
El mundo de las letras lamenta al unísono la muerte del editor y escritor Roberto Calasso, figura emblemática de la cultura italiana, quien falleció este jueves en Milán a la edad de 80 años. Autor de una vasta obra de ficción y ensayo, en la que sobresalen títulos como La ruina de Kasch y Los cuarenta y nueve escalones, Calasso se ganó un prestigio internacional ante todo por su labor en la editorial Adelphi, en la que como director supo llevar a un público más amplio las novelas de escritores de la talla de Milan Kundera y Sándor Marai, entre otros autores centroeuropeos. También fue traductor para el sello de Nietzsche y Kafka.
Ya hacía tiempo que Calasso estaba enfermo, pero así y todo nunca dejó de publicar. Este mismo jueves de su partida salieron a la venta en Italia dos memorias de su autoría, Memè Scianca, en la que narra su infancia en la ciudad florentina, y Bobi, sobre el crítico y escritor Roberto Bazlen, uno de los fundadores en 1965 de Adelphi. En tanto, su más reciente libro traducido al español, Cómo ordenar una biblioteca, llegará a las librerías en septiembre por la editorial Anagrama, que ha publicado varios de los últimos títulos del autor. “Lamentamos profundamente la muerte de Roberto Calasso, escritor, editor y gran amigo. Nos despedimos de una figura única en el panorama intelectual”, expresó ayer el sello con sede en Barcelona. También la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), en México, lo recordó como un “enorme escritor y editor italiano”, que en 2004 recibió el Homenaje al Mérito Editorial de la Feria. “Vamos a extrañar con dolor su inteligencia”, escribió el ex director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel.
Calasso nació en Florencia el 30 de mayo de 1941 y fue un lector voraz desde muy temprano, al punto que -según afirmaba- con tan solo trece años se leyó los siete tomos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Doctorado en literatura inglesa y políglota, Calasso era un apasionado de la mitología clásica, inquietud que abordó en varios de sus libros, y que resplandece en Las bodas de Cadmo y Harmonía, obra que le valió el Premio Formentor. “Para nosotros el conocimiento es ‘A igual a B’, pero en el mito no es así, A se transforma en B”, dijo en alguna entrevista cuando fue publicado el libro, y también señalaba que el lector no debía asustarse de que aparecieran tantos nombres, “en el fondo, no hay historias más entretenidas que los mitos griegos”. No se equivocaba, ya que fue un éxito de ventas que superó los 600.000 ejemplares.

Fue un admirador de la obra de Walter Benjamin, aunque siempre se mantuvo distante del predominio cultural que ejerció la izquierda en su entorno. El interés por el pensador alemán se ve reflejado en Los 49 escalones, una compilación de ensayos en los que reflexiona sobre la modernidad europea. Con su erudición y su interés por el mundo clásico no perdía de vista los problemas más actuales de una época ya sin dioses pero en la que la inconsistencia y la ambigüedad llevan a la violencia y al terrorismo. Algo de eso trata en La actualidad innombrable, donde cuestiona la vana fe en la ciencia y la tecnología que rodea a un presente cuyo sentido se nos escapa.
En La marca del editor, también publicado por Anagrama, elabora una serie de pensamientos sobre su oficio, al cual defendía como un género literario más. Ante la omnipresencia de internet y el rápido acceso a una enorme biblioteca virtual, el rol del editor como intermediario entre el autor y el lector se torna indispensable. Esa bibliomanía continúa en el libro que próximamente se lanzará en el país, en cuyas páginas escribió: “Siempre desconfié de los que quieren conservar los libros intactos, sin ninguna marca de uso. Son malos lectores. Cada lectura deja marcas, aunque ninguna marca queda en el papel. En cuanto a las marcas sobre los libros, todo está permitido salvo escribir o subrayar con birome, porque es una suerte de lesión irreparable del objeto”.
Adelphi, su segundo hogar, donde será velado en esta jornada, agradeció por Twitter “los innumerables mensajes de cercanía y cariño”. El alcalde de Milán, Beppe Sala, afirmó que la ciudad llora “un pilar sobre el que nuestra comunidad puede construir el futuro”.
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