Dos hombres sin rostro arriba de una moto, una mujer grande en un cajero automático. Una salidera. En un arrebato violento, la mujer es arrastrada por la vereda porque no quiere soltar su cartera y queda herida. Hay una fuga y el arrepentimiento inmediato de uno de los hombres, Miguel, quien busca reparar el daño que le hizo a esa mujer que podría ser su madre, su hermana, su amante.
Así comienza El motoarrebatador, un premiado filme de 2018 que sin embargo recién vi ahora, como efecto de una publicidad no buscada: la burla televisiva de algunos colegas por su título, en el marco de la polémica por los subsidios al cine argentino. Se trata de un modelo de burla al que quienes trabajamos en el campo de la cultura y de la investigación estamos acostumbrados: títulos de obras, proyectos o papers tomados al azar y sin contexto pueden dar como resultado algo divertido y para el chichoneo, claro, sobre todo si se lo encara por el lado del absurdo, como pasaba cuando en la escuela tomaban de punto a alguien por el apellido. Puede ser divertido, decíamos, salvo por un detalle: pensar que la crisis económica y política -a esta altura ya crónica de la Argentina- se resuelve cerrando el INCAA o el Conicet parece más absurdo todavía.
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No voy a entrar en debate con mis colegas; esta nota se propone recomendar una película que no solo es buenísima y tiene actuaciones excepcionales sino que, además, es un aporte para debatir en serio el tema de la inseguridad, que suele ser barrido bajo la alfombra por sectores de la sociedad que se autoperciben progresistas a la vez que es agitado por otros sectores que impulsan la mano dura contra el delito sin matices ni análisis. En el medio, la sensatez y la reflexión a través del arte: la película del director tucumano Agustín Toscano es ejemplo de un cine de calidad, capaz de entretener, de hacer pensar y también de alumbrar un tema sombrío y plagado de contradicciones.

Les contaba que Miguel (Sergio Prina) se arrepiente ya al comienzo de la película de lo que hizo y él, que anda solo por la vida, distanciado de la familia que lo rechaza y le teme y que solamente tiene cerquita el amor de León, su hijo pequeño, rastrea los hospitales hasta dar con su víctima, que se llama Elena (Liliana Juárez) y que, a consecuencia del episodio de violencia, perdió la memoria. El vínculo que inician será el centro de la historia, en la que hay drama, hay humor, hay emoción y hay memoria de un momento de la historia reciente de Tucumán, datado en 2013, cuando una huelga policial hizo de la provincia una zona liberada.
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La película -una coproducción entre Francia, Argentina y Uruguay estrenada en junio de 2018- tuvo su recorrido a nivel nacional, y participó y obtuvo premios en distintos festivales: Cannes (Francia), Bergamo (Italia), donde se llevó el Film Meeting Award - UBI Banca y San Sebastián (España), Havana Festival de Nueva York, Festival de Cine de Lima, entre otros.
En la trama, Miguel es un ladrón de poca monta (motoarrebatador es el nombre con el que los medios tucumanos nombraban a los delincuentes que asaltan al voleo desde su moto y que, en general, se conocen como motochorros) que anda en yunta con el Colorado, un mal bicho. Todo lo que hizo en el pasado sigue vivo en el presente aún cuando intenta enderezarse cuidando a la mujer que lastimó, inventando una historia, un pasado en común. De él sabemos eso, que hace dinero robando; de Elena, en cambio, no sabemos nada y ella tampoco parece saber o recordar nada de su vida.
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A primera vista, todo indica que pertenecen a clases diferentes (él duerme a la intemperie, ella en una casa grande, solo para ella; ella saca dinero del sistema bancario, él se los saca a las personas como ella); sin embargo, tienen mucho más en común de lo que es posible inferir en un comienzo. Son dos solitarios que terminan reunidos por un episodio impensado y construyendo por necesidad una relación inesperada. Victimario y víctima, Miguel se enreda en la mentira de su discurso; Elena habla mucho menos, sus ojos dicen mucho más. La música de Maxi Prietto, blues que se desangra, subraya lo que es necesario destacar -el desplazamiento de las motos, los viajes de la ciudad al campo- y se enlaza con lo más rico de la película de Toscano: la delicadeza en las imágenes y en el relato.
La escena del saqueo en cámara lenta es demoledora y tiene una historia real que en su momento fue noticia. Pese a la organización que había detrás de la filmación, ese día -en pleno invierno- un hombre con antecedentes policiales se coló en el falso saqueo para robar y se fue del local Tiburón -en el cruce de la Avenida Siria con Bolivia de la capital tucumana-, con un calefón, un colcha y una estufa. Resultó detenido.
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Agustín Toscano -que viene del mundo del teatro, igual que los actores protagonistas de su película- demoró cinco años en ver estrenado su proyecto, desde que comenzó como una idea seguramente bajo el influjo de un recuerdo personal: veinte años atrás, su madre sufrió un arrebato violento en la calle. Infobae lo consultó a propósito de la polémica por el título de su película y también por esta nueva oportunidad para que el público pueda ver la que es su primera película como director en solitario (antes había filmado Los dueños, con Ezequiel Radusky, protagonizada por Rosario Bléfari).
“Cae de maduro que hablar de una película, una obra de teatro o una ópera sin verla y hablar desde la suposición de un título ya te habla del prejuicio. Siempre es bienvenida la crítica, si es constructiva, mejor; si no, adelante igual al ejercicio de libertad de decir lo que se quiere, me parece fantástico, no nos cambia la vida. Si alguna vez se toman el tiempo de verla y de opinar, supongo que emitirán un juicio, ya no un prejuicio, y ahí podremos prestar atención en serio; por ahora no le presto más atención que como la bienvenida publicidad en que se ha transformado”, dijo el director.
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También usó la palabra prejuicio para hablar de los comentarios recientes el gran crítico argentino Roger Koza, quien dio a conocer su opinión sobre la polémica y sobre la película en las redes, y a quien Infobae consultó para esta nota. “A los oídos de una amplia categoría de prejuiciosos, de aquellos que resumen en el color de piel y en un medio de locomoción los pilares de una visión de mundo según la cual cada uno tiene el lugar que se merece y nada es más importante que el propio bienestar, el título El motoarrebatador emite signos de garantismo o progresía vetusta e irreal. Si pudieran reflexionar sobre la película, o al menos dejarse llevar por su relato, quizás podrían reconsiderar el desdén retórico con el que la descalifican”, señaló en un texto breve.
El director Toscano escribió los personajes pensando especialmente en los actores, a quienes ya había dirigido en su película anterior y también en teatro, ya que director y protagonistas vienen de trabajar arriba de los escenarios. Las actuaciones de Prina (tal vez los lectores lo hayan visto como el chofer del micro en el que viajan a la costa los personajes de Rita Cortese y Valeria Lois en Las siamesas, la premiada película de Paula Hernández) y Juárez están llenas de matices. Actúan con el cuerpo, con la mirada, con la sonrisa y con los silencios. Por momentos son enemigos, se desconfían o se desprecian, por momentos representan una versión local y precaria de la Piedad de Miguel Angel.
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La tonada tucumana, con el vocativo “culeao” a repetición en cada diálogo, le da un barniz especial. Lo que para cualquier porteño es excéntrico, en la provincia de donde son oriundos el director, los actores y los escenarios le entrega a su gente una historia propia, un espejo donde mirarse, reconocerse y discutir.

