
Fue la primera pintora uruguaya destacada, en una época en la que el arte era prácticamente una disciplina reservada para los hombres. Su singularidad también estuvo marcada por la sordera total que la afectó muy tempranamente, producto de una meningitis aguda. Desde pequeña, tuvo que aprender a comunicarse con su entorno con la ayuda de una maestra especializada que le enseñó a leer los labios y el lenguaje de señas. Posiblemente, esa distancia con el mundo la predispuso a Petrona Viera (1895-1960) a pintar.
Afortunadamente sus padres –Feliciano Viera fue presidente uruguayo entre 1915 y 1919– pudieron darle una educación privilegiada que pronto hizo hincapié en las artes plásticas. La mayor de 10 hermanos, Petrona creció en una casa grande rodeada de niños, inmersa en un mundo de juegos y de ruidos que no podía registrar. Sin embargo, más tarde lograría captar la intimidad y la intensidad de ese entorno de infancia a través de sus cuadros.
Alrededor de los veinte años comenzó a tomar clases de pintura en su casa de Montevideo con el maestro catalán Vicente Puig, uno de los pioneros del modernismo en el Río de la Plata, que pronto se marcharía a Buenos Aires. Continuaría luego con uno de los pintores sobresalientes de su época, Guillermo Laborde, que ejerció una influencia notable en su carrera. Laborde era por entonces una figura central del planismo, una tendencia pictórica que prendió en Uruguay en los años veinte y que la joven Viera cultivaría durante más de una década.

Fue a través de una muestra de José Cuneo, “el pintor de la luna”, que surgió el planismo como estilo artístico. Basado en grandes planos de color casi puros y en una manera de dibujar sin detalles ni volumen ilusorio, para esta corriente era tan importante el fondo como la figura. Buena parte de los pintores uruguayos de la época probaron esta modalidad, que dejaba atrás la representación tridimensional, descriptiva e ilusoria de la pintura tradicional para ingresar de lleno en el arte moderno. De alguna manera, fue el resultado de una interpretación local de nuevas vertientes como el fauvismo, el postimpresionismo y el cubismo.
Según la crítica, los cuadros planistas de Petrona Viera pertenecen al período más rico de su producción artística. Pero más allá de las imágenes bidimensionales y la paleta luminosa de colores, Viera desarrolló una temática propia que introduce por primera vez la mirada femenina en el arte uruguayo. Esta campea en la abstracción planista de una playa y sus médanos como en las escenas cotidianas que prefirió pintar, en la elaborada visión de los juegos de los niños, las tareas de los sirvientes y el trabajo de sus hermanas con el tejido.
Su serie de obras relativas al recreo de los niños, como en el cuadro que vemos, representan lo más característico de su arte. Sobre el lienzo se puede observar a un grupo de niñas que parece formar la tradicional ronda del conocido juego “Martín pescador”. Esta composición planista de vivos colores nos muestra el disfrute del mundo infantil, en un espacio sencillo aunque de fuertes contrastes entre la luminosidad del día y la sombra que proviene de un parral.

Tras la muerte de Laborde en 1940, Viera sufre una crisis que la lleva a cambiar la orientación de su trabajo. De la mano de Guillermo Rodríguez, incursiona en diferentes técnicas como el óleo, la acuarela y los grabados sobre madera y metal. Sus temas también cambiaron y comenzaron a aparecer en sus lienzos escenas de la naturaleza, flores y animales.
Por estos meses, una exposición de la pintora uruguaya recorre el continente americano. Actualmente en Santiago de Chile, la muestra ya pasó por Santo Domingo y luego llegará a Buenos Aires, antes de finalizar en los Estados Unidos. María Eugenia Grau, la curadora uruguaya a cargo de esta presentación, describió la obra de Petrona como “un gran diálogo entre su ser y su percepción del mundo, desde lo aparentemente cerrado-cotidiano a la expansión infinita de arenales, playas y horizontes a través del paisaje”.
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