
El escritor estadounidense David James Poissant, autor de un libro extraordinario y apabullante, El cielo de los animales, y de una primera novela áspera como esos cuentos, Vida de lago, que le valieron un lugar brillante en la literatura contemporánea de su país, cuenta, con motivo de su participación en el festival literario FILBA, que sigue escribiendo sobre esa sociedad norteamericana donde por primera vez en décadas los hijos están peor que los padres, diseccionando lazos familiares y de clase.
“Me alegro de que Trump se haya ido, pero me preocupa que no se haya ido para siempre”, afirma.
Poissant dio una clase de narrativa por Zoom para el FILBA y dialogó sobre su obra, la escena literaria de estos días y la actualidad. Está trabajando en una segunda colección de cuentos y en una segunda novela. “La colección de relatos se titula provisionalmente Hijos e hijas -indica-. Todos tratan sobre relaciones parentales, en su mayoría ambientadas en la actualidad en Estados Unidos. La novela está en curso, pero también tiene que ver con una familia en el estado norteamericano de Florida”, anticipa.
Es en Florida donde vive hace más de una década con su esposa y sus hijas mellizas, desde que decidió dejar de enseñar como maestro de Lengua para dedicarse a la literatura y enseñar escritura en una maestría de Bellas Artes de la universidad de ese estado. Nació en 1979 en Syracuse, Nueva York, y creció entre los suburbios de Atlanta y Georgia, adonde se mudaron impulsados por mejoras salariales. Vivió en Arizona, Ohio y ahora vive en Orlando.
El cielo de los animales se concentró en la blue collar, la clase obrera desde la que sus padres ascendieron hasta la clase media que después retrató en Vida de lago. La novela habla, desde el punto de vista de cada uno de los seis protagonistas, de una pareja a punto de jubilarse que decide vender su casa de vacaciones y del conflicto que eso suscita en sus hijos adultos, menos favorecidos que ellos social y económicamente, durante el último fin de semana que la familia comparte en esa casa, antes de que cambie de dueños. En ella uno de los protagonistas espera hijas mellizas.
Si uno de aquellos cuentos sirvió de disparador para Vida de lago –los ya mayores Richard y Lisa Sterling son los jóvenes protagonistas de La geometría de la desesperación-, de momento, dice Poissant, “la nueva planta un mundo propio, aunque existe la posibilidad de que Amelia, la novia de Marco en Vida de lago, se desplace desde las Carolinas hasta Florida para hacer un cameo. Siempre estoy escribiendo cuentos y ensayos. No me faltan ideas, solo me falta tiempo”.

En el FILBA el escritor repasó elementos infravalorados que hacen posible una buena narración, desde el ritmo hasta los niveles de distancia psíquica en el punto de vista, pasando por el mantenimiento de motivos temáticos o visuales a lo largo de la obra.
“Hay pros y contras en la comunicación en un mundo digital. El lado positivo es que la ubicuidad del Zoom nos alcanza un público más amplio que nunca. Por desgracia, todavía no he experimentado una lectura virtual que produzca la misma sacudida eléctrica que un evento presencial. Extraño la verdadera interacción humana de los viejos tiempos, aunque salvar vidas es mucho, mucho más importante que asistir a eventos o vender libros”
Poissant publicó cuentos y ensayos en medios muy reconocidos, como The Atlantic, The New York Times y The Chicago Tribune. Entre los premios que ganó con El cielo de los animales, en Argentina publicado por Edhasa, igual que Vida de lago, están el Alice White Reeves Memorial, el Matt Clark y el Rope Walk Fiction Chapbook.
—Los relatos de El cielo de los animales y la novela Vida de lago diseccionan los lazos familiares. Para Katya Adaui, cuentista peruana contemporánea, “el mar, como la familia, tiene esa cosa ambigua, que te refugia y a la vez te espanta”. Para Fabián Casas, otro escritor contemporáneo tuyo, argentino, “todo lo que se pudre forma una familia”. ¿Qué materia prima es la familia para tu literatura?
