
Aprender a leer significa aprender un sistema simbólico. Su adquisición constituye un hito en el desarrollo individual (ontogénesis) y también en la historia humana (filogénesis), ya que permite la comunicación y la transmisión cultural superando las limitaciones del aquí (espacio) y ahora (tiempo).
A la vez, contribuye al desarrollo cognitivo y, de hecho, cambia el funcionamiento cerebral, como muestra la neurociencia cognitiva.
Aparentemente, leer es una actividad visual, pero realmente consiste en un acto lingüístico. Lo remarcable es que se aprende a acceder al conocimiento lingüístico a través de una modalidad sensorial nueva, la visión, cuando la habitual es la audición.
De ahí que se considere como un acto no natural, al contrario que el lenguaje oral, que está biológicamente determinado. La consecuencia es que el dominio del sistema psicolingüístico al completo implica unas habilidades aprendidas, pero no enseñadas (lenguaje oral) y unas habilidades aprendidas y enseñadas (el lenguaje escrito).
Las guerras de lectura y el futuro mal lector
A lo largo del siglo XX se produjo un movimiento pendular entre los partidarios de un enfoque fonético y los que defendían un enfoque global. Provocó un enorme debate sobre cómo se debe enseñar a leer, periodo conocido como reading wars.
Estas guerras se han superado con el avance de la ciencia de la lectura. Desde principios del siglo XXI existe una sustancial evidencia para guiar unas mejores prácticas en la enseñanza, evaluación e intervención en lectura y para la identificación temprana del alumnado con riesgo de convertirse en mal lector.

El influyente informe National Reading Panel (2000), tras evaluar la investigación sobre los mejores métodos para la enseñanza de la lectura en EE. UU., indicó cinco pilares que deben tenerse en cuenta en la enseñanza de la lectura:
1. Conciencia fonémica. La importancia de la fonología es la gran aportación de la investigación en lectura. Hace hincapié en el paso de un uso y conocimiento inconsciente de las estructuras del lenguaje a un conocimiento consciente por parte de los aprendices lectores. Lo importante realmente es enseñar combinando conciencia fonémica y reglas de correspondencia entre grafemas y fonemas (RCGF). Al aprender a leer se hacen “visibles” los fonemas. Es decir, el niño entiende que en la palabra brazo hay cinco letras (grafemas) que representan los cinco sonidos (fonemas) correspondientes.
2. Enseñar el principio alfabético. Enseñar el conjunto de RCGF (código ortográfico del español) de forma explícita y sistemática, mediante métodos analíticos o sintéticos. El objetivo es lograr la automatización del reconocimiento de palabras. Tiene relación con el principio de pasar de lo explícito hacia lo implícito (de lectura lenta y con esfuerzo, a fluida y sin esfuerzo consciente) y también con el principio de integrar actividades de lectura y de escritura.
3. Fluidez. Se define como leer con precisión, velocidad (automatización) y expresividad. Esta definición dio lugar a numerosos trabajos sobre fluidez y abrió la investigación actual sobre el papel de la conciencia prosódica y la lectura prosódica en el desarrollo lector (es decir, del conocimiento consciente de los rasgos prosódicos del lenguaje como el acento o la entonación y de leer usándolos –leer como se habla–, también importantes para entender el significado de lo que leemos. Por ejemplo: la diferencia entre “ojo” y “oso” es un único fonema: /j/ o /s/. Pero entre “oso” y “osó” no hay diferencia segmental sino de intensidad; lo mismo ocurre entre “oso” y “¡oso!” o “No vamos” y “¿No vamos?”, donde la diferencia en entonación implica transmitir una señal de alerta o afecta al significado. De forma similar, una pausa cambia el significado (“No; quiero ir” y “No quiero ir”) e, igualmente, el cambio del ritmo de lectura. La lectura en voz alta, quizás descuidada en la escuela, es necesaria para el desarrollo y evaluación de la lectura prosódica.
4. Vocabulario. La extensión y profundidad del conocimiento sobre las palabras tiene una enorme importancia en la lectura. Charles Perfetti, investigador de la Universidad de Pittsburgh, ha formulado la hipótesis de la calidad léxica, que implica tener acumuladas representaciones semánticas, ortográficas, fonológicas y morfológicas de las palabras en el léxico mental.
5. Comprensión. Comprender los textos es el objetivo de la lectura y de su enseñanza, que hay que cuidar desde las fases iniciales de aprendizaje prestando atención a la enseñanza simultánea del código y de la comprensión. Ahora bien, es necesario lograr cierto grado de automatización en el reconocimiento de palabras para poder liberar recursos cognitivos para la comprensión y permitir la lectura expresiva o prosódica. La llamada comprensión profunda se alcanza tras largos años de aprendizaje lector.
A aprender a leer se aprende leyendo
La práctica lectora o volumen de lectura representa otro pilar al que a veces se presta poca atención.
Son necesarios muy pocos “encuentros” con una palabra no familiar (pronunciada correctamente) para que se reconozca fácilmente la siguiente vez que se encuentre (conocimiento ortográfico).
Las lecturas repetidas expanden el volumen de lectura, pero se debe expandir no solo el volumen sino también el número de textos diversos.
Necesidad de recursos y de acceso
En este sentido, son muy importantes las bibliotecas de aula, con fácil acceso a variedad de libros, sobre todo para niños de contextos desfavorecidos. Allington & McGill-Franzen (2021) revisan la investigación reciente para responder a la cuestión de si la actividad extensiva mejora la lectura o un alto logro de lectura conduce a una actividad de lectura más extensiva. La respuesta: se influyen recíprocamente, pero el efecto positivo se observó desde 3º de Primaria en adelante.
En suma, los cinco pilares están interrelacionados, aunque su importancia relativa varía según el nivel lector. La fluidez actuaría de puente entre el reconocimiento de palabras y la comprensión. A su vez, está conectada con la práctica, necesaria para la automatización y para el incremento del vocabulario, del conocimiento lingüístico y del mundo físico y social, cruciales en la comprensión.
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