista que supo dialogar con la tradición y, al mismo tiempo, imprimirle un sello personal e inconfundible.
La figura de Osvaldo Piro se destaca no solo por su destreza interpretativa, sino también por la calidad y belleza de una obra que, aunque no extensa, ha dejado una huella profunda en la música popular argentina del siglo XX y extiende su influencia e impacto en estos tiempos.

Su trayectoria se forjó en La Paternal, un barrio de Buenos Aires con una fuerte impronta tanguera. Desde muy pequeño se inclinó por el bandoneón. Durante la adolescencia, participó en varios conjuntos barriales y, a los 16 años, ingresó a la orquesta de Alfredo Gobbi, una de las formaciones paradigmáticas de la época. Hasta que fundó su propia orquesta.
Esa decisión en los años 60, cuando el género ya no gozaba del favor masivo que tuvo en la “década del 40”, revela su compromiso con una tradición que muchos consideraban en declive. Mientras el tango perdía terreno entre las preferencias del público y solo sobrevivían fenómenos aislados, como el furor juvenil por Julio Sosa, el hombre se mantuvo fiel a su visión artística.
Aquí entra en escena Aníbal “Pichuco” Troilo, su padrino musical, quién respaldó el primer disco de esta orquesta con su firma en la portada del álbum. Un gesto que simbolizaba la transmisión de una herencia artística y el reconocimiento de un maestro a su discípulo.

Consultado sobre qué admiraba de su mentor, respondió: “Como intérprete, su fraseo. Y como director, todo, no existen grabaciones flojas suyas. Pichuco fue un artista de una gran intuición, por eso es único. Como compositor era de una inspiración maravillosa, un tipo tocado por la varita de Dios. En el tango ocupa un lugar de importancia vital. También en mi vida.”
La referencia no resulta casual. El estilo de Osvaldo Piro encarna la esencia de una Buenos Aires que forjó su propio mito. Es cuestión de tomarse el tiempo y hacer el pequeño ejercicio de escuchar. Su bandoneón evoca el perfume de los patios con glicinas, el bullicio de los potreros y los cafés con estaño, pero también la ciudad de asfalto y cemento, el rumor de los trabajadores, el griterío de los vendedores ambulantes y el silencio de las plazas. Su música, impregnada de la atmósfera porteña, resulta imposible de concebir en otra latitud. Su voz cascada, la charla cadenciosa y una inconfundible noctámbula, completaban el cuadro. Un epítome de la porteñidad.
Osvaldo Piro fue uno de los artistas más interesantes de su generación: un bandoneonista visceral, sagaz director e inspirado compositor y arreglador. Su legado permanecerá vivo a lo largo de los tiempos: la profundidad y la belleza de sus obras mantendrán viva su memoria. En la memoria de una ciudad que amó y sublimó con singular maestría.
[Fotos: Augusto Starita; Secretaría de Cultura de la Nación]
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