
I
Juana Romani tenía diez años cuando llegó a París. Venía de Velletri, Italia, donde se llamaba Carolina Carlesimo. Tras la muerte de su padre, su madre se volvió a casar y el apellido de su padrastro pasó a ser también el suyo. En 1877 la familia se instaló en el Barrio Latino, y ella, muy joven, comenzó a posar para las grandes escuelas de arte. Así, de forma pasiva, se despertó su interés por el dibujo, por la pintura, por el arte.
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Era la modelo preferida de Alexandre Falguière. Entre las esculturas que hizo, basándose en ella, está Diana, un bronce de 1882. También lo era del pintor Jean-Jacques Henner, que hizo obras como Luz de lectura, donde se la ve recostada y desnuda leyendo un libro. Pero contra los pronósticos, a los 19, en “el cenit de su encanto”, la Romani, como la llamaban todos, decidió retirarse del modelaje. Quería ser artista.
El retrato fue su puerta de entrada. Era buena, claro que sí. Retrató a la princesa Juoachim Murat, por ejemplo. Tenía la particularidad de apenas dibujar antes de ponerse a pintar sobre el lienzo. No solía usar un boceto preliminar o de estudio, sino que se lanzaba directamente a la búsqueda de las formas y los colores. Así vendió muchas obras antes de que estuvieran terminadas. Como si el proceso tuviera una magia particular. Justo ella, que apenas tenía formación.
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II
Para mejorar, comenzó a estudiar con Ferdinand Roybet, con quien tuvo un intenso romance. Su interés estaba en las figuras femeninas, en las heroínas bíblicas, en la imaginería de reinas y princesas renacentistas, en las mujeres exóticas “envueltas en misterio; todas revestidas, en distinto grado, por una sensualidad oscilante entre la malicia y el erotismo”, cuenta la investigadora Silvestra Bietoletti.
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Joven oriental, óleo sobre tabla de 81 centímetros de alto y 53,5 de ancho, pintado entre 1888 y 1895, que hoy se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, es un gran ejemplo. “Su manera desenfadada de evocar la riqueza fastuosa de los tejidos recurriendo a una pincelada blanda, vibrante, y sin detenerse en descripciones minuciosas, fue uno de los principales motivos de admiración de su obra”, sostiene Bietoletti.
Por ese entonces su fama estaba generando un interesante revuelo en la capital cultural de la época. En la Exposición Universal de París de 1889 recibió la medalla de plata, por ejemplo. Expuso obras durante algunos años. En todos esos retratos, sobre todo los que abordan modelos anónimas, se percibe una búsqueda persistente, la de retratar y transmitir la belleza incorruptible de esas mujeres que con una mirada pueden detener el mundo.
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III
El listado de sus obras que se encuentran en museos del mundo y en colecciones privadas es notable. De su vida personal, de su biografía, se sabe poco. Por tal motivo, los historiadores intentan develar en sus cuadros las derivas de su destino. Aunque a veces sea en vano. Por algún motivo aún enigmático, fue internada en un manicomio. Murió en 1924 en el más absoluto olvido. Tuvieron que pasar unas cuantas décadas para que su obra fuera valorada con justicia.
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Escribió el poeta Paul Armand Silvestre: “La mujer no abdica de la artista, al contrario, su arte preferiría estar compuesto por un feminismo exagerado. La Fontaine se había preguntado qué habrían pintado los leones si hubieran sabido pintar. Pues me imagino que si las grandes hechiceras Dalila, Giuditta, Lucrezia hubieran sabido pintar, habrían dibujado estas imágenes a la vez orgullosas y encantadoras como lo hizo Juana Romani”.
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