—Un desconocido en la calle o en Twitter puede decirte una maldad que se te quede grabada durante días, pero un padre puede decir tres palabras que te persigan de por vida. Un hermano puede infundir miedo en tu corazón con un suspiro. Me encantan todas las metáforas anteriores. Es difícil medir el grado en que estamos ligados al mar, a la podredumbre, al lago o a la moneda de la familia. La familia puede ser una secta, o puede ser la bestia que te salva. Creo, hasta cierto punto, en la interconexión de todas las cosas. La cita de Casas resuena con la novela de Richard Powers, ganadora del premio Pulitzer en 2018, The overstory. Cuando los árboles se pudren, sus esqueletos se convierten en hogares para familias de insectos, de otros animales y de hongos. Los árboles y los hongos intercambian nutrientes. Todo está conectado. Todo depende de la vida o la muerte de un ser vivo. Y esto también es una especie de familia.
—Tus relatos hablan de otra gran familia: la clase trabajadora estadounidense y de una clase media alta que no heredará sus beneficios a sus descendientes. ¿A qué se debe esta situación generacional, ese movimiento social inverso que describe Vida de lago?
—Mi generación es la primera en más de un siglo, en Estados Unidos, a la que le irá peor, económicamente, que a todas las generaciones anteriores. Hay muchos factores, pero los tres más importantes son, probablemente, que los impuestos son demasiado bajos, que la asistencia sanitaria aún no es universal y que estamos destruyendo nuestro medio ambiente. Las generaciones más jóvenes de estadounidenses heredarán una tierra con muchos menos árboles y especies, un suelo y cursos de agua mucho más contaminados. Están heredando un sistema sanitario roto que da prioridad a la vida de los ricos y los privilegiados y una generación de padres y abuelos con mayores necesidades sanitarias y sociales. No creo que la respuesta sea deshacerse de los servicios. Debemos cuidar de todos. Pero eso cuesta dinero. Necesitamos más servicios, lo que significa más dinero, lo que significa más impuestos. Y muchos políticos votarán por el bienestar de las empresas en lugar del bienestar de los ciudadanos, por la seguridad de las empresas en lugar de la seguridad social. Tenemos que aumentar los impuestos para destinar dinero a la salud y la vida de las personas y las tierras y las vías fluviales, lo que significa gravar a quienes más ganan con mayores impuestos. Pero a mucha gente no le gusta esa idea, prefieren quedarse con su dinero y dejar que sufran los que los rodean.

—Algunos de tus textos, tan literarios, hablan muy claramente de la polarización política extrema de Estados Unidos, tal vez nunca más clara que el día del ataque al Capitolio por parte de simpatizantes de Trump contra el recién asumido presidente Joe Biden. Días en los que por otra parte, en Argentina, aparecía Vida de lago. ¿A qué creés que responda ese fenómeno?
—Los estadounidenses mayores tienden a ser conservadores, los más jóvenes, tienden a ser liberales. Pero el número de conservadores está creciendo en todos los grupos de edad. Me preocupa que en las elecciones de mitad de período de 2022 se produzca un gran giro reaccionario que se aleje de Biden y se dirija a gobernadores, senadores y representantes conservadores. Me alegro de que Trump se haya ido, pero me preocupa que no se haya ido para siempre.
—Como tantos antes, tu obra plantea el fin de la idea del sueño americano. ¿Comparte la sociedad estadounidense hoy un sueño común, centrado en el progreso humanista más que económico?
—Creo que es vergonzoso que Estados Unidos haya tenido 46 presidentes, 45 de los cuales han sido hombres blancos, que todavía estemos luchando por los derechos de las mujeres, de las minorías, de las personas LGBTQ+ y de los pobres. No sé si Estados Unidos priorizará alguna vez la vida de su gente sobre el crecimiento de su economía. Espero que lo hagamos. Espero que lo hagamos pronto. Lo peor es que no es una tendencia exclusiva de nuestro pueblo. Europa occidental está lidiando con muchos de los mismos dilemas.
—¿La pandemia tuvo algún impacto en tu trabajo?
—La pandemia hizo que escribir sea más solitario de lo que ya era. Me resultó muy difícil escribir en la cuarentena. Pero este año siento que he vuelto a encontrar mi voz.
—¿Qué está leyendo ahora?
—Entre mis últimas lecturas favoritas están El libro del clima, de Jenny Offill, y Stoner, de John Williams.
Fuente Télam
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