
“Fue en París, en 2007, yo venía de Polonia de hacer un reportaje sobre Treblinka donde mataron a gran parte de mi familia paterna”. El fotógrafo Dani Yako cuenta pero -lo suyo es la imagen- habla poco y manda fotos. Asi empieza este diálogo, con fotos que Yako le hizo al brasileño Sebastiao Salgado y que saca del archivo ahora porque Sebastiao Salgado murió este 23 de mayo en esa misma ciudad donde lo conoció volviendo de Polonia. Y donde le hizo fotos como las que acompañan este artículo.
Salgado es, a esta altura, una figura del arte internacional. En sus 81 años transformó el fotoperiodismo en arte. Durante cinco décadas, Salgado capturó tanto la belleza como las tragedias del mundo, utilizando el blanco y negro como su distintivo. Belleza y compromiso, belleza como una forma de ir más hondo, una belleza nunca banal. Eso era Salgado.

Pasaron por su cámara la explotación laboral, las migraciones, la hambruna en Ruanda, la destrucción del medio ambiente. Hizo un recordado trabajo sobre la mina de Serra Pelada y otro sobre la Amazonia brasileña, tras un viaje de seis años. Los paisajes magníficos, la gente. La gente: como si no mirara desde el otro lado de la cámara ni desde el otro lado de nada, esas caras están aquí con quien mira la foto. Conmueven.

Yako, por su parte, es un fotoperiodista de una enorme trayectoria, con grandes trabajos donde también asoma la mirada a la vez estética y social. Publicó libros como Extinción -imágenes desgarradoras sobre el fin del trabajo en un proceso que explotó en 2001- o El silencio -la desocupación en un pueblo de Entre Ríos-. Ese trabajo es una trilogía que se completa con el ensayo Exclusión, donde retrató gente durmiendo en la calle. Nunca se les ve la cara: son bolsas, montones de tela, sobras. En 2023 salió Exilio, con las imágenes tomadas en España en la década del 80, y donde aparece su amigo de la adolescencia, Martín Caparrós, el mismo que les puso textos a los libros de Yako. Exclusión, que había sido una muestra, ahora está entrando a imprenta.
Así que estas son fotos de un fotógrafo a otro. “Nos habíamos conocido en 1989 en un taller en La Plata, luego comimos juntos carias veces en París, nos reunió Diego Goldberg, que era su amigo.

¿Qué pasaba en 2007, el año de las fotos que vemos ahora? “Él se estaba pasando a digital”, cuente Yako, sobre esa revolución que afectó a los fotógrafos.
-¿Por qué?
-Decia que Kodak había bajado la calidad de la pelicula que usábamos.
-¿Hablaron eso? ¿Vos qué pensabas y qué pensás del digital?
-Hablamos poco, decía que no sentía nostalgia por lo analógico. Sentía que su cuerpo le pedía ir más ligero y no llevar cientos de rollos. Amazonia y Génesis los hizo en digital. Yo sigo con pelicula.
-¿Te gustaba su obra?
-Nunca hubo un fotoperiodista tan popular desde Cartier-Bresson. Su obra es descomunal.
-¿Por qué?
-Al margen de ser un blanco y negro hermoso creo que logra algo muy dificil de explicar: pese a estar en lugares durisimos y en situaciones extrema, uno quiere estar ahí.

-¿Te acordás algo que te haya dicho y que te haya impactado?
-Que se habia ido de (la agencia) Magnum porque sus fotógrafos solo querían recorrer los cafés de París diciendo “Soy de Magnum”.
-¿Vos tenés algo que ver con él en cuanto a la idea de la fotografía?
-Me siento cercano, sobre todo a su visión documental más dura. Serra Pelada es de los mejores reportajes de la historia. Cuando su interés pasa a lo ecologico ya no me llega tanto. Él tenía la idea de que la fotografía ayuda a hacer un mundo mejor, yo no estoy tan seguro.
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