Natalí Schejtman y su libro sobre Canal 7: una historia del país y de las dificultades de la TV pública para encontrar su modelo

En “Pantalla partida”, la periodista aborda la historia de la televisión pública a la luz de los grandes sucesos nacionales, e indaga sobre la diferencia entre una televisión estatal y otra gubernamental

La periodista Natalí Schejtman publicó una exhaustiva investigación sobre el canal de TV nacional (Paula Salischiker)
La periodista Natalí Schejtman publicó una exhaustiva investigación sobre el canal de TV nacional (Paula Salischiker)

Entre cambios de logos y autoridades, la historia de una programación y escenas en el edificio insignia de Tagle y Libertador que surgieron después de más de 150 entrevistas y de la investigación de documentos públicos, la periodista Natalí Schejtman hilvana en Pantalla partida las idas y vueltas de los últimos setenta años en Canal 7.

En un orden cronológico que no se desentiende de los nudos históricos que cambiaron la historia, dispuesto a ser alterado cada vez que sea necesario para vincular o explicar determinadas cuestiones, la investigación de Schejtman empalma la historia de la televisión pública con las grandes líneas de los sucesos nacionales. Así los detalles de cómo se gestó la transmisión inaugural el 17 de octubre de 1951 conviven con las anécdotas noventistas de la gestión de Gerardo Sofovich; mientras que la transmisión tragicómica del programa de Mirtha Legrand del 21 de diciembre de 2001, en pleno estallido, convive con la polémica sobre qué fue y para qué se ideó el programa 6,7,8 durante el kirchnerismo.

Schejtman es periodista, magister en Gobernanza de Medios y Telecomunicaciones por la London School of Economics and Political Science y forma parte del equipo de investigación del programa Industrias culturales, medios y políticas de comunicación en la convergencia de la Universidad Nacional de Quilmes. Es, además, la coordinadora por Argentina de Input, una red mundial de televisiones públicas. ”Canal 7 condensa un montón de cosas. Un medio de estas características cuenta la historia del país y, a la vez, la historia del país también explica algunos de los devenires de un medio”, reflexiona la autora, y cuenta que pensó el libro en la misma clave y con una estructura similar a la que usó Martín Sivak en El gran diario argentino. Una historia para dar cuenta de cómo un medio juega en el entramado histórico.

—En el libro, contás que fue cuando conociste el edificio y viste entrar bebés a la guardería que entendiste que el lugar “encerraba una historia de los medios, del país y del Estado”. ¿Qué te cautivó puntualmente de esa imagen? ¿Qué encerraba y qué fuiste entendiendo a partir de la investigación?

—Crecí en los años 90, Canal 7 –entonces ATC– era habitualmente retratado como un lugar imposible y algo monstruoso: un antro de corrupción, con una programación por momentos inentendible, una especie de sinsentido. Esa forma de hablar de ATC pegaba con una forma en general de referirse a la intervención del Estado en la cultura: desangelada, corrupta, chabacana. Esa idea del canal como un agujero negro “indomable” la seguí escuchando mucho tiempo más. Cuando supe que el canal tenía un jardín, me pareció que esas cuatro paredes encerraban un mundo. Una relación con la historia, con los medios, con el Estado y también una dinámica propia de familiaridad entre las personas que trabajan ahí. Había muchas dimensiones para abordar el canal y eso me resultó fascinante.

—El libro trabaja sobre la idealización de los medios públicos europeos. ¿Por qué crees que esto se retroalimentó en diferentes etapas? ¿Cómo podría generarse una concepción propia o por lo menos que no recurra a la extranjería?