El pequeño milagro del cine
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Para el periodista y escritor tucumano Fabián Soberón, “El motoarrebatador pone en escena un conflicto moral y social: ¿cómo se construye un ladrón? ¿Cómo se desarma un ladrón?” Autor del libro El viaje inmóvil. Cine del norte argentino, publicado por la Escuela Universitaria de Cine, Video y Televisión de la Universidad Nacional de Tucumán, Soberón asegura que sin subsidio estatal, una película como la de Toscano no se podría haber filmado. “Como los libros, las músicas y las artes visuales, las películas son documentos de los conflictos sociales y culturales en las diversas direcciones del orbe. Además de crear un orden ficcional que puede funcionar como entretenimiento, las películas han ayudado a pensar las situaciones existenciales, físicas, temporales y sentimentales de las personas. Sin el cine el mundo sería más pobre y elemental. Para que el cine se produzca en países con economías pauperizadas como el nuestro, los realizadores necesitan del apoyo fundamental de los Estados. Una película como El motoarrebatador, con la calidad técnica y el desarrollo preciso y elaborado de la trama, hubiera sido imposible sin la ayuda del Estado”, aseguró.

Para Koza, la película tiene la fuerza suficiente para intervenir en la discusión pública. “Por la fuerza moral del relato y por la contundencia de sus intérpretes, la película de Agustín Toscano desmantela la perspectiva del sentido común proponiendo una interacción entre un ladrón y una mujer, a la que este le robó la cartera, que permite espiar el trabajo interior de la conciencia de los protagonistas”.
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El crítico y ensayista entiende que lo que pasa entre los personajes es “un pequeño milagro del cine: aprenden a descentrarse, consiguen tomar distancia del punto de vista con el que se experimenta el mundo y sus relaciones, y comprobar, finalmente, en el misterio del vínculo, una modificación imprevista de la conciencia. Inesperadamente, la diferencia de clase se atenúa y se resignifica en un encuentro humano de primer orden. Los distintos pueden ser próximos, pueden entenderse. Desdeñar una película como la de Toscano no es otra cosa que abogar por una contienda de algunos pocos privilegiados contra muchos desplazados y viceversa. Ante la evidencia de un tejido social herido de muerte, El motoarrebatador se rehúsa a participar del cinismo vigente y restituye estética e imaginariamente un gesto de amabilidad y asimismo de confianza por la racionalidad política”, concluye.
Por todo esto, vean El motoarrebatador. Todavía hay tiempo para ver (y recomendar) una gran película.

*El motoarrebatador, de Agustín Toscano, puede verse de manera gratuita en el sitio Cine.Ar.
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