17 cuadernos ocultos, una hija llamada B. y el pacto para proteger un apellido: el libro que revela una historia desconocida de la intimidad de Freddie Mercury

A partir de manuscritos que el cantante entregó antes de morir, Lesley-Ann Jones reconstruye un pasaje oculto durante tres décadas del cantante británico

El libro del día: "Love, Freddie. La vida secreta y el gran amor de Freddie Mercury", de Lesley-Ann Jones
El libro del día: "Love, Freddie. La vida secreta y el gran amor de Freddie Mercury", de Lesley-Ann Jones
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Lesley-Ann Jones reconstruye en Love, Freddie. La vida secreta y el gran amor de Freddie Mercury la existencia de una hija desconocida del líder de Queen, identificada solo como B., a partir de 17 cuadernos personales que el músico le entregó antes de morir y que permanecieron ocultos durante tres décadas.

La mujer, que ejerció como médica, murió de cáncer el pasado enero a los 48 años. Antes de fallecer compartió los diarios con Jones porque rechazaba la imagen pública de su padre y no quería que “la verdad muriera con ella”.

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La periodista musical ya había publicado cuatro biografías de Mercury entre 1997 y 2021 cuando recibió, durante la pandemia, un correo electrónico de B. La autora dedicó tres años a trabajar con ella y sostiene que los cuadernos revelan abusos sufridos en un internado, la continuidad de su fe zoroastriana, su vínculo con Mary Austin y su vida como padre.

B. nació en 1976 después de que Mercury mantuviera una relación con una amiga casada, integrante de un matrimonio adinerado cercano al cantante. La madre comunicó el embarazo tanto al artista como a su marido y decidió continuar con la gestación.

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El acuerdo entre los tres permitió que la niña creciera como hija del matrimonio, aunque conociera a Mercury desde pequeña. El cantante la llamaba todos los días y viajaba para convivir con ella en propiedades de la familia, especialmente en Montreux.

Mary Austin y Freddie Mercury (Grosby)
Mary Austin y Freddie Mercury (Grosby)

Jones no revela la identidad del padrastro ni de la hija. “El padrastro de B. era un hombre extremadamente rico, diez veces más que Freddie, probablemente más rico que la familia real”, afirmó la escritora, quien indicó que la familia tenía una flota de aviones privados y mansiones en varios países.

Mercury contaba con una suite en cada una de esas residencias. Mantener el secreto buscaba preservar el “buen nombre” de la familia y evitar que B. fuera perseguida por los medios de comunicación.

La hija recordaba paseos por los prados de Montreux, regalos navideños y las reprimendas de su padre cuando no hacía los deberes o desobedecía a sus padrastros. También describía a Farrokh Bulsara como un hombre que quería abandonar los escenarios, formar una familia y que murió antes de concretar ese proyecto.

“Ella aprendió muchas cosas de su padre, conocía el mundo gracias a él, y quería que su padre fuera recordado como alguien complejo, inteligente, culto y educado”, explicó Jones. La autora definió al personaje público como una construcción destinada a proteger una vida mucho más reservada: “Freddie Mercury nunca existió, fue un constructo, una máscara que Farrokh Bulsara se inventó para ocultarse detrás”.

La relación del cantante con Jim Hutton, que lo acompañó hasta su muerte en 1991, también queda bajo una lectura distinta en el libro. B. niega que ambos fueran pareja, pese a que convivieron en Garden Lodge, la casa londinense de Mercury.

Con Jim Hutton
Con Jim Hutton

Mercury comenzó a escribir los diarios al enterarse del embarazo. Los cuadernos, redactados a bolígrafo, reunían recuerdos personales y explicaciones para una hija a la que veía de forma intermitente.

Pocos meses antes de morir, Bulsara se los entregó a B. el mismo día en que le comunicó que tenía sida y que le quedaba poco tiempo de vida. Jones sostuvo que el músico no le ocultaba información a la niña: “Mercury nunca tuvo secretos con su hija, alguna gente dice que fue un error porque se trataba de una niña al fin y al cabo, pero ella no lo ve así”.

La autora añadió que B. consideraba valiente que su padre le hubiera contado su vida sexual y personal sin maquillajes. “B. considera que fue muy valiente por parte de su padre contarle exactamente quién era o qué hacía, nada de ello le avergonzó”.

Los escritos retroceden hasta la infancia de Farrokh Bulsara en Zanzíbar, donde su padre trabajaba como funcionario del Imperio británico. Pertenecía a la comunidad parsi, población de origen iraní y religión zoroastriana asentada en la India, y pasó sus primeros años en la isla antes de ser enviado, a los ocho años, a un internado inglés cercano a Bombay.

