
Nacido en Normandía, el cubista francés Fernand Léger (1881-1955) se trasladó a París en 1900, donde trabajó como dibujante de arquitectura y acudió a clases de pintura de Gérôme y de Gabriel Ferrier. Durante sus primeros años, como todos los artistas que querían pertenecer a las vanguardias en aquellos tiempos, el impresionismo de Cezanne determinó su camino, pero rápidamente se sumó al espíritu de la época, en espacial tras conocer el primer cubismo de Pablo Picasso y Jacques Braque.
Como su formación inicial fue en el mundo de la arquitectura, adaptó el movimiento a su lenguaje y así, durante toda su obra desarrolla una reunión entre lo arquitectónico, en un juego que combina la figura, las líneas y una gama de colores potentes. Tras un primer momento volcado más hacia el figurismo, para 1913, su serie Contrastes de formas lo lleva a un territorio donde compone la imagen a partir de figuras geométricas.
En esta época sus planteamientos fueron más abstractos, vinculándolo al grupo de Puteaux, entre los que se encontraban los hermanos Marcel Duchamp, Raymond Duchamp-Villon y Jacques Villon, interesados por la analogía entre el arte, las matemáticas y la música.

Léger, junto a Picabia, Duchamp y Kupka, es considerado como uno de los artistas relacionados con el orfismo, cuyo principal medio de expresión es el color, tanto en forma como tema, otorgando una enorme importancia a las analogías entre la pura abstracción cromática y la musical, en la que en la que se prescinde de la identificación del espacio pictórico.
En 1931 visita por primera vez los Estados Unidos y, en 1935, el Museo de Arte Moderno de Nueva York y el Instituto de Arte de Chicago exponen su obra. Durante estos años realiza María la acróbata, un óleo sobre tela (130 x 97 cm), que se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina.
“Fechada en 1936, Marie l’acrobate se inscribe en los debates de la época en torno a la noción de realismo. En efecto, frente a las posiciones más ortodoxas de Louis Aragon el realismo socialista, Fernand Léger defiende un nuevo realismo que, anclado en la vida moderna, permita al pueblo ‘entrar en el dominio de lo bello, que le estuvo, hasta ahora, vedado’. El medio para el artista es el arte mural y señala que ‘la obra de arte no debe participar en la batalla, la obra bella no se explica, ella no quiere probar nada’. En el dorso de la obra figura la inscripción “Marie l’acrobate. F. Léger a Monsieur Amancio Williams cordialment F. Léger, 1947″, lo que indica el recorrido casi directo del atelier del artista al Museo”, escribe María Teresa Constantín en el libro del 90 aniversario de la Asociación de Amigos del Bellas Artes.
La obra perteneciente a Williams, importante arquitecto del Movimiento Moderno argentino, participó de la muestra De Manet a Nuestros Días en el MNBA de 1949, y entre diciembre de 1970 y febrero de 1971, la Asociación Amigos, presidida en ese momento por Bonifacio del Carril y con la recomendación de Samuel Oliver, director interino del Museo, compra la pieza para el espacio porteño.

El cubismo órfico de Léger se orientó también hacia el desarrollo de la iconografía de la máquina y se interroga sobre su tiempo, sobre el avance de la industria y la tecnología. El artista, además, estuvo en contacto con la vanguardia rusa y con los futuristas italianos, por lo que mantuvo una estrecha relación con el pintor Robert Delaunay.
A partir de encontrar su propio estilo, su historia se ensancha, se abre y se ramifica como un río. Trabaja en cine, hace ilustraciones y tapas de libros, se convierte en profesor de la Universidad de Yale de Estados Unidos. También pinturas murales, vidrieras, mosaicos, esculturas polícromas de cerámica y escenografías teatrales. Su obra exquisita y enorme se encuentra en los principales museos del mundo, pero más que nada en el pueblo de Biot, donde se aloja el museo nacional Fernand-Léger, inaugurado en 1960, cinco años después de su muerte.
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