
La ciudad italiana de Rímini inauguró recientemente un museo dedicado a Federico Fellini que se despliega a lo largo de 16 salas de un mítico castillo del siglo XV, a pocos metros de donde el realizador vio su primera película sentado en el regazo de su padre. El museo propone al visitante desde paseos por la niebla invernal de la playa con los personajes fellinianos hasta diálogos imposibles entre el Marcello Mastroianni de La dolce vita y el de 8 ½.
La iniciativa, llevada adelante por la compañía cinematográfica Lumière y diseñada por el Studio Azzurro, ofrece espacios que celebran a los actores y colaboradores de Fellini, especialmente a dos de ellos: Marcello Mastroianni y Anita Ekberg. La sala dedicada a esta última se llama “La sognante” (La soñadora) y en ella una gigantesca estatua reproduce a la actriz en la famosa escena de La dolce vita en la que aparece mojándose en la Fontana de Trevi, en Roma.
Fellini, creador de obras maestras como 8½, Amarcord o La strada, nació en enero de 1920 en la ciudad que ahora lo homenajea. Murió de un ataque al corazón en Roma en 1993, poniendo de luto al mundo del cine. Sus extrañas tramas y su humor, a veces arriesgado, han influido en generaciones de directores posteriores.
El museo recién inaugurado ofrece varios espacios interactivos dedicados a la vida y a la obra, a los sueños y a la realidad del realizador italiano, que a los 18 años se fue a la capital italiana buscando fortuna como viñetista y dibujante, aunque fue en el Teatro 5 de Cinecittà donde construyó la mayoría de sus ensoñaciones. Fellini creció en el centro histórico de esta ciudad a orillas del Adriático, alrededor del Castel Sismondo, residencia de los Malatesta, los señores de Rímini en el quattrocento, y prisión en los tiempos en los que, siendo niño, jugaba en sus alrededores con sus amigos.

El edificio, abandonado durante años, renace como la sede principal del nuevo museo, con múltiples instalaciones y gran despliegue de tecnologías inmersivas que permiten al visitante convertirse en spettautore (un juego de palabras entre espectador y autor). La barrera de la pantalla se rompe y el ambiente invita a sumergirse en un mundo casi onírico que propone paseos por la niebla invernal de la playa de Rímini con los personajes fellinianos, diálogos imposibles entre el Mastroianni de La dolce vita y el de 8 ½ o las bandas sonoras de Nino Rota a todo volumen en una habitación inspirada en Ensayo de orquesta (Prova d’orchestra).
La imaginación y la diversión acompañan la visita, un repaso completísimo que puede llegar a durar hasta seis horas si se quiere ver todo el material audiovisual recopilado, aunque no todo corresponde a películas del cineasta italiano ya que hay también imágenes documentales de archivo que corroboran que Fellini retrató como nadie la Italia del siglo XX.
Desde que, con seis años, pisó por primera vez un cine –el Fulgor, para ver la película Maciste en el infierno (de Guido Brignone, 1925), sentado sobre las rodillas de su padre–, Fellini no dejó de soñar con el séptimo arte. Precisamente en esta sala comenzó a acercarse profesionalmente al cine gracias a un trato con su propietario: el joven Federico, que despuntaba como dibujante, podía ver las películas a cambio de caricaturas de los actores que servían como publicidad para la sala.

En esa sala, emplazada en un edificio del siglo XVIII, abrirá en octubre la otra sede del museo, más tradicional y con objetos de documentación y estudio. Los dos espacios, Castel Sismondo y Cinema Fulgor, están separados por un recorrido a pie de apenas cinco minutos. Entre ellos se encuentra la plaza Malatesta, donde recalaba el circo que tanto gustaba a Fellini de niño. También este espacio abierto al público, a los pies del teatro de la ciudad, ha sido remodelado con guiños al cineasta, como una larga plataforma de agua que, a través de emanaciones de vapor, simula un ambiente neblinoso.
Federico Fellini ganó cinco premios Oscar, para el que estuvo nominado doce veces. Trabajó con la actriz Giulietta Masina, su musa absoluta, con quien se casó en 1943, y entabló una relación profesional con Roma. Allí se rodaron 8 ½ (1963), La strada, La dolce vita (1960), Las noches de Cabiria (1958) y también algunos de sus últimas películas, como Y la nave va (1983) o Ginger y Fred (1986).
Fuente: Télam
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