
Una niña va con sus abuelos por el bosque en un carro tirado por caballos y de pronto los rodean los lobos. Hace frío, hay miedo pero la abuela va a enfrentarlos con el arma menos convencional del mundo. ¿Cómo termina eso? Sabemos de antemano que bien, porque la nena es Herta Müller y no se la comieron los lobos sino que en 2009 ganaría el Premio Nobel de Literatura. Porque parece un cuento tradicional pero no lo es: es un recuerdo de infancia de la escritora, que ahora publicó Pequeño Editor con hermosas ilustraciones y que se llama -atención, es una pista- Canción de lobos.
Herta Müller no es una figura fácil. Nació en la Rumania del stalinismo en 1953, pero era parte de una minoría que hablaba en alemán, los suabos del Danubio. Su padre había sido miembro de las SS, una fuerza paramilitar nazi. Y su madre fue deportada a un campo de trabajo soviético tras la Segunda Guerra Mundial. Entre el colaboracionismo nazi y la represión stalinista, la niña crecería con una mirada crítica hacia cualquier autoritarismo.
Pero para eso falta. En Canción de lobos Herta tiene siete años, más o menos, y va de un pueblo a otro con sus abuelos. Nieva, el bosque se ve desolado, a veces hay que bajarse y empujar. Y, de pronto, el aullido. Se acercan. Son muchos, son ocho. Se les ve la avidez en las miradas.

“Yo veía el aliento helado sobre sus hocicos de cera y sus bocas que por dentro adoptaban el color de un lila pálido, asemejándose a unas magnolias humeantes. La precisión de sus ojos y sus patas en semicírculo. El esqueleto desnudo de los árboles al atardecer”, escribe Müller.
Miedo, miedo, todo está por acabar, el combate -así son las buenas historias- es muy desigual. Por un lado, una nena y dos ancianos. Por otro, un montón de dientes. Y hambre.
“Todo eso junto me parecía el final de la vida. Me tapé la cabeza con la manta y pensé en la abuela de Caperucita Roja, la que fue devorada por un lobo. Y acá había ocho lobos”.

No en vano habla de Caperucita, claro. Pero esta abuela es otra abuela. No está en la cama, nadie le lleva una canasta. Viaja a la par de su marido en la carreta y amenaza a los lobos con la punta de un paraguas, blandido como espada vencedora. Sin embargo no será el paraguas lo que aleje el peligro, será algo más profundo e inesperado.
La abuela -¿esta abuela?- aparece en las palabras de la Herta Müller ya adulta, ya escritora, ya Premio Nobel. En su discurso del Nobel, recordó a una abuela que tenía un hijo nazi, un hijo que se casó con el uniforme y se murió como soldado nazi. No era el padre de Herta. “Probablemente sus oraciones también tenían doble fondo. Probablemente seguían el hiato entre el hijo querido y el nazi obcecado y pedían también al Señor Dios que hiciera el espagat de amar a ese hijo y perdonar al nazi”, leyó la escritora en su día de gloria.
Y en la novela En tierras bajas, tal vez su obra más conocida, escribe: "La gente dice que mi abuela se casó con mi abuelo por sus tierras y que estaba enamorada de otro hombre con el que hubiera sido mejor que se casara porque su parentesco con mi abuelo es tan cercano que aquello fue un cruzamiento consanguíneo".

¿Será la misma abuela? Acaso porque siempre habla en singular, “mi abuela”, pienso que sí. Que la abuela del hijo nazi -qué dolor enorme un hijo nazi, ¿no?- y la del casamiento por conveniencia son la misma. Que la abuela valiente que se baja del carro y se planta frente a los lobos es la misma.
El cuento termina suave, se desliza desde ese momento de terror a la ternura de la noche. Pero la nena se quedará pensando: si su abuela pudo, ¿por qué la de Caperucita no?
Pañuelo blanco, pollera y una nieta que defender, la abuela es la cara de ese coraje tan lejos de los estereotipos del valor. Sin palabras duras, sin insultos, sin músculos, sin mandarse la parte. Apenas con su convicción, con su mirada, con su amor, con su voz. Por estas tierras conocemos abuelas así.
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