
El 5 de noviembre, el Festival Callejón concluyó su programación con cinco días a sala llena. Presentaron tres obras de teatro, dos espectáculos de danza y dos intervalos musicales, todos producidos por equipos jóvenes y dirigidos por mujeres. Predominaron las interdisciplinas, los espacios minimalistas y la sensibilidad.
El Festival tuvo un público predominantemente joven, y logró apropiarse de todo el Espacio Callejón, teatro que dirigen Javier Daulte y Federico Buso. Ramiro Bailiarini y Sebastián Francia curaron un ciclo sorprendente y sumamente variado, que demuestra a cada momento la potencia del teatro y de la creación colectiva. En palabras de Bailiarini: “Muchos de los trabajos de este año tienen similitudes: cruces fantásticos, por ejemplo, o mezcla con otras artes. Lo increíble es que no se conocen entre sí, son coincidencias generacionales. Se viene a romper la idea de lo cotidiano, o lo cotidiano es atravesado por algo”.
Subatómica, de Mia Miceli

En Subatómica, un work in progress de Miceli, dos empleados de una institución dudosa al borde de la bancarrota, se presentan en una casa en donde viven Julia y su madre, para investigar un posible “evento subatómico”. Mientras ellos cuatro interactúan de maneras entre graciosas e incómodas, un doble de Julia intervendrá haciéndose pasar por ella, confundiendo a todos. Una mezcla sumamente particular entre Doctor Who y Los Cazafantasmas.
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Miceli tiene 24 años, recibió el Premio Texto narrativo breve en el Festival de Arte de la UNA (FAUNA) y había estrenado Cerca tuyo o de ti en 2021 en Espacio Callejón. En esta segunda producción, se destaca la versatilidad de los actores -sobre todo, Hugo Rabinovich y Joaquín García-, la complejidad de la trama y un brillante juego de luces de parte de Sebastián Francia.
Cómo para la bruma, de Jazmín Titiunik

En el escenario hay cinco chicas y una incontable cantidad de copas. Las van a hacer rodar, caer, se las van a sacar de las manos con violencia. La fragilidad del vidrio se cruza con la del cuerpo, hasta que, al final, se vuelven una misma cosa.
La performance de Titiunik había formado parte de “Transducciones”, un programa de residencias de creación coreográfica. Surge a partir de Las existencias menores, ensayo de David Lapoujade. Lo que hace Titiunik y el resto de las performers es algo que no había visto nunca antes: animarse a los bordes, a romper vidrios, a lastimarse, a desnudarse, todo con un público numeroso enfrente. La angustia y la ansiedad se compensan con un espectáculo hipnótico, que deja mucho para seguir pensando.
Ballet acuático, de Memi Ladogana

En un pueblo de la provincia de Buenos Aires, un grupo de chicas prepara un ballet acuático para la XXIava Fiesta Nacional de la Rana. El espectáculo será en una laguna medio olvidada, medio peligrosa. En el medio, tiroteos y desgracias en una ruta cercana amenazarán con la integridad de las participantes y, peor aún, con la del ballet.
Ladogana participó ya tres veces en el Festival Callejón, dos con obras de teatro (Ballet acuático y Que sea verano) y una con un documental (Mapa). En Ballet acuático predomina lo no dicho: no se sabe bien qué pasa, ni cómo ni dónde. Catalina Napolitano y Julia Gárriz se lucen con personajes casi adolescentes, caprichosas e histéricas. Mención especial al diseño de escenografía, de Laura Copertino, y a su laguna ultravioleta.
La victoria de lo incompatible, de Mariana La Torre

Un grupo de personas vestidas iguales se lanzan un bebé de juguete como si fuera un partido de handball. Se sacan los pantalones. Juegan con árboles. Se ridiculizan. Marchan al ritmo de un megáfono que no se entiende lo que dice. Corren. Se cansan. Juegan.
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El work in progress de Mariana La Torre construye distintas tesis respecto de lo incompatible: desmenuzar un bebé, movimientos espásticos, ruidos de alta frecuencia, bailar en boxers y bombachas. Los performers despliegan todo un menú de maneras de deformar el cuerpo, desde lo más ridículo a lo más sensible.
Ryan, hermano motor, de Ana Schimelman

Un padre muere sin cumplir su sueño: llegar con Ryan, su auto, al río mexicano Usumacinta. Su hijo elige volverlo realidad, y esparcir allí las cenizas. Una urna kitsch, un auto-batería, una madre preocupada y una aventura latinoamericana conforman la ópera prima de Ana Schimelman, que había estrenado como work in progress el Festival del año pasado.
Ryan, hermano motor es sin lugar a dudas la joya teatral del festival. Gabriel Waisbein, hombre orquesta, hace de un auto que habla a través de distintos instrumentos. Federico Pereyra sostiene un monólogo difícil y crudo con una flexibilidad admirable. Ambos, en una dupla increíble, enternecen y mantienen al público al borde de las butacas. El equipo que armó Schimelman es más que prometedor: habrá que tenerlos en la mira para futuras apariciones en la cartelera porteña.
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