
La Biblioteca Popular y Asociación Vecinal a la que estoy asociado -barrio porteño de Saavedra- reiteró su solicitud de breves notas, con temáticas que inspiren a la lectura de bibliografía accesible, disponible o no en la Biblioteca misma. En esta oportunidad, y con las debidas indicaciones bibliográficas, creí útil hacer girar la presente nota en torno a esta pregunta: ¿Se acabó la Filosofía occidental, ese rutilante encadenado que va desde los presocráticos, hasta Martin Heidegger? Sea cual fuere la respuesta, el filosofar, como verbo de una actividad, no cesará: seguiremos ejerciéndola, cuando enhebremos elucubraciones de cierto vuelo. Habrá filosofía del Derecho, filosofía del deporte, filosofía del arte, filosofía de la moda, etc.
Que la Filosofía occidental se acabó, lo señalaron varios filósofos en el los siglos XIX y XX, Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger entre otros, y cada uno de ellos pretendió ser quien fuera a bajarle el telón. Tanto Nietzsche como Heidegger procedieron a identificar Filosofía con platonismo, y así resultó facilitada la operación de clausura: cuestionado el platonismo, acabada la Filosofía. Para Nietzsche, el platonismo fue una “enfermedad” que corrompió la bella planta que era la Antigüedad helénica, cabalgando sobre el “peor, más duradero y peligroso de todos los errores: la invención por Platón del espíritu puro y del bien en sí”, y su consecuencia, la creencia en “la antítesis de los valores”: al bien se le opone el mal, a la verdad el error, a la acción desinteresada la acción egoísta, cuando lo falso, si útil para la vida, terminará siendo admitido como verdadero. Una vez puesto cabeza abajo el platonismo, quedó liberada “la más espiritual voluntad de poder de crear mundo, de ser causa prima”. Más allá del bien y del mal es la fuente a la que remitimos.
A su vez, Martin Heidegger, al identificar Filosofía con platonismo, hace de la historia de la Filosofía la historia de un credo, acabado y agotado. Este credo dicta la norma para validar las cosas: no son porque sí, arbitraria y gratuitamente, como las quiere Heidegger, sino son en tanto estén justificadas y fundadas en una “razón suficiente”. Es el caso de Platón: son en tanto participen o no de la perfecta “idea” que les corresponda. Este caballo será más o menos real en tanto realice la idea del caballo perfecto. Una acción política será o no idónea, en tanto se aproxime o se aleje de la idea del Bien. Por otro lado, señala Heidegger, el acabamiento de la Filosofía, queda en evidencia por el desgranamiento en disciplinas que se han vuelto autónomas: psicología, lingüística, física, etc., en las que no obstante “consta siempre su partida de nacimiento en la Filosofía”. También para Heidegger la Filosofía platónica corrompió un otro comienzo griego, que dejaba ser al Ser en su arbitrariedad y libertad, sin juzgarlo según principios de Bien y de Mal, de verdad y falsedad, y consideraba al humano como “pastor” del “poderío del Ser”, cuya llamada traducía al lenguaje, “fuera de todo tipo de voluntad”. Quien quiera ir a las fuentes, podrá recurrir a El final de la Filosofía y la tarea del pensar.

A tanta uniformidad, que identifica la historia de la Filosofía con el platonismo, sugerimos más bien la vigencia en esa historia de una polaridad, Platón/Epicuro, porque Platón nunca campeó con exclusividad. Alguna precisión adicional sobre el platonismo nos facilitará la captación del epicureísmo. Leemos en el Timeo, de Platón: “La deidad suprema dividió el todo en tantas almas como astros hay, y asignó un alma a cada uno de ellos”. El alma vuelve al astro correspondiente, sólo si es merecedora de ello, sólo si acometió la debida purificación. De lo contrario, “su suplicio no acabará hasta tanto, domando mediante la razón la parte grosera de sí mismo, se hiciese digna de recobrar su primera y excelente condición”. Todo lo cual dio lugar a una vida humana aterrorizada por los dioses.
Epicuro (341 a.C. al 270 a.C.), en su escuela del Jardín, procuró precisamente desarmar el terror cósmico, afirmando que “los astros no son sino fuego aglomerado”, constituidos en el nacimiento mismo del mundo, y no portadores de almas. De tal modo, desacopló el mundo humano de toda voluntad divina y del reino de lo supralunar. Más aún, afirmó la posibilidad de “múltiples causas” que expliquen esos mismos fenómenos estelares: “Que tal o cual fenómeno sea capaz de producirse también de tal otra manera, nos hará sentirnos menos perturbados que cuando pensamos que se produce de una única manera determinada”. Esto es, la verdad no es unívoca. Los dioses existen, mas los asuntos humanos les resultan indiferentes: pensar que “los muertos recomiencen a vivir, es un prodigio no menos inverosímil que los tantos que Platón imaginó”.

Se acostumbra a convocar al tetrafarmacós (cuádruple remedio), atribuido a Epicuro: “Los dioses no son de temer. Ningún riesgo se corre con la muerte. El bien es fácil de procurar. El mal, fácil de soportar con fortaleza”. Se esfuma así la inmortalidad del alma; la vida es finita, y se privilegia la “autarquía” del ser humano. Se filosofa de cara a uno mismo y a la filía, a la fraternidad comunitaria, y no “para la Hélade en su conjunto”, ni para la paidea, cuerpo oficializado de cultura: “Joven feliz, conduce tu barca y huye de toda forma de paideia”. Quien quiera leer a Epicuro, deberá buscar alguna edición que reúna las escasas cuatro epístolas que sobrevivieron a las mutilaciones que sufrió el conjunto de sus escritos. Cabe mencionar la accesible obra Epicuro y sus Dioses, por A. J. Festugiere (EUDEBA).
En el marco de la Historia de la Filosofía, son varios los filósofos, cuyas obras, tomadas en conjunto, atestiguan en su interior la vigencia de la ecuación Platón/Epicuro. Sólo traeremos aquí al Immanuel Kant (1724-1804) que cierra así su sarcástica obra Sueños de un visionario (1766): “La razón humana no está dotada de alas como para atravesar nubes tan altas como las que nos ocultan los secretos del otro mundo”. Y para terminar, copia la recomendación que extrae del Cándido de Voltaire: “Ocupémonos de nuestra felicidad, vayamos al jardín, y trabajemos”. ¿Al Jardín de Epicuro?
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