—Poner a los medios públicos como ideal es un lugar común de muchos funcionarios que evidentemente creen que genera un aspiracional atractivo. Esta recurrencia suele ser algo vacía o incluso ampliamente contradictoria con lo que después hacen con los medios públicos argentinos aquellos que decían admirar vagamente a los europeos. Pero eso no significa que no sea necesario conocer y eventualmente tomar las experiencias de estos medios. De hecho, en la misma ley de medios de 2009, donde se crea Radio y Televisión Argentina, hay varios aspectos específicos de lo que llamamos la “gobernanza” de los medios públicos –el directorio, la designación de autoridades, etc.– citados de distintos países del mundo, lo cual tiene mucho sentido. Hay muchísimo trabajo institucional detrás de algunos de estos medios públicos europeos: especialmente en lo que atañe a su transparencia, a su visión de mediano plazo, a la confianza que les tienen sus audiencias (algo que no es estanco, y que pasa por temporadas altas y bajas). Pero eso tampoco significa que se puedan importar ni que eso sea deseable. Me parece que la discusión de qué es y qué puede ser un medio público/estatal en nuestro país tiene que recoger experiencias globales –no solamente de Europa sino también de América Latina y otras regiones– teniendo en cuenta las características de nuestra idiosincrasia y las necesidades de los ciudadanos. También, en dónde se ubican y qué pueden ofrecer de distintivo en un sistema de medios altamente competitivo.

—Advertís que, a lo largo de los años, el canal mostró “una gran dificultad para transformarse que convive con 70 años de refundaciones constantes”. ¿Por qué crees que se da esta paradoja?

—Si uno se fija en la cantidad de nombres y de logos que tuvo el canal, puede advertir cuántas veces se intentó reinaugurar. Eso sumado a que es una narrativa muy típica de la gestión entrante denostar a la anterior. Eso no es algo de ahora: empezó en 1955, es decir, en el primer recambio de gobiernos que, además, en este caso, tuvo la particularidad de que el flamante gobierno asumió después de un golpe de Estado y que tenía la proscripción del pasado inmediato –el peronismo– como política oficial. Pero mientras este borrón y cuenta nueva es algo tan habitual en esta institución, hay muchas discusiones alrededor del canal que existen hace décadas, que se estiran y que no fueron saldadas o sobre las que no hay un consenso que se sostenga en el tiempo: la función del canal, la pregunta por si tiene que competir con los privados o no, si tiene que tener rating, si tiene que tener fútbol. Es impresionante encontrar estas preguntas ya desde los años 50. Por otro lado, como sucede en muchos otros lugares del Estado, es difícil transformar estructuras tan complejas para adaptarse rápidamente a las necesidades del presente y del futuro próximo. Ni hablar de los cambios en la industria de los medios, de los que Canal 7 quiere ser parte: exigen una adaptación que desafía a las empresas privadas. Me parece que los sucesivos cambios de timón y los ímpetus refundacionales que finalmente son poco duraderos atentan contra un proyecto de medio estatal sostenible, ambicioso y previsible para las audiencias.

(Paula Salischiker)
(Paula Salischiker)

—En el epílogo, te preguntás si vale la pena tener un canal estatal aunque sea gubernamental y respondés que sí. ¿Cuáles son los motivos que te hacen sostener esto?

—Tal como el canal se organiza y administra históricamente, es muy difícil que no dependa del gobierno de turno, pero Estado y gobierno pueden innovar de un montón de modos en un medio de comunicación: en términos de contenidos pueden tomar riesgos artísticos que ningún otro puede, en términos organizacionales pueden promover una política que realmente diversifique los engranajes de su producción –en cuanto a género, a clase, a procedencia geográfica–. Y en términos institucionales podría promover una transparencia que no tienen ni los medios privados ni las plataformas: ser un medio realmente abierto a la comunidad, en todos los sentidos posibles.

—La pandemia reavivó el debate sobre el rol de los medios públicos y el derecho a la información en medio de una emergencia sanitaria. ¿Cómo incorporó esto el canal?

—“Seguimos educando” fue una respuesta rápida a una situación excepcional que planteó la pandemia y al menos en una etapa cumplió un rol importante. Eso es algo que pasó también con otros medios estatales y públicos en la región y del mundo y es un ejemplo del rol que adquirieron estos medios durante la pandemia. La discusión sobre cómo convertirse en faros informativos fidedignos, plurales y democráticos frente al aluvión de noticias falsas sobre el virus y su tratamiento es un debate abierto y un desafío cotidiano: los medios históricamente más confiados por sus audiencias se ubican en un mejor lugar para erigirse ahí, pero de ninguna manera pueden dormirse en los laureles ni están exentos de todo tipo de cuestionamientos.

Fuente: Télam

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