El joven destacó en los estudios y descubrió allí la música occidental, pero también padeció castigos físicos, normas que le impedían hablar sin autorización y hostigamiento de otros alumnos. “Sufrió bullying de sus compañeros, y fue violado por un profesor durante un largo periodo de tiempo, lo que provocó aún más burlas de sus compañeros”, relató Jones.

Una estatua de bronce con un brazo en alto está cubierta de flores, guirnaldas y globos mientras varias personas la fotografían
Varias personas se congregan junto a la estatua de Freddie Mercury, decorada con arreglos florales y globos para conmemorar el aniversario de su nacimiento.

La vergüenza le impidió contar lo ocurrido a sus padres. Según la autora, el futuro cantante se refugió en la música y en Rhye, el universo imaginario asociado a “Seven Seas of Rhye”, inspirado en el río Oxus, hoy llamado Amu Daria, dentro del antiguo imperio persa.

Bulsara conservó el zoroastrismo hasta el final de su vida y transmitió esa fe a su hija. Sus resultados académicos descendieron y regresó a Zanzíbar a tiempo para presenciar la independencia de la isla y el genocidio contra las poblaciones musulmana e india, tras el cual la familia huyó a Inglaterra.

En Inglaterra empezó a utilizar Freddie, el nombre que había recibido en el colegio. El apellido artístico surgió de la estación de vigilancia que la NASA instaló en Zanzíbar en 1960 como parte del proyecto Mercury.

B. sostiene que las canciones de su padre hablaban de amor y felicidad como respuesta al sufrimiento de su juventud. También cuestionó varias versiones asentadas sobre el cantante, incluidas las representadas en la película Bohemian Rhapsody, cuya falta de precisión fue uno de los motivos para autorizar la difusión de los diarios.

El libro afirma que los ojos de Mercury no eran azules, sino negros, y rebate que tuviera una mala relación con sus padres. También sitúa su interés por la ópera mucho antes de su colaboración con Montserrat Caballé: la vio actuar en 1981, aunque ya había pensado una década antes en referencias a La flauta mágica que aparecerían en “Bohemian Rhapsody”, publicada en 1975.

Freddie Mercury en el 'Hot Space Tour' de Queen, en 1982.
Freddie Mercury en el 'Hot Space Tour' de Queen, en 1982.

La vida sexual del músico ocupa otro tramo de la reconstrucción. Jones describe un período de sexo y drogas particularmente intenso entre 1983 y 1985, alimentado por la prensa sensacionalista británica y por el entorno del cantante, incluido Paul Prenter, su amante y mánager, quien divulgó información sobre él a cambio de dinero.

Mercury separaba el sexo de la pareja, una distinción que le permitió conservar hasta el final su relación con Mary Austin, mientras mantenía numerosos amantes, algunos durante períodos prolongados. Jones indicó que, en las décadas de 1970 y 1980, Mercury entendía que el mundo no estaba preparado para la identidad que tenía, mientras B. lo definía como “varón sexual y polígamo”.

La autora cree que la carrera de Mercury tampoco se habría prolongado mucho más, incluso sin la enfermedad. “Incluso con 40 años, Freddie decía que ser una estrella de rock a los 40 era ridículo, no habría aprobado lo que hacen los Rolling Stones, Paul McCartney o Roger Daltrey, que todavía actúan con 80 años. Mercury era una persona muy digna”, sostuvo.

Jones señaló además el deterioro de su voz y el cansancio que le provocaban las actuaciones. “Quizá habría seguido componiendo, como hicieron los Beatles a partir de 1966, pero no habría continuado con Queen, y Queen sin Freddie no puede ser Queen”.

Tras la muerte de B., los diarios quedaron en poder de su marido, quien deberá conservarlos hasta que sus hijos, los nietos de Mercury, lleguen a la mayoría de edad. También mantiene una colección de fotografías familiares, de la que cerca de un centenar formará parte de un próximo libro.

Los manuscritos fueron revisados por dos equipos de abogados y no aparecen citados de forma directa en Love, Freddie. Jones explicó que la legislación británica no convierte en propietario del contenido a quien recibe un libro o manuscrito, mientras que los titulares de los derechos de Queen podrían reclamar las anotaciones vinculadas a canciones.

“Hay muchas anotaciones de las canciones, podrían argüir que los textos no pertenecen solamente a Mercury”, dijo Jones. Para evitar ese conflicto legal, la autora utilizó el relato de B. como intermediario de los cuadernos.

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