
Un 16 de abril de 1889 nacía en una industrializada Londres, Charles Spencer Chaplin: hijo de una actriz de music-hall y de un cantante alcohólico que abandonaría pronto a la familia. Su infancia fue una sucesión de internados, asilos y privaciones que marcarían profundamente su sensibilidad artística.
De ese origen adverso emergió una de las figuras más influyentes del cine del siglo XX, creador de un personaje que atravesó generaciones y geografías: Charlot, el vagabundo de modales refinados, bastón ligero, bombín ladeado y una mirada que contenía tanto melancolía como esperanza.
Chaplin no solo fue actor: también fue director, guionista, compositor, productor y editor de la mayoría de sus películas. En un tiempo en que el cine era un arte aún en construcción, él le imprimió una dimensión ética y estética que lo alejó de la simple comedia física.
A través de sus películas mudas —y más tarde sonoras—, elaboró una crítica incisiva contra la pobreza, la injusticia social, el autoritarismo y la deshumanización del trabajo, sin renunciar nunca al humor ni a la ternura. Sus películas son relatos donde la risa y la tristeza se abrazan; donde el absurdo se vuelve denuncia y el gag, una declaración política.
A más de un siglo de su nacimiento, su cine sigue hablando un lenguaje profundo, accesible y vigente. Entender la obra de Chaplin no requiere haber estudiado cine, pero sí detenerse en las películas clave que condensan su mirada crítica, su dominio del humor corporal y su compromiso con los temas humanos más urgentes. Su legado no es solo cinematográfico: es cultural, filosófico y emocional.
Luces de la ciudad (1931)
Rodada cuando el cine sonoro ya había irrumpido en la industria, Luces de la ciudad es un melodrama silente que muestra el rechazo de Chaplin a abandonar la fuerza del cine mudo. En esta película, Charlot se enamora de una florista ciega, y se propone devolverle la vista. Para conseguirlo, se involucra en una serie de peripecias, muchas de ellas relacionadas con un millonario suicida al que salva de la desesperación.
La frase “Mañana los pájaros volverán a cantar” sintetiza la idea de esperanza que recorre toda la obra. La historia entre Charlot y la florista conmueve porque muestra que el gesto más simple puede tener una profundidad emocional infinita. Esta película fue destacada por el American Film Institute (AFI) y forma parte de las 100 mejores películas estadounidenses de todos los tiempos.
Tiempos modernos (1936)
Tiempos modernos es una sátira sobre los efectos de la industrialización y la deshumanización del trabajo. Chaplin retoma aquí al obrero atrapado en la lógica alienante de una cadena de montaje. A través de Charlot, denuncia cómo el ser humano es reducido a una pieza reemplazable en el engranaje económico.
El propio Chaplin explicó: “El desempleo es la cuestión vital (...) La máquina debería beneficiar a la humanidad; no debería significar tragedia y paro”. En una de sus escenas más célebres, Charlot se desliza entre engranajes metálicos en una coreografía mecánica que representa la pérdida de individualidad.
Este filme marca el fin del personaje de Charlot y al mismo tiempo deja un mensaje de resistencia: frente al avance impersonal de la tecnología, el amor, el humor y la solidaridad siguen siendo posibles.
El gran dictador (1940)
En su primera película sonora completa, Chaplin adopta dos roles: un barbero judío y el dictador ficticio Adenoid Hynkel, parodia directa de Adolf Hitler. A través de la confusión de identidades entre ambos personajes, El gran dictador propone una feroz crítica a los totalitarismos y al antisemitismo, en plena Segunda Guerra Mundial.
“Pensamos demasiado y sentimos muy poco”, dice Chaplin en el famoso discurso final, que aún hoy se recuerda por su carga humanista y pacifista. El filme fue nominado a cinco premios Óscar, incluidos mejor película y mejor actor, y ganó varios galardones internacionales.
Este largometraje marcó un punto de inflexión en la obra de Chaplin: dejó atrás al vagabundo y asumió un rol explícitamente político.
El chico (1921)
Definida por el propio Chaplin como “una película con una sonrisa, y quizá, una lágrima”, El chico es su primera gran obra dramática y una de las más autobiográficas. En ella, Charlot encuentra a un bebé abandonado y decide criarlo. La relación entre ambos se convierte en un vínculo filial profundamente conmovedor.
La película habla de pobreza, abandono y afecto, con una sencillez narrativa que esconde una elaborada puesta en escena. Según el relato biográfico, Chaplin se inspiró en la muerte de su hijo prematuro y en su infancia en orfanatos de Londres para crear esta historia.
La quimera del oro (1925)
Ambientada en la fiebre del oro del Klondik
e, esta película presenta a Charlot como un buscador que enfrenta el hambre, el frío y el aislamiento en un paisaje hostil. El personaje comparte su destino con Big Jim, un forzudo con quien vive episodios tan hilarantes como dramáticos.
La secuencia en la que Chaplin cocina y come su propio zapato es una de las más reconocidas de toda su filmografía. Según declaró Chaplin, con esta obra buscó “crear algo que conmoviera a la gente”. Fue tan representativa de su arte que él mismo afirmó que quería ser recordado por ella.
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