
He leído con admiración y respeto Fortuna, la segunda novela de Hernán Díaz, quien irrumpió en la literatura norteamericana con su impresionante western filosófico A lo lejos.
Nacido en Argentina, criado en Suecia y Estados Unidos, indaga en ambos libros en los orígenes de su país de adopción, enfatizando la compleja herencia europea y reescribiendo sus archivos fundacionales. En su opera prima, desde la perspectiva de los inmigrantes pobres; en Fortuna, a través de una saga de ricos.
Los protagonistas son Andrew y Mildred Bevel, una pareja de la cúpula económica del país conectada por sus familias con los tiempos de los monocultivos, los primeros bancos y presidentes, la esclavitud.
A modo de matrioskas (o de El cuarteto de Alejandría), las cuatro partes de la obra ofrecen versiones complementarias sobre el éxito de los Bevel, que durante la década de los 20 del siglo pasado se enriquecieron brutalmente gracias a un dominio sin precedentes de la economía y la especulación bursátil.
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La primera, “Obligaciones”, reproduce la novela de ficción que Harold Vanner publicó sobre ellos en 1937. Con claras resonancias de Henry James, sus últimas páginas, ambientadas en un sanatorio suizo donde se realizan salvajes experimentos psiquiátricos, recuerdan a W.G. Sebald o a Benjamín Labatut, por su retrato al mismo tiempo emocional e intelectual del horror anatómico y científico.

Los apuntes autobiográficos de Andrew Bevel conforman la segunda parte: un esbozo de sus intenciones de rebatir la versión de Vanner. Su condición fragmentaria revela que en realidad estamos ante una obra que experimenta con los textos cerrados y con los abiertos. Las metáforas autoconscientes se encuentran en la parte final, el diario secreto de Mildred: “Así se define la forma clásica. Una música que casi no necesita que la escuches, porque todo su desarrollo ya está implicado en la forma”.
Lo que hace Díaz es jugar con las formas tradicionales y proponer una combinación nueva. La novela decimonónica, la ficción psicológica, las memorias, la metaficción detectivesca o el diario confesional se van alternando para asediar el núcleo de un secreto, los mecanismos íntimos de un matrimonio, sus delitos y sus faltas.
En “Recuerdos de unas memorias”, la tercera parte del libro, encontramos a la narradora clave del proyecto. Ida Partenza es una escritora dividida entre dos épocas: los veinte años, cuando vivía en la pobreza con su padre italiano y trabajó fugazmente para Bevel, iniciando su ascenso social; y la vejez, en que regresa a la casa de la mítica familia, que se ha convertido en un museo, para acabar de entender la experiencia que vivió medio siglo antes. Así, alguien de clase baja y media se apropia de la historia de los millonarios. Y la comparte con nosotros.
La lucha de clases no es sólo económica, es también narrativa. Un conflicto de relatos. Díaz encuentra una imagen que hermana al padre anarquista de Partenza con los Bevel. Leemos en la tercera parte: “Era el principal elemento en común que tenían tipógrafos y revolucionarios: sabían que la matriz del mundo estaba invertida, y aunque la realidad estuviera al revés, eran capaces de leerla a primera vista”. Y, en la cuarta, esa idea tan pigliana se confirma como un espejo que ha recorrido toda la novela, cuando la intervención en bolsa se compara con “Una canción tocada al revés”. Las inversiones son inversiones. Y viceversa.

Casi todas las ficciones sobre los ricos parten de una inversión fundamental: son imaginadas o escritas por personas que no lo son. Aunque algunas películas y series basadas en hechos reales, como las que han contado el caso de Bernard Madoff, muestren las consecuencias morales y penales de sus especulaciones y excesos, en el centro de la gran ficción sobre el capitalismo que se está escribiendo en diversos lenguajes hay un crimen que permanecerá impune.
La mayoría de las series sobre millonarios están protagonizadas por abogados que también lo son (The Good Wife, The Good Fight, Suits) y cuyo trabajo es lograr que sus clientes no vayan a la cárcel. Los especuladores de Exit, la gran serie noruega sobre jóvenes multimillonarios inspirada en entrevistas reales, son psicópatas hedonistas y sin escrúpulos que actúan al margen de cualquier ley. Y en Succession los delitos cometidos en la división de cruceros de la compañía del patriarca shakesperiano Logan Roy tampoco llevan a un veredicto en los tribunales.

En todas ellas siempre encontramos la figura del recién llegado, de la persona de origen social humilde, que –como Ida Partenza– nos representa en ese mundo de ficción. Mientras que Connor, Siobhan, Roman y Kendall Roy apenas evolucionan durante las cuatro temporadas, la pareja entre cómica y patética formada por Tom Wambsgans y Greg Hirsch se va volviendo el centro de la tragedia. La del 99% de la población mundial, en manos de los delirios y los negocios del 1% millonario.
En The White Lotus, los turistas de lujo ven empañadas sus vacaciones por tramas criminales periféricas que nos recuerdan que el capitalismo extremo ha blanqueado el expolio sistemático o la especulación sin anestesia, mientras condenaba sin piedad al ratero o al atracador de bancos. Los empleados del hotel o las prostitutas tienen muchas más posibilidades de acabar en la cárcel que los blancos opulentos. Como nosotros.

Aunque Fortuna reescribe en cada parte una constelación literaria de la época a la que alude –con ecos de otra obra maestra, Expiación, de Ian McEwan–, su representación de cómo dentro de la gran ficción del capital hay otra ficción, la psicológica, la de cómo se justifican los ricos para blanquear el crecimiento por lo general turbio de su patrimonio, me ha recordado sobre todo a una obra que no está en su genética: Los privilegios, de Jonathan Dee.
El relato del ascenso social de un matrimonio hasta formar parte de la elite financiera, que incluye un delito que queda impune, reproduce en sus páginas finales un diálogo que apunta hacia el corazón de todo: “Los pobres me dan miedo”, confiesa un personaje. “La pobreza da miedo”, le responde otro: “Pensar que te falta lo necesario para vivir es terrorífico. Por eso la gente hace lo posible por evitarlo”.

Podemos entender ese terror y la aspiración a neutralizarlo con riqueza. Lo que nos cuesta es comprender el nivel superior: el de los absurdamente ricos, las grandes fortunas, esas abstracciones desprovistas de sentido. Tal vez por eso los protagonistas de las principales ficciones del capitalismo extremo son representados como personas vacías o carentes de empatía, como otros radicales, como seres abstrusos a quienes no podemos descifrar.
No es extraño, por ello, que en todos esos relatos se recurra levemente al thriller, a la mecánica detectivesca. Se trata de un desvío metafórico. Porque el misterio no está en un crimen concreto. Es estructural. El misterio son los millonarios y sus imperios. Y ni ellos mismos son capaces de resolverlo.
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