
Después de las diez funciones de Nabucco esta temporada en el Teatro Colón (salvo que ocurra, en las dos últimas fechas por venir, una tragedia inconmensurable, gigantesca, es decir, operística), seguro se podrá decir que valió la pena la espera de treinta y un años desde la última vez que se representó en la principal sala lírica del país. En el mismo teatro la ópera de Giuseppe Verdi tuvo su estreno americano en 1914 y volvió a representarse en 1956, 1972, 1988 y 1991. La clásica tragedia, estrenada en La Scala de Milán en 1842, rápidamente se convirtió en un fenómeno popular no solo por la incomparable partitura, sino que la historia del pueblo judío oprimido por el cruel monarca Nabucco, rey de Babilonia, transformó a la obra en un símbolo de la lucha por la liberación de los italianos dominados por el imperio austríaco y al coro “Va pensiero” en un himno contra la opresión y los opresores, un clásico incorporado al imaginario social por generaciones y generaciones y en todo el mundo.
La producción de 2022 presenta esta ópera con la régie del italiano Stefano Poda, que diseñó una puesta en escena y una coreografía tan novedosas como impactantes y eficaces. Una reconfiguración estética de Nabucco que no pretende, como señala el mismo Poda en el texto incluido en el programa, “una operación aparentemente moderna en la que ‘más actual’ significaría ‘más reconocible’ o ‘menos aburrido’, pero sin llevarnos a descubrir horizontes verdaderamente nuevos”. La versión 2022 del clásico de Verdi (que ya se representó este año en Corea del Sur) logra ese objetivo con creces.
La imponente música de Verdi es la geografía donde se despliega un libreto donde pasa de todo: invasiones bárbaras y guerra tremenda; triángulos amorosos, disputas y traición; un monarca cuya furia desatada lo lleva a proclamarse él mismo Dios; ambiciones, ascensos, caídas y un pueblo que se levanta contra la opresión. A esta épica narrativa le corresponde una orquesta con una partitura magistral, unos roles protagónicos de registros vocales muy complejos (que a lo largo de la historia de esta ópera significaron un desafío para cantantes de primera línea) y un coro que es un protagonista permanente y que es el eje de “Va’, pensiero, sull’ali dorate”, centro simbólico de la obra. Representar un clásico de semejantes características de manera contemporánea supone plantear una relectura en términos escénicos, estéticos e incluso políticos que quedan plasmados en cada función.
La puesta en el Colón es deslumbrante. Los recursos estéticos son marcados por un escenario donde predomina un blanco luminoso –que se extiende al coro y los figurantes– y en el que el negro señala en el vestuario a los pocos personajes babilonios. Elementos escenográficos que podrían plantearse como minimalistas van marcando el pulso de los actos y la narración como monumentos modernos y significados propios que así se acoplan como personajes mismos: desde bocas, alas, orejas a una cinta de Moebius que se despliega contundente desde el cielo. El escenario circular móvil cumple un rol fundamental ya que le brinda una dinámica permanente a la acción, que se multiplica exponencialmente por la presencia permanente de alrededor de 40 figurantes masculinos vestidos y maquillados de blanco (que interpretan al pueblo) y que se potencian cuando se presentan en conjunto con el potente coro estable de la casa, compuesto por decenas de miembros de todos los registros vocales, y que le brindan monumentalidad al conjunto de la obra.

En “Va pensiero” a diferencia de un coro que le canta al público de frente, como se ha escenificado en términos tradicionales este pasaje, el coro (que canta: “Vuela, pensamiento, con alas doradas, / pósate en las praderas y en las cimas, / donde exhala su suave fragancia el dulce aire de la tierra natal” y que representa al pueblo judío bajo la bota de la guerra) permanece recostado en el escenario, dominado por la cinta de Moebius, símbolo del infinito o del Eterno Retorno, que tal vez indique en este nuestro tiempo el oprobio de la guerra, que siempre vuelve, y que debe acabar para volver a poner a los pueblos en pie.
Quedará, entonces, el registro 2022 de Nabucco como uno de gran potencia y luminosidad. La historia de la ambición de un rey que cierne el terror sobre un pueblo y su templo habrá tenido lugar en un Colón con diez funciones con localidades agotadas con mucho tiempo de anticipación. Una representación que no debería esperar décadas para volver a ocurrir.
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