
El Museo del Louvre, referente indiscutible de la historia del arte, decidió lanzar una propuesta singular: invitar a 100 artistas contemporáneos de todo el mundo a “imaginar una copia de una obra de su elección” de entre los 35.000 objetos que conforman sus colecciones, desde la Antigüedad hasta el siglo XIX. A primera vista, podría parecer un simple ejercicio de réplica, pero la consigna abierta y deliberadamente vaga buscaba mucho más: provocar una reflexión sobre las fronteras entre la copia, la inspiración y la innovación. El resultado es “Copistas”, una exposición en el Centro Pompidou de Metz que estará abierta al público hasta febrero de 2026 y que ofrece un crisol de interpretaciones, desde fieles reproducciones hasta audaces reinvenciones que poco tienen que ver con los originales.
Frente a la invitación del Louvre, los 100 artistas seleccionados respondieron de un modo singular, cada uno desde su propia sensibilidad, trayectoria y medio preferido. Algunos optaron por la pintura, otros por el dibujo, la escultura, instalaciones, videoarte o incluso grabaciones de audio. El único elemento común fue la elección de una pieza de la colección para transformar, pero el espectro de resultados desafía cualquier intento de catalogación uniforme. Para Chiara Parisi, directora del Centro Pompidou de Metz, y Donatien Grau, responsable de los programas contemporáneos del Louvre, el propósito era claro: “Seleccionamos artistas que admiramos, sin importar estilo, medio, generación o visión. No es una exposición temática, sino una invitación a la expresión individual”.

La diversidad de enfoques en “Copistas” es, precisamente, uno de los grandes aciertos de la exposición. Según Parisi, los resultados sorprenden tanto por su reinterpretación como por su delicadeza y capacidad de “darle la vuelta a las cosas”: hay pinturas que se convierten en esculturas, algunas mutan en fotografías, reinterpretaciones que desafían la iconografía tradicional y copias tan fieles que rozan la reproducción académica. Lejos de limitar el proceso creativo, la propuesta de copiar funcionó como detonante de nuevas búsquedas, impulsando a los artistas a dialogar —a veces desde la admiración, otras desde la irreverencia— con algunas de las obras más emblemáticas (y otras insólitas) albergadas en el Louvre.
Esta invitación a copiar y reinterpretar hunde sus raíces en una larguísima tradición. La copia, recuerdan los organizadores, no solo ha sido un ejercicio didáctico central en la formación de artistas, sino que durante siglos fue el principal canal para aprender estilos, absorber técnicas y cimentar una voz propia. Desde la fundación del Louvre en 1793, el museo ha mantenido una oficina de copistas; sentarse frente a una obra maestra para copiarla era aprendizaje y rito de paso. No obstante, la modernidad artística trajo consigo un giro: la ruptura, la abstracción y la multiplicidad de técnicas reemplazaron la continuidad, relegando la copia a un segundo plano y privilegiando lo inédito sobre lo reiterado.

Sin embargo, esta tensión entre tradición y novedad no ha desaparecido. De hecho, la proliferación tecnológica de imágenes y recursos digitales —junto a la omnipresencia de algoritmos y máquinas entrenadas con bases de datos de obras clásicas— plantea nuevas preguntas sobre la autoría, la originalidad y el “robo” artístico. Tal como relató Picasso: “Los buenos artistas copian, los grandes artistas roban”. En “Copistas”, esta frontera se difumina y se explora a la luz de los desafíos actuales.
Algunos artistas que respondieron a la convocatoria se sintieron a gusto desde el principio. El fotógrafo Mohamed Bourouissa, de origen argelino y francés, reconoce que empezó copiando cómics y superhéroes antes de acercarse al arte contemporáneo. Para esta exposición, eligió reinterpretar “Estudio de Manos” (1715) de Nicolas de Largillierre; su obra final utiliza impresión UV sobre plexiglás, acero y aluminio, fundiendo pasado y presente en un nuevo soporte. Otros participantes, como Georges Adéagbo, mostraron sus reparos ante el mandato de copiar. Adéagbo prefirió abordar a Eugène Delacroix desde la distancia, convenciéndose de que cada artista tiene “su propio camino”. El resultado fue “Louvre Remix”, un collage que mezcla elementos del canon occidental con referencias culturales de Benín, su tierra natal.

La exposición también recoge propuestas que dialogan más estrechamente con los medios originales. Madeleine Roger-Lacan recrea “El baño turco” de Ingres desde una óptica contemporánea, sustituyendo los cuerpos femeninos por personajes masculinos y subvirtiendo la mirada tradicional. Por contraste, Jean-Philippe Delhomme elige una copia casi literal del “Retrato de la marquesa de la Solana” de Goya, mostrándose fiel al espíritu y la técnica del original.
La iniciativa y coordinación del Centro Pompidou-Metz, en estrecha colaboración con el Louvre, permite a “Copistas” transitar entre el espíritu experimental y el legado clásico. Juntos, ambos museos ofrecen un espacio para reflexionar sobre la sucesión de influencias y rupturas que definen la historia del arte.
La exposición redefine la copia como un acto de repensar, de conectar con los maestros del pasado y de interrogar el sentido mismo de la creación artística en una época saturada de imágenes y encrucijadas tecnológicas. Como escribió Paul Cézanne en 1905: “…no debemos conformarnos con las bellas fórmulas de nuestros ilustres antepasados… debemos buscar expresarnos según nuestro temperamento personal… el tiempo y la reflexión modifican gradualmente la visión, y finalmente alcanzamos la comprensión”. En el contexto contemporáneo, “Copistas” demuestra que copiar puede ser una poderosa vía hacia la originalidad.
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