
Las huellas de radiactividad que dejó Marie Curie sobre objetos y muebles de su laboratorio en París todavía pueden detectarse más de un siglo después, en el actual Museo Curie. Estos rastros invisibles, detectados con un contador Geiger, aparecen en superficies tan comunes como el pomo de una puerta, el respaldo de una silla o libros de laboratorio.
Los visitantes tienen la oportunidad de rastrear la presencia tangible de la científica y comprender cómo la exposición cotidiana a materiales radiactivos marcó su entorno de trabajo y su vida. Los elementos registran hasta 0,24 microsievert por hora, dentro de niveles considerados seguros para la salud.
El museo conserva varios de estos vestigios, resultado del contacto directo y continuo que Curie mantuvo con sustancias radiactivas entre 1914 y 1934, cuando investigó y experimentó sin protección especial.
El recorrido guiado incluye lugares emblemáticos como la puerta del antiguo laboratorio, sillas, escritorios y hasta una mesa de comedor de la familia, todos con niveles residuales de radiactividad. Según explicó el director del museo, Renaud Huynh, el trazado de las manos de Marie Curie en estos objetos permite explorar no solo su carrera científica, sino también los métodos y rutinas del trabajo pionero en radiactividad.
Algunos rastros se conocen desde los años 50, gracias a placas fotográficas que detectaron polvos y manchas microscópicas en los cuadernos originales. Otros se identificaron recientemente: puertas de armarios, apuntes de clase y muebles familiares como una mesa extensible. Según detalló la BBC, la dificultad para descontaminar ciertos objetos llevó a tomar decisiones drásticas. El armario familiar fue destruido después de confirmarse la imposibilidad de eliminar la radiación.
El edificio que alberga el Museo Curie forma parte del antiguo Instituto del Radio, fundado y dirigido por la propia Marie Curie. Su laboratorio y oficina, con ventanas hacia un jardín de rosas que diseñó ella misma, conservan muebles y equipos impregnados de radiactividad.
Aunque la mayoría de los rastros pertenecen a Marie Curie, algunos podrían corresponder también a su hija, Irène Joliot-Curie, quien compartió el espacio físico y la investigación.

Las mediciones y análisis estuvieron a cargo de expertos como Marc Ammerich, especialista en protección radiológica. Desde 2019, revisó cerca de 9.000 objetos de la colección y halló marcas inusuales como huellas de manos radiactivas en una mesa de comedor.
El origen de estos vestigios se encuentra en la década de 1890, cuando Marie Curie probó que la radiactividad no era exclusiva del uranio al identificar nuevas fuentes y teorizar al respecto. Junto con Pierre Curie, aisló el radio y el polonio a partir de pechblenda. Para ello utilizaron métodos rudimentarios y precarios en un cobertizo sin medidas de seguridad. Ella misma relató las dificultades diarias y las condiciones rudas de ese trabajo experimental.
Thomas Beaufils, profesor y director del museo de la Universidad de Lille, afirma que los rastros radiactivos tienen valor histórico y cultural, porque muestran el contexto real de la investigación pionera en radiactividad. El empleo del radio quedó restringido en Francia: ya no se utiliza, salvo raras excepciones científicas, y la manipulación de materiales nucleares requiere autorizaciones y protocolos de seguridad rigurosos.
Durante una visita guiada en el museo, Huynh, Ammerich y fotógrafos midieron con contador Geiger y espectrómetro el respaldo de la silla de Curie, pomos, electrodos y otras superficies. Las áreas públicas registraron valores similares a la radiación natural de fondo, mientras que algunos objetos alcanzaron cifras mayores, pero sin superar los umbrales para visitantes o personal.
La familia Curie fue consciente del polvo radiactivo y la contaminación, aunque entonces la principal inquietud se centró en las posibles interferencias con los experimentos. Marie Curie observó en su tesis de 1903 que “el polvo, el aire de la habitación, y las ropas son radiactivas”.
Los daños físicos llegaron después: endurecimiento de manos, quemaduras y posibles lesiones, algunas provocadas a propósito para estudiar los efectos del radio, que más adelante inspiraron terapias oncológicas. Con el tiempo, se identificó el riesgo de cáncer asociado a la exposición prolongada a la radiación.
El legado material de los Curie representa un reto constante para la conservación. Objetos antiguos, relojes con radio y otros artículos llegan regularmente a la Andra, la agencia francesa responsable de residuos nucleares.
Algunos objetos, si resisten la descontaminación, pasan a formar parte del patrimonio del museo, mientras que otros, imposibles de limpiar, acaban en centros de tratamiento nuclear.
En 2020, especialistas de Andra inspeccionaron la vivienda de la nieta de los Curie y destruyeron un armario de la familia por considerar que no garantizaba la seguridad pública.

El debate científico sobre la radiactividad del radio incluye detalles sobre su vida media de 1.600 años y su actividad, pero el riesgo real para los humanos depende de variables como la distancia o la forma de exposición, no solo de la cantidad de radiación emitida.
El contacto directo con los objetos personales de los Curie afecta a quienes estudian este legado. Ammerich describe el análisis de los diarios de Marie Curie como una experiencia emocional, en especial al leer el relato de la muerte de Pierre.
Para los expertos y directores del museo, preservar estos rastros resulta imprescindible para comprender la historia de la ciencia y la evolución de la protección radiológica. Huynh define al Museo Curie como un puente entre el pasado y el futuro: un lugar donde la memoria, la seguridad y el avance científico se encuentran y dialogan a través del tiempo